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Tesorito Tierno

Foto(s): Cortesía
Redacción

Han pasado cinco años y aún siento desconsuelo al escribir estas líneas. Durante 37 años te murmuré al oído que fuiste la mujer de mi vida y siento que no fue suficiente. Cómo olvidar que las serenatas fueron mis grandes aliadas para que aceptaras ser mi novia y casarnos al año, porque no quería perderte.


Desde que nos conocimos, sabíamos de nuestra pertenencia en esta vida: asistíamos a las exposiciones de pintura y escultura; según nuestro ego, fuimos excelentes bailarines mientras que el deporte estaba fuera de nuestras vidas, amabas la poesía que declamabas en forma entusiasta, los libros eran nuestros compañeros cotidianos, nuestras pláticas fueron amenas y sin límites en sus contenidos y cambié tu nombre por el de Tesorito Tierno que definía mejor tu forma de ser.


Después vinieron los hijos y formamos una familia grande, por mi trabajo vivimos unos años en Oaxaca, otros en San Cristóbal de las Casas y también en Tuxtla Gutiérrez. Con tu alegría y tu ternura, fue fácil andar el camino de esos años.


Pero había un enemigo escondido y se hizo presente en tu matriz. Su solo nombre me hizo estremecer y tuvo que ser extirpado, pero regresó puntualmente a los cuatro años para llevarse tu seno izquierdo con una mastectomía que a ti te producía dolor y a mí una profunda angustia. El día que conocí el diagnóstico, no sabía cómo explicarte lo que cruelmente decía el papel: tenían que cercenar una parte de tu cuerpo. Ese era el precio que exigía la muerte para dejarte en paz. ¿Cuánto tiempo?, ¿uno, cinco, diez, veinte años? En ese entonces no lo sabíamos. Toda la familia se solidarizó contigo y estuvieron atentos a lo que necesitabas, te acompañaron con sus lágrimas, con sus oraciones, con remedios alternativos, con palabras de aliento. Tú tan solo te dejabas querer y respondías muy serena y con gran aplomo: Ya dejen de llorar, que no es para tanto, y el que quería consolar, era consolado.


En los días anteriores a la cirugía yo salía al campo y en las noches acompañado de las estrellas o  de la luna, le pedía a Don Dios que me permitiera conservarte unos años más, que todavía te necesitaba, que con tu ausencia no lograría sobrevivir mucho tiempo.


Se pelearon otras batallas cada cuatro o cinco años: en la tiroides, en la yugular y la última en la tráquea y el esófago; finalmente la muerte te alcanzó, Tesorito Tierno, y todos los intentos por salvarte resultaron inútiles. Visto en retrospectiva, Don Dios te concedió veinte años de vida, tiempo que duró la lucha contra el cáncer en donde muchas cosas murieron, otras se marchitaron, pero un cúmulo de cosas benditas florecieron y me dieron fuerza para seguir adelante en mi camino.


Te fuiste a las cuatro de la mañana de un domingo de septiembre y tu  epitafio inspirado en Gabriel García Márquez se inscribió así:


“Sarita:


Gracias por lo que nos diste.


por tu talento innato para ver la vida en forma positiva,


aun en medio de las tempestades.


Por tu hábito eterno hacia la ternura


y porque siempre conservaste intacta


la locura de tu corazón”.


RECUADRO


“Con tu alegría y tu ternura fue fácil andar el camino de esos años”.


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