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Oaxaqueño se recupera de Covid-19 en EU

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

Hace unos días José Toledo, un oaxaqueño que desde hace cuatro años es ciudadano estadounidense, superó el aislamiento y las complicaciones por la COVID-19, pero no se confía, sabe que vive en un país que en América es el foco rojo, al superar los 800 mil contagios y alrededor de 45 mil personas fallecidas.


“El avance o mortalidad del COVID-19 depende de cada quien. Si te mantienes en tu casa, eres riguroso con la higiene, desinfectas los productos antes de que entren a tu cocina, te quitas la ropa y te bañas al volver de la calle”, expresa del otro lado de la línea en el segundo día de trabajo, después mantenerse alejado de sus actividades cotidianas por 50 días.


En la década de los noventa, cuando apenas tenía 19 años, José dejó Oaxaca con apenas el bachillerato especializado en contabilidad concluido. El anhelo de construirle una casa a su madre lo impulsó a colocarse en una empresa que construye aviones para las diferentes aerolíneas en el mundo, donde se desempeña como técnico en mecánica de aviación.


Ese trabajo que mantiene desde el 2001 lo había llevado domingo a tomar un vuelo de Los Ángel a Seattle, en Washington, donde la empresa para la que trabaja tiene su sede. Fue en un viaje rutinario de regreso a Los Ángeles, el pasado 28 de febrero, cuando a él y a otra parte de los pasajeros les detectaron que la temperatura corporal era elevada, uno de los síntomas de COVID-19.


50 días para la recuperación


Al llegar al aeropuerto de Los Ángeles, el avión se fue directo a los andenes de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y de ahí a una base militar donde le corroboraron que portaba COVID-19, aunque el virus aún no evolucionaba tanto como para dar mayores problemas que no fueran el dolor de garganta y cabeza o cansancio.


“El virus estaba en mi cuerpo, pero no con la agresividad de los casos graves”, así que siete días después le dieron de alta, pero su aislamiento lo debía mantener en casa, incluso alejado de su hijo y su esposa que se fueron a vivir un mes a una casa de campo en las montañas de Los Ángeles.


Por 19 días José permaneció en observación en casa, “sin salir en lo absoluto”, pero la COVID-19 le complicó la respiración. Las revisiones médicas de personal militar se incrementaron a tres por día, “porque si caminaba me faltaba el aire”.


Sin necesidad de ingresar a un hospital, a José le colocaron un respirador artificial, “quedé encamado”, con cuidados extremos que prolongó hasta inicios de abril, sin que el virus llegara a sus pulmones. 


El tratamiento médico funcionó y el 7 de abril le dieron de alta, pero aceptó ir cinco días a un laboratorio militar para donar plasma que le ayude a atender a enfermos graves de este nuevo tipo de coronavirus.




 


Valorar la vida


Hace 10 días José logró reunirse con su hijo y esposa con quienes había limitado la comunicación a videollamadas, en medio de un estado de ánimo donde imperaba el estrés, el miedo a que su síntomas se agravaran y a estar totalmente solo en su casa.


Desde el 12 de abril Efraín volvió a su casa con su familia, pero no con la normalidad de antes. Si ven una película en la sala, cada quien lo hace en un sillón y con la mascarilla desechable o cubrebocas puesto porque “cada quien sale, por compras, mi hijo por cuestiones de escuela y yo por mi trabajo” y no se quieren confiar.


El domingo por la noche que volvió a subirse a un avión, José actuó de manera diferente, respetó las disposiciones en el aeropuerto, respeto la sana distancia, evitó platicar con personas o utilizar dispositivos electrónicos en el camino, además de que no se quitó los guantes de látex ni el cubrebocas.


En la maleta carga desinfectante y ahora es más cuidadoso con los alimentos que consume, porque si no lo hace “puedo tener una recaída, si el virus me vuelve a enfermar ahora podría ser de manera grave, porque no quedas completamente inmune”.


Cuando México inicia la fase tres, la más crítica del confinamiento por la acelerada propagación de contagios, José Toledo pide entender que en el mundo ahora se debe aprender a vivir con el uso de las mascarillas y la sana distancia por un tiempo que ahora desconocemos.


“Cuando valoras tu vida no importa lo que tengas que usar”, dice un oaxaqueño para quien la existencia del COVID-19 es real y la permanencia en la vida de cada quien depende de qué medidas de prevención y cuidado se adopten.

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