La lluvia seguía escurriendo por las tejas y me sosegaba con el golpeteo de las últimas gotas. Quería seguir durmiendo, pero lo que me abrió los ojos esa noche fue el frío. Me levanté para cobijarme. Ahí estaba Cuy; sentado en la oscuridad con los ojos muy abiertos, mirando sin ver; parecía ido. Había veces que se quedaba con la mirada perdida; buscaba algo invisible; yo le preguntaba qué era lo que veía, pero en estas cuestiones sólo Dios sabe. Yo me quedaba mirando porque rascaba el vacío con los ojos. Entonces le ofrecí leche de la burra, que era lo único que quedaba después de que se murieron todos nuestros animales. Hasta que también eso se acabó.
Por la mañana se había ido. Salí a buscarlo. El cielo estaba negro; parecía que iba a caer otra tormenta y en el aire había un olor a podrido, como un cauce que lleva muerte. Me acerqué a la orilla.
Aquí es donde ha de estar mi hermano, pensé. Caminé entre las rocas donde llegaron los restos que trajo el aguacero. En la arena gris que formaba una playa sucia, lo vi. Era Cuy. Lloraba quedito, como un animal herido entre las matas. Lo cargué y lo llevé al rancho. Lo acurruqué en el petate junto al fuego para que agarrara calor. Luego se quedó dormido.
La tarde que la soledad de la casa se me vino encima, igual que un ventarrón que sale de entre las ramas de los árboles, se me apareció Cuy. Se presentó en la puerta. Era como si lo hubieran cambiado por otro; ni yo lo reconocía. No me habló cuando le pregunté por qué se fue. Tampoco quiso decirme si se quedaría en el rancho. Se pasaba ratos sentado mirando por la puerta; creo que lo que quería era estar en otro lugar. Lo peor era que parecía un espíritu, sin atinar qué hacer o para dónde ir.
–Hace más de un mes que te fuiste y no hay consuelo para mí. Las gallinas se murieron de hastío –le dije para tranquilizarlo, pero ni me volteaba a ver.
–¿Por qué no me dejas ir? !Ni siquiera eres mi mamá!
Fue la última vez que habló conmigo.
Ayer encontré a mi hermano cerca del rancho; estaba todo encogido. Se veía hinchado y con la piel tan blanca que parecía transparente. Olegario me dijo que lo arrastró el río por la hondonada, donde llegan los troncos que traen las aguas en los tiempos en que llueve mucho. Mi padrino me ayudó a ponerlo en el petate. Después de un rato que pasé llorando quedito para que no me escuchara, le quité las ropas desgarradas. Lo lavé con mucho cuidado para no lastimarlo. Luego lo vestí con ropa limpia, le prendí cuatro cirios, saqué la botella de tequila para brindar por él. Traje del cajón donde lo guardé hacia más de treinta años, el envoltorio con su ombligo. Lo puse entre sus dedos para que se lo llevara con él a la tumba.
El cielo estaba gris cuando llevamos a Cuy al cementerio. Al terminar todo, Olegario fue conmigo a buscar al cura que se negó a oficiar una misa con el pretexto de no tener tiempo.
–¿Ya tendrá tiempo, señor cura? –le pregunté–. ¿O va a dejar a mi Cuy sin su novenario?
–Hija, me tengo que ir al pueblo, donde me necesitan, pero vete tranquila, ya que vuelva le hacemos sus misas a tu hermano.
–¿Pa' cuándo será? –quise saber.
–Eso no lo sé –contestó de mal humor.
–Seguramente tendrá otras obligaciones, ya vendremos a verlo después, señor cura. –Olegario se despidió del cura con un beso en la mano.
–¿Cuándo entenderá esta mujer?–murmuró el cura, mientras yo echaba a andar.
–Déjese de tarugadas, padrino –le dije. Me puse agua bendita haciendo la señal de la cruz y me fui al rancho.
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"Ayer encontré a mi hermano cerca del rancho. Olegario me dijo que lo arrastró el río por la hondonada, donde llegan los troncos que traen las aguas en los tiempos en que llueve mucho".
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