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Colectivo Cuenteros | Cuy

Foto(s): Cortesía
Redacción

Entonces vi a las cabras que se acercaron hasta mi cama. Eran tres. ¿Y ora qué se traen?, ¿quién las soltó? Las eché para afuera. Una de ellas me miró con sus pupilas brillosas. "Ya lárgate", le grité. El animal se alejó con un balido, moviendo la cola. Era todavía de madrugada. Por la mañana saqué el agua de San Ignacio que guardaba en una botella y la regue por la habitación. Tomé un café frío y salí a buscarlo. 


     –¿Pasó algo malo? –me preguntó Olegario, mi padrino, cuando toqué a su puerta.


        –Cuy no aparece –le dije–, ayúdeme a encontrarlo. 


        –¿Otra vez, Delia?...


          Me miró a lo ojos y se quedó pensando, luego tomó su sombrero y nos fuimos a buscarlo.


Era tarde. Comenzó a llover. Se desató una tormenta. Llovió hasta el otro día. Así es en este tiempo por acá: se inundan los campos y los caminos desaparecen bajo la fuerza del agua sucia que lava los cerros. Vimos que la corriente arrastraba piedras y troncos junto con animales muertos que flotaban por el río con las patas para arriba. Pero nada, no dimos con el paradero de Cuy.  


El día que nació mi hermano, limpié la frente de mi madre mientras ella pujaba y gritaba para echarlo al mundo. En cuanto salió, se lo enseñé. Un amasijo de color rojo que lloraba con chillidos como las de las aves recién nacidas. Nació delgado, y lleno de pliegues que lo hacían parecer un viejo. Con un cuchillo corté el cordón que unía sus sangres, lo guardé entre mis cosas más valiosas: un trozo de mi pelo amarrado con un listón de color amarillo, tres piedras redonditas que encontré junto al arroyo y una ramita de flores secas color café.



Creo que tenía como quince años. Estoy cansada, llévate a ese niño, me dijo entre sin fuerzas y harta: no es mío y no lo quiero. "¿Y qué hago yo?", le pregunté. Hazte cargo de él y ponle el nombre que te dé la gana; nomás no se te ocurra nombrarlo igual que tu padre, no vaya a salir igual de loco que él. Y se volteó sin voluntad de ver a su hijo. 


A los pocos días, mi madre se fue. Mi padre ya hacía tiempo que nos había dejado. 


Te vas a llamar Cuy, como el sonido que hacen los pájaros en las mañanas para despertarnos. Lo cargué con un rebozo y le saqué leche a la burra para alimentarlo. Para cuando el niño tenía un año, lo llevaba conmigo a lavar la ropa, a darles de comer a las gallinas y a guardarlas en el corral por la tarde. Y si el calor era bueno, lo metía en la parte baja del río, que nos lavaba y nos dejaba la sensación de estar nuevos.


Cuando a Cuy se le ponían las manitas arrugadas, lo secaba y lo llevaba de vuelta a la casa. Por las noches lo arropaba junto a mí. Le gustaba que le platicara cómo nació con los ojos abiertos, la forma tan fuerte en que se agarró de mi mano el día que lo cargué la primera vez. Le gustaba que le enseñara el envoltorio con su ombligo. 


Una mañana, encontré a nuestras gallinas muertas. 


    –Esto pasó por mi culpa. –Olegario llegó después de que fui corriendo a buscarlo. Le mostré el regadero de gallinas, llenas de moscas en los ojos.


    –Hay que enterrarlas –me dijo tranquilo, mientras levantaba a una de las gallinas a la que le quedó la cabeza colgando. Me ayudó a ponerlas en un costal, y se las llevó lejos. Las echó en un hoyo bien hondo para que no las encontraran los perros. Ese día, Cuy se fue otra vez. Mi padrino trató de convencerme de que lo que pasaba no era ninguna maldición. Me habló de mi padre, que sufría con las mismas visiones y de lo que yo hice con mi hermano desde que mi madre nos dejó hacía muchos años.


Me habló de que cuando Cuy era un bebé, por la desesperación y el hambre, quise irme hasta el fondo del río. Me dijo que me llegó el agua al pecho, que caminé entre las piedras resbalosas esperando que nos llevara la corriente a Cuy y a mí. Luego, él me sacó del agua empapada y temblando. Al salir del agua, volví a enredar a Cuy en el rebozo con el que lo cubrí la mañana que lo recibí de mi madre; como si hubiera nacido otra vez.


 


FRASE:


   "El día que nació mi hermano, limpié la frente de mi madre mientras ella pujaba y gritaba para echarlo al mundo. En cuanto salió, se lo enseñé. Un amasijo de color rojo que lloraba con chillidos como las de las aves recién nacidas".



 


 


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