Recuerdo la primera vez que escuché sobre el coronavirus; fue a finales del año pasado, en un programa de noticias en el que se alertaba (ya desde entonces) sobre la situación y la gravedad de la misma; sin embargo, el lejano oriente se parece tan lejos que todo se veía a la distancia.
Pasaron las semanas y los mismos medios comenzaron a alertar sobre el avance del virus hacia otros países y su pronta propagación; bastaron un par de semanas para que se hiciera presente en las naciones de la Unión Europea y de ahí saltara hacia las demás latitudes. Ahora se ha apoderado del mundo.
La primera vez que tuve un globo terráqueo ante mis ojos, quedé sorprendido; en mis rústicas clases de geografía me habían enseñado que la tierra era redonda, formada por una gran extensión de aguas (océanos y mares) por tan solo una tercera parte de tierra; pero verla reducida al tamaño de una pelota de futbol y encontrar escrito en él la palabra “Oaxaca”, me hizo cuestionarme sobre lo pequeñito que debíamos de ser dentro del mundo; ahí estaba todo lo que yo conocía hasta el momento en mi vida. Todo mi mundo y universo reducido a esas seis pequeñas letras colocadas en el mapa y como dijera Carl Sagan: Todo lo que fue y alguna vez será, existe en este pequeño punto azul que flota en el espacio. Se trató de una pequeña gran revelación que hizo despertar mi curiosidad.
El mundo es vasto y enorme (en comparación con el tamaño humano); para conocerlo se han venido revelando cada vez más sus misterios mediante el uso de la ciencia, esto es, comprender la realidad que nos rodea (mediante el llamado método científico) para develar la verdad, dejando de lado las explicaciones supersticiosas y formulando criterios válidos para la explicación de lo que sucede, desde fenómenos meteorológicos (la lluvia, huracanes, tornados, y demás), los movimientos telúricos, las enfermedades, etcétera.
Así pues, es ahora la ciencia la encargada de delimitar las fronteras del conocimiento humano; más allá de la ciencia se encuentra el vacío, el desconocimiento, realidades por descubrir, las fronteras mismas del conocimiento humano.
El inicio de la segunda década del siglo 21 será recordado (pienso yo) por la creciente pandemia (y la consecuente paranoia) ocasionada por el COVID-19. Al igual que en muchas épocas pasadas, la humanidad se encuentra ahora en un punto de inflexión (y reflexión) ocasionado por una enfermedad, pero a diferencia de antaño, en el que las enfermedades eran consideraras provenientes de la divinidad; en la actualidad se tiene la esperanza que con ayuda de la ciencia se pueda superar próximamente esta situación; para ello, el trabajo de profesionales de la salud es de vital importancia.
La recomendación mundial de permanecer en nuestras casas resulta obvia, si se piensa que la principal tarea de la medicina es prevenir las enfermedades, esto es: en lugar de buscar sanar, la medicina busca prevenir que te enfermes.
"Mucho ha cambiado en el mundo desde finales del año pasado a la fecha; la respuesta a nivel mundial pone de manifiesto la gravedad del momento. Quienes dirigen las grandes potencias están ya pensando en medidas necesarias para planear un posible restablecimiento de la normalidad; en México es diferente. Acá se encomiendan a la fe y la superstición".
Mucho ha cambiado en el mundo desde finales del año pasado a la fecha, la respuesta a nivel mundial pone de manifiesto la gravedad del momento. Quienes dirigen las grandes potencias están ya tomando medidas necesarias para planear un posible restablecimiento de la normalidad, en México es diferente. Acá se encomiendan a la fe y la superstición, desobedeciendo indicaciones internacionales de distanciamiento y aislamiento, mientras continúan abrazando y besando gente a su paso. Una muestra más que la ignorancia e incredulidad son los peores demonios de la ciencia.
