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COLECTIVO CUENTEROS| Lágrimas de obsidiana

Foto(s): Cortesía
Redacción

—¡¿Qué hiciste?! —Carlo detuvo intempestivamente su danza.


—Nada —respondió Raquel tranquila, a pesar de que en su mano escurría la sangre del corazón que le acababa de sacar a Arlett. 


—¡No mames, la mataste! —Carlo corrió a expulsar los fluidos que se aglutinaban en su garganta—. Dijiste que sólo la íbamos a atar y asustar con la música, la danza y estos ridículos taparrabos.


—Cálmate. Mañana estará bien.


—¡Reacciona! —dijo Carlo sujetando a Raquel por los hombros—. Estás drogada… Y yo también —dijo con una mueca de asco.


Raquel no respondió, se limitó a sonreír y mirar el creciente charco de sangre que se formaba en el suelo.


—Tengo que irme, tengo que irme. ¡Puta madre, Raquel! En qué momento te hice caso de seguir tu absurdo juego.


—Carlo, relax. —Raquel colocó el corazón a los pies de su víctima—. Si mañana no reacciona, diremos que se fue a un retiro espiritual. Al fin que vive sola y sus hijos, que ni se preocupan por ella, están en Europa. 


—No sé… yo, yo… ¡Renuncio! —Las palabras de Carlo quedaron atoradas en sus labios temblorosos y salió corriendo de aquel sótano.


Raquel se sentó en el suelo y se recargó contra la pared. Dio una larga fumada a su cigarro de mariguana; en el humo aparecieron las imágenes de su pasado… 


Arlett (la mujer en la piedra de sacrificios) era la dueña de una tienda de repostería. El trabajo era bueno, hasta que Raquel observó a Arlett humillando a Laura, otra empleada, enfrente de los demás compañeros. 


—Uy, pobre Laurita —dijo Paco, el contador. 


—¿Qué hizo? —preguntó Raquel. 


—Nada. Solo ya no ser de la simpatía de la señora Arlett. —Paco notó la cara de desconcierto de Raquel—. Te explico, cuando Arlett quiere despedir a un empleado, lo jode y jode hasta que renuncie; así se ahorra pagar la indemnización.


En efecto, Arlett continuó humillando a Laura y semanas después renunció.


Sin embargo, cuando Raquel cumplió seis años laborando ahí, estaba convencida que su buen desempeño le aseguraría su permanencia. Pero un día se convirtió en el blanco de las humillaciones de su jefa.


—¿Y ahora qué? — preguntó Paco cuando la vio llorando.


—Me aventó los reportes cuando fui a verla para revisarlos, me gritó que si no tengo capacidad de hacerlo yo. Pero la semana pasada me regañó por no revisar esos mismos reportes con ella.


Paco rió y dijo: —Le hubieras dicho que aprendiste un ritual prehispánico para sanar las energías, no para leer su mente. 


—¿Cómo sabes eso? —preguntó Raquel.


—“Eliza chismes” se lo contó a Arlett y ella a mí.


—Pinche vieja —dijo Raquel—. ¿Sabes, Paco? Creo que Arlett nunca apreciará el esfuerzo de los que hacemos bien nuestro trabajo.


—Sí. Ya ves que dicen que la jefa tiene aprecio por los pendejos. Y desafortunadamente tú eres su nueva víctima para sacrificar.


—La vida se encargará de castigarla por ser tan ruin. 


—¡Raquel, sé realista! Tienes de dos: ignorarla o renunciar.   


—Paco, no puedo renunciar ahora, el tratamiento de mi Gerónimo es muy caro.


De vuelta al presente, la sangre se extendía lentamente a los pies de Raquel. Ella dio otra fumada a su cigarro cuando vio que Arlett se movía. Amarraron sus manos por encima de su cabeza, que colgaba hacia el suelo, pero no reforzaron los nudos, porque Arlett se desató con facilidad.


Ahí estaba de pie. Su mirada de ojos grises, clavada en Raquel, destellaba en su rostro blanco por la falta de sangre. Su vestido desgarrado dejó al aire sus senos marchitos y la enorme rajada que tenía debajo de sus costillas.


—¿Gustas? —preguntó Raquel extendiéndole el cigarro.


—¡No! —respondió Arlett—. Jamás probé esas cosas.


—Pero ya estás muerta… eso creo —exclamó Raquel vacilante—. Siempre pensé que, para todo el dinero que tenías, eras demasiado aburrida. ¿Te divertiste alguna vez? ¿O al menos tuviste un amigo? 


—Sí —suspiró Arlett sentándose a su lado—. La tuve. Se llamaba Amalia. Era mi mejor amiga y mano derecha, hasta que falsificó mi firma para retirar dinero de la cuenta bancaria. Lloré mucho, no por el dinero sino por la traición a nuestra amistad. Desde ese día, me prometí no volver a derramar una lágrima, ni mucho menos que traicionen mi confianza.


—¡No mames! —gritó Raquel—. Solo porque te defraudaron, decidiste ser una mierda con tus empleados. ¿Al final qué pasó? El destino te devolvió conmigo. 


Raquel no renunció. Arlett presentó, como justificación para despedirla, un documento firmado que detallaba los errores e incidentes que ella tenía en su trabajo.


—Créeme, Paco. Ella me dijo que ese oficio era solo para tener un registro de los incidentes y prevenirlos en los siguientes meses.


—¿Lo firmaste? —Ella asintió—. ¡Ay, Raquel! Ya te chingaron, mejor dicho, te chingaste tú sola.


—Mi Gerónimo. —Raquel torció sus labios en una mueca de llanto y Paco la consoló.


Los años transcurrieron hasta una tarde de domingo que Arlett no podía insertar su tarjeta en el cajero.


—Disculpe —dijo a la espalda de una mujer—. ¿Puede ayudarme?


La mujer volvió el rostro, miró a Arlett y a sus manos temblorosas sosteniendo la tarjeta. 


—Claro —respondió mirándola fijamente—. ¡Señora Arlett!


—Sí… ¿Te conozco?


—Soy Raquel, trabajé contigo.


—Ah... sí —dijo Arlett cuando la recordó.


—¡Qué agradable sorpresa! Han pasado tantos años —exclamó Raquel—. ¿Te gustaría tomar algo? Enfrente hay una casa de té. Venden una infusión de frutos rojos muy buena.


Raquel notó el rostro desencajado de Arlett. Sabía cuanto le molestaba a su exjefa que no se dirigieran a ella de “usted”. Sin embargo, ésta aceptó la invitación.


En el local, las recibió un joven de rostro apiñonado y sonriente. 


—¡Bienvenidas! Soy Carlo, su mesero. Lo que necesiten no duden en pedírmelo. 


Mientras llegaban las bebidas, Raquel empezó a hablar.


—Luego de que me despediste no encontré trabajo, la pasé muy mal. Pero eso me motivó a emprender. Inicié impartiendo cursos de espiritualidad y tradiciones ancestrales. Me fue tan bien, que amplié el lugar y ahora tengo un sitio de creación espiritual y artística. 


—Eso del arte no deja dinero, ¿o sí? —preguntó Arlett, al tiempo que el mesero llegó con sus bebidas.


—El dinero no es importante —dijo Raquel con seriedad—. Déjame explicarte. Tú vendes pasteles, porque un postre culmina con dulzura el mundano acto de comer. El arte es el postre que deleita el alma, la enaltece. ¿Sabes qué es la Teyolía? —Sin permitirle responder, Raquel continuó—: Para nuestros antepasados era la fuerza del corazón, el sentido de nuestra vida.


Arlett empezó a sentir náuseas por aquella excéntrica charla.


—Los sacrificios prehispánicos ofrendaban a los dioses la Teyolía, no el corazón.


—¿Qué? —exclamó Arlett con voz ronca.


—Por cierto, tengo otro negocio: una casa de té. 


Arlett cayó al suelo. Antes de quedar inconsciente, vio una palabra escrita en el techo: Tzompantli.


De vuelta al sótano, Raquel levantó la daga que había usado en el ritual.


—Nadie escapa de la justicia de Itztlacoliuhqui; es un dios antiguo y su nombre significa cuchillo de obsidiana torcido; con éste se encarga de castigar las malas acciones de las personas. 


—¿Por qué a mí? —preguntó Arlett.


—Eso quiero saber —respondió Raquel—. ¿Por qué, si hacía bien mi trabajo, me volví objeto de tus humillaciones? 


—No lo sé. —Arlett bajó la mirada—. No me agrada la gente excéntrica y cuando Eliza me dijo de tus bailes prehispánicos, me pareció inaceptable. ¿Recuerdas a Laura? No soportaba el sonido irritante de su risa y de sus tacones, por eso hice que se fuera. 


—¡Estás loca! —dijo Raquel.


—¿Yo? ¡Mírate! Me mataste solo por una mala experiencia laboral de hace varios años.


—Eso fue lo mejor. —Raquel sonrió—. El anhelo de vengarme de ti fue mi Teyolía, mi fuerza para levantarme. —Y en un susurro, agregó—: Vengar a mi pequeño Gerónimo.


—¿Quién? —preguntó Arlett. 


—Él no sobrevivió. —Raquel empezó a llorar—. Cuando me quedé sin trabajo, por culpa tuya, no tuve manera de pagar su tratamiento.


—No sabía que tenías un hijo.


—¿Hijo? Gerónimo era mi perro.


—¿Me sacrificaste por un asqueroso perro? —gritó Arlett—. ¿Y qué ganaste con esto?


Raquel recogió el rígido y oscuro trozo de carne en que se había convertido su corazón.


—¿Qué gané? Comprobar que sí tenías corazón y conocer el motivo por el que me trataste de ese modo.


Arlett se levantó. Sus pies pisaron su propia sangre, fría y viscosa. 


—No soy real —le dijo en el oído a Raquel—. Soy la proyección que tu retorcida mente formó con los recuerdos que tienes de mí. 


—Es hora de que te vayas —objetó Raquel.


—No me arrepiento de nada. —Arlett sonrió y Raquel recordó esa misma sonrisa cuando humillaba a sus empleados—. Me voy satisfecha de saber que te quedarás a purgar el castigo por lo que me hiciste. 


Raquel se le acercó e introdujo el corazón por la rendija de piel y sangre seca que se había formado en el torso de Arlett. El suelo empezó a vibrar y desquebrajarse, una brecha incandescente se abrió y mostró la entrada a un camino subterráneo.


—Debes irte —ordenó Raquel.


—¿A dónde me dirijo? — Arlett dio un paso atemorizada.


—Es la entrada al Mictlán. Descenderás por nueve infiernos hasta el inframundo —respondió Raquel—. ¿Recuerdas cuando envenenaste a los perros callejeros que merodeaban tu oficina?


Arlett asintió y Raquel le sonrió por última vez mientras el portal se cerraba con Arlett adentro.


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