Pasar al contenido principal

COLECTIVO CUENTEROS| Bono de puntualidad

Foto(s): Cortesía
Redacción

Marina leía los encabezados de los periódicos que la anciana acomodaba en su puesto. Al día siguiente, su nombre sería la noticia. Se preguntó qué foto seleccionarían. ¿Una de Cutberto o una de ella?


Lidia corrió en cuanto vio el tono guinda del autobús llegando a la parada.


—¡Suben! —gritó un pasajero que se solidarizó con Lidia para que no perdiera el autobús.


—Gracias —dijo ella con la respiración entrecortada y extendió las monedas en la fría mano del chofer. 


El autobús retomó su marcha y los ojos de Lidia recorrieron los asientos en busca de uno. Aquella mañana demoró por aplicar insulina a su madre, pero tuvo suerte de alcanzar precisamente ese autobús. Como si fuera de transporte exclusivo, era abordado casi siempre a la misma hora y por las mismas personas. Lo mejor era el chofer: cafre habilidoso que conducía a alta velocidad, garantizando a sus usuarios la puntualidad en su destino. 


En las primeras filas, estaba una joven que siempre llevaba su cabello sujetado en un chongo. A su lado, iba una niña que cuestionaba por todo a su madre.


—Mami, ¿por qué el semáforo tiene tres colores?


En medio iban los jóvenes de secundaria hablando del face y de las tareas que dejaron para viernes. 


A Marina, que se encontraba en un asiento de atrás, junto a un hombre de rostro serio y ropa desgastada pero pulcra, le resultó extraño que el chofer no los importunara con su bullicioso repertorio de reggaetón. 


Lidia no puso atención en el detalle de la música, ella siempre usaba sus audífonos. Se sentó cerca de la puerta trasera. Luego de encender su celular, empezó con su ritual de maquillarse. 


El chofer no quería escuchar música, ni siquiera quería levantarse, pero creyó que el trabajo le ayudaría a olvidar o al menos no pensar. 


El hombre serio y pulcro se levantó para ceder su asiento a una mujer que subió con un bebé en brazos. El bebé pasó casi toda la noche llorando y su madre pensó en faltar al trabajo, pero no le convenía un descuento en su quincena.


—Mami. ¿Qué significa in-cau-to? —preguntó la niña señalando por la ventana.


La joven del chongo alzó la vista para ver el anuncio al que se refería la niña, pero el sonido insistente del timbre la hizo mirar hacia atrás.


—¡Bajaaan!


—Dame chance, amigo —gritó el chofer—, la parada es en la siguiente cuadra. 


—¡Chinga tu madre! —espetó el pasajero. 


Al escuchar el insulto, Marina recordó que por varios años esas palabras eran las que más ocupaban sus diálogos maritales. Ya fueran de boca de Cutberto o de ella. Aquella mañana, no fue la excepción. 


El pasajero enojado bajó en la siguiente cuadra. Aprovechando que la puerta estaba abierta, dos hombres subieron rápidamente. El chofer les gritó exigiendo su pasaje.


Lidia vio con desconfianza el aspecto desaliñado de los recientes pasajeros y resguardó su cartera y su celular. El chofer insistió una vez más en el pasaje, pero fue ignorado. Pisó a fondo el acelerador y retomó sus pensamientos: “Vale verga”. La noche anterior había encontrado mensajes donde su mujer le confesaba a una amiga que el verdadero padre de su hija era el paupatrol, su ayudante del camión, un chamaco de apenas 20 años. 


—Mami, ¿cuando sea grande, vendré a esta escuela? —La niña señaló el edificio en el que se detuvo el carro.


Descendieron los jóvenes uniformados, excepto uno, Ismael. Un adolescente que desde semanas antes se extasiaba en aquel autobús con la imagen de la joven con auriculares que se maquillaba durante el trayecto. El autobús retomó su marcha. Ismael percibió su erección al recordar sus fantasías eróticas que ella protagonizaba. ¿Qué podía suceder? Era viernes, día poco productivo en la escuela. Prefirió complacerse con mirar a Lidia, descubrir dónde bajaba y reunir valor para hablarle la siguiente semana.


La madre con el bebé deseaba dormir un poco en el trayecto, pero los constantes movimientos del carro lo impidieron. Ella pensó que no debió ir a trabajar. La joven del chongo bajó en la siguiente parada, distraída en los mensajes de su celular. Marina quiso recordar el momento en que su marido la golpeó por primera vez, pensó que fue en el bautizo de su sobrino cuando Cutberto se enojó porque bailó con su cuñado.


—¡Órale bestia! —gritó el chofer a un taxista que le cerró el paso.


 “Si le pido el divorcio, la pendeja me va a exigir pensión alimenticia. ¿Saldrá caro uno de esos análisis de paternidad? El nieto de doña Mago estudia enfermería. Voy a preguntarle”. Eran los pensamientos que rondaban la mente del chofer.


—Mami, ¿por qué sonó tan feo el carro? —dijo la niña refiriéndose al chirrido que hizo el autobús al frenar. Sonido que nadie más pareció percibir, ni el chofer. La madre, al igual que las veces anteriores ,respondió: “no sé”.


Después de esa parada, quedaron pocos pasajeros y el autobús incrementó la velocidad cuando tomó la carretera en línea recta. Lidia alzó la mirada y vio que estaban cerca de la Magnoplaza; ella bajaba en el crucero siguiente, el que marcaba la salida de esa pequeña ciudad.


En la parada de la Magnoplaza, el señor serio quiso gritar al chofer que había un hombre desesperado haciendo señas para subir, pero el camión iba tan acelerado, que en un instante se borró del panorama.


Lidia se levantó de su asiento. Ismael alzó la mirada para seguir contemplándola. El bebé empezó a llorar debido a los bruscos movimientos por la velocidad. 


—¡Bajan! —gritó Lidia.


Marina recargó su sien en el vidrio. Cerró los ojos y recordó lo que había pasado esa mañana, antes de salir. Ella le pidió a Cutberto un poco de dinero porque no se le completó para la renta. “Para eso trabajas, ¿no? Si no te alcanza, vete de piruja”, dijo él. “Chinga tu madre”, respondió ella. 


—¡Bajaaaaan! —repitió Lidia.


—¡Bajan! Pinche sordo —gritó Ismael.


El chofer conducía con la mirada clavada al frente, con el rostro congelado en un rictus de asco. “Y encima, yo de pendejo manteniendo por tres años a esa chamaca. Pobre niña, qué culpa tiene de las puterías de su madre”. Vio la luz amarilla del semáforo y pisó el acelerador. 


Lidia miró por la ventana el largo recorrido que en tan poco tiempo la había separado de su bajada. Consultó su reloj, “mierda, el bono de puntualidad”, pensó. Caminó hasta la puerta delantera porque el chofer ignoró sus gritos de “Bajaaan”. El autobús giró precipitadamente a la derecha para esquivar a una mujer que se atravesó. Lidia cayó al suelo, pero enseguida fue auxiliada por Ismael.


—¡Órale! Bájale a tu pinche carrera —reclamó el señor serio.


—Mami, ¿por qué va tan rápido el carro?


Los pasajeros habían salido del letargo de sus preocupaciones personales y notaron el exceso de velocidad al que viajaban. Al unísono, todos le suplicaban que se detuviera; excepto Marina que miraba a la madre abrazar con fuerza a su bebé, pensó que era bueno que ella y Cutberto no tuvieron hijos.


—¡Párate, cabrón! —Era el señor serio, que sujetándose de los barrotes, se dirigía al chofer. 


En el interior del carro, los ojos de los viajeros observaban por la ventana cómo el paisaje corría acelerado. Sus cuerpos eran casi masas inertes que saltaban sin control sobre sus asientos. Algunos cayeron al suelo en el momento que el chofer zigzagueó para esquivar a un auto. Voces de ruegos, súplicas, oraciones y llantos ocuparon el breve espacio del autobús. La madre de la niña intentó llamar al 911, pero nunca le respondieron. 


Solo Marina permanecía serena ante el irremediable caos. Retomó en su memoria lo acontecido esa mañana: Cutberto se acercó para golpearla. Ella sintió una bocanada de rabia y por primera vez se defendió. Un rasguño en el rostro, luego corrió a esconderse arrepentida. Marina y el cuchillo tomaron por sorpresa a Cutberto, quien en lugar de suplicar, con su último aliento gritó injurias y ofensas a la mujer que enterraba el arma en su abdomen. 


El autobús mantenía su acelerada carrera. El chofer seguía esquivando los carros que se atravesaron en su camino e ignoraba las súplicas de sus asustados pasajeros. En dos ocasiones pudo retomar el control del vehículo y evitó que volcaran.


El señor serio logró llegar hasta el tablero. No estaba seguro si debía pisar los pedales, intentar tomar el volante o jugarle al psicólogo con el chofer para convencerlo de detenerse.


—No puedo… no sirven los frenos. —Fueron las últimas palabras del conductor. Antes de que, a la tercera, ya no pudiera controlar el carro. 


Volcaron dos veces y el autobús terminó a mitad de la carretera. Aquel día, junto con las ambulancias que trasladaron a los sobrevivientes, se ocasionó un embotellamiento vial y el enfado de muchos conductores.


 “Cafre agobiado por problemas maritales se suicida con todo y pasajeros”.


“Ciudadanos exigen al gobernador regular el reglamento de tránsito en la ciudad”.


Los ojos de Marina vieron a la muerte y ella le tendió la mano a la libertad que le sería coartada como castigo. Al día siguiente, el periódico sí mencionó su nombre en la nota roja, como víctima, no como victimaria. 


“Encuentran al esposo de una de las pasajeras del cafre suicida, brutalmente asesinado. Se presume que fue robo”.


Segundos antes del impacto, Lidia envió un mensaje de despedida a su madre. La mujer ignoró el sonido del teléfono, sabía que era su hija y se alegró de que hubiera llegado a tiempo para no perder su bono de puntualidad.


CONTACTO:


Facebook/Medium: Colectivo Cuenteros

Twitter: @ccuenteros

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.