Reyes Mantecón, San Bartolo Coyotepec.- La familia que un día tuvieron ya no existe. El retraso mental o la esquizofrenia restó espacio a la memoria y fijó una puerta de escape que justificó el abandono del padre, la madre, los hermanos, un hijo o quien era su vínculo con el exterior.
El 2019 se extinguió. El sol calienta el ambiente como si fuera otoño. Margarita, en cuyos pies el polvo ha formado una capa café, se tumba a lo largo de una banca de cemento, con la frescura de una bata ligera y un chaleco azul.
Del otro lado de la malla ciclón, que divide el aŕea de mujeres y hombres, la cabeza de Julián hace crujir el metal una y otra vez, un golpe sinsentido que no inmuta a Margarita.
Ambos están a unos centímetros de distancia, pero no interactúan, su retraso mental los hace ajenos, a pesar de que los dos llegaron al Hospital Psiquiátrico Cruz del Sur años atrás, cuando a éste se conocía como granja, los tratamientos de la psicología biológica no se acostumbraban y estar aquí era igual a un encierro.
Los trastornos mentales y la edad
Además de retraso mental, a sus 63 años Margarita tiene hipotiroidismo primario. Primero una y después tres enfermeras del hospital tratan de convencerla de alejarse del sol y sentarse en la sombra, pero ella no entiende razones, está a gusto ahí.
Las enfermeras le toman la temperatura, le checan sus signos vitales y desisten, pero la observan por ratos.
En total son 16 pacientes, diez hombres y seis mujeres, que por los años que llevan viviendo en este hospital se les denomina "crónicos", lo que no significa que sean agresivos, sino más bien porque fueron abandonados por sus familiares y nadie volvió por ellos.
Abandonados
“Los trajo alguien en un primer momento y desaparecieron. Trabajo social ha hecho intentos por encontrarlos, pero ha sido en vano”, relata Félix Juárez Montes, médico de formación militar, quien es director del hospital desde hace apenas un año.
El retraso mental es la problemática que más predomina entre pacientes, pero en algunos se les agrega la esquizofrenia y si no, los achaques de los años que han hecho que para facilitar su movilidad muchos sean llevados en sillas de ruedas.
En ese ir y venir entre rampas, Angélica no suelta su muñeca. Cuando el enfermero que la traslada al área común detiene la silla de ruedas y la mujer con el cabello entintado de gris por el paso de los años, extiende su mano y de sus ojos emana la ternura de una niña.
“Necesita tener su muñeca o un juguete para estar tranquila”, dice entre respiros el enfermero antes de retomar la larga rampa que se levanta de una cancha techada, de los pocos espacios nuevos en el hospital.
A los pocos minutos Angélica está cerca de Doña Mati, quien además de retraso mental tiene artritis reumatoide, hipertensión, dificultad motora y casi siempre está sentada. Tiene 92 años de edad, pero en su mente es una niña de cuatro años.
A unos pasos, Marcial de 58 años permanece en una silla de ruedas, retenido por un pedazo de tela que circunda su pecho y está anudado en el respaldo. Juan Joel Díaz Morales, auxiliar terapéutico, recuerda que ese hombre llegó hace 15 o 18 años con una pierna enyesada, esquizofrenia, paranoia y un infarto cerebral.
“Yo tuve la oportunidad de llevarlo a donde él refiere que estaba su casa en Ocotlán. Recuerda el número y la calle, pero cuando llegamos nadie dijo conocerlo”, lamenta.
La salud física de Marcial se deteriora desde hace un año, casi no camina, de su boca cae baba casi como un tick, ya no es capaz de hilar una conversación.
No perderse más
Magdalena tampoco habla. Claudia Ruiz Hernández, terapeuta ocupacional cree que es monolingüe y debe hablar una lengua materna que no han podido descubrir, a falta de traductores.
Armar rompecabezas, jugar ajedrez y otras actividades ayudan a que su discapacidad intelectual moderada no le resten dominio sobre funciones básicas como bañarse y vestirse por sí misma.
De esa granja, una extensión amplía de tierra que permitía tener animales e incluso un tractor para trabajar la tierra, ya queda muy poco, ha sido cercada por nuevas construcciones que impusieron las necesidades burocráticas.
Para Don Pedro, el paciente más longevo en este hospital, los jardines, el gran comedor y los dormitorios comunes de lo que se conoció como La Granja Cruz del Sur, es lo más parecido a su casa.
Sin un hogar a dónde ir
Casi a la par de la apertura de este hospital, Don Pedro “llegó solito” y nadie vino a buscarlo; aquí ha aprendido a controlar el retraso mental y la epilepsia con las que nació.
Como los otros 15 pacientes crónicos han cenado para recibir el 2020, sumar un año a su calendario aislado de la convivencia familiar. Aunque pudiera salir, no tiene a dónde ir. No hay duda, Don Pedro morirá aquí.
