“Vengan, vengan, se regalan abrazos” pronuncia con una voz cálida y fuerte Imelda Caballero. sus brazos están abiertos y sus dedos se mueven en sincronía como si tocara castañuelas. El hombre la mira, pero no responde el gesto, se sigue de largo.
El zócalo de la ciudad de Oaxaca es el punto más congestionado de la ciudad. Hay quienes caminan con la prisa de llegar al trabajo, con la paciencia del enamoramiento o la preocupación de sacar lo del día en el comercio informal.
Las mesas en los portales comienzan a ocuparse, dependiendo del restaurante que se mire. Una familia utiliza el cemento de una jardinera como mesa y asiento, la venta en la vía pública lo amerita.
Imelda cambia el semblante afectivo a reflexivo. No se decepciona por la indiferencia que acaba de probar, ese actitud le basta para compadecerse: “Sólo sé que a él le hace falta mucho, mucho amor", expresa la profesora jubilada que pasó 36 años frente a grupos de nivel secundaria.
Atravesar el zócalo a un costado de la catedral y no mirar a cinco mujeres de pie, entrelazadas de sus tobillos con cordones y rebozos es casi imposible.
Convencen
La efusividad que imprimen a su ofrecimiento hacen que la iniciativa de Elvia Marcos, Elena Montes, imelda Caballero, Doris Pérez y Araceli Ortiz no pase inadvertida.
La insistencia de Araceli es reforzada por su hijos Diego Armando, de 11 años que porta una cartulina invitando a recibir un abrazo, su hermano Ángel, de 13, hace lo mismo aún con el uniforme de secundaria puesto.
Desde un celular Leslie, hija de Elena, toma fotografías de las personas que aceptan una muestra de afecto entre personas que se son ajenas.
No eligieron la fecha, sólo dijeron que la iniciativa la harían un jueves. Apenas el miércoles se pusieron de acuerdo de reunirse en el zócalo de la ciudad a las 11:00 de la mañana sin reparar que era Día de las Madres.
Algo que no se puede comprar
"Es una emoción, no puede haber mejor regalo que un abrazo, una se siente protegida”, expresa la joven Karina quien aceptó detenerse camino a su jornada laboral de ocho horas en una pastelería del centro histórico.
Un hombre disfrazado de mariachi canta a las madres, apoyado en las notas musicales que emanan de una bocina portátil, operada por un ayudante.
Imelda es la más sonriente y la que ofrece los abrazos más prolongados, expresa frases de aliento o felicita a las mujeres que está segura tienen uno o más hijos.
“¿No nos puede regalar un abrazo usted?, pregunta Doris a una mujer que carga a su hijo en brazos, pero ella expresa su temor: “No porque me van a amarrar”, dice entre risas y ellas explican que si están unidas de sus tobillos es porque “somos un equipo”.
Luis Antonio, inspector municipal, es de los pocos hombres que acepta abrazas a cinco mujeres extrañas: “Es padre, es la primera vez que veo algo así”, dice y contagiado de la iniciativa y abraza a otras mujeres que intuye también son madres.
“Somos amigas, compañeras”, es la única razón que encuentra Araceli para explicar porque llevan más de una hora regalando abrazos sin discriminar, aunque se trate de un indigente que entre el alcohol aproveche para deslizar su mano debajo de la cintura de una de ellas.
“No pasa nada”, dice la mujer sin ruborizarse, consciente de que son los riesgos de ofrecer abrazos a personas desconocidas.
