Pasar al contenido principal

Colectivo Cuenteros| Si no los perros, la gente

Foto(s): Cortesía
Redacción

Los perros aullaron la noche entera. El eco de sus aullidos provocó el canto atemporal de las cigarras y apresuró los insomnios de marzo; por eso, don Simón se levantó de mal humor.


—Como si no fuera bastante con ese enjambre que no nos deja vida —le dijo a su esposa.


—Se va a morir alguien —respondió doña Sara y subió una olla de peltre al brasero.


—¿Pudiste dormir y lo soñaste?


—Lo soñaron los perros. Por eso aullaban.


Don Simón le dio la espalda y se apoyó en la jamba. Perdió la mirada en el verde de las montañas, donde en tiempos remotos había aparecido la milagrosa imagen de la Virgen del Silencio.


—Al menos, los perros no friegan a diario. El enjambre nace todos los días. Nunca se calla.


Doña Sara dibujó una sonrisa de resignación y le sugirió que fuese al patio para que lo animaran los rayos del sol, mientras ella preparaba el café.


Sentado en el banco de madera, con las manos en las rodillas, don Simón miró hacia arriba y descubrió un espléndido cielo azul sobre el caserío de las siete lomas del pueblo. Pero de pronto, volvió a escuchar el enjambre. Lo vio elevarse por detrás de la cúpula de la iglesia, convertido en una nube negra que manchó el paisaje, sobrevoló el barrio de San Luis Rey y descendió en dirección a la casa, asustando a las aves guarecidas entre las ramas de las ceibas y haciendo ladrar enloquecidos a los perros que lo persiguieron hasta una de las ventanas de la cocina, por donde logró colarse. Pero solo por un momento: volvió a salir disparado por la humareda que había provocado doña Sara. Antes de verlo desaparecer, don Simón sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en la frente. Agachó la cabeza. Su humor incendiario se acrecentó y lanzó una maldición.


—Almorzaremos al volver —le ordenó a su esposa—. Ve al cuarto por tu rebozo y mi bastón.


Isidro, que venía de ordeñar a las vacas, encontró a sus padres en el camino. Supuso que iban al velorio de algún pariente que habría fallecido al amanecer, y por eso habían aullado los perros.


—Vamos a buscarte esposa —le anunció su padre—. Se te está pasando la edad.


—Pero yo no quiero casarme.


—Son muchos años sin querer. Tu padre hace lo correcto —dijo doña Sara sin mirarlo.


Isidro los vio alejarse rápido con pasos lentos. También él estaba harto del enjambre que lo sorprendía a cualquier hora y en cualquier lugar, aguijoneándole también la frente, o las mejillas, sonrojándolo como a los timadores del Chamizal cuando eran descubiertas sus tretas en las ferias. No creía que el matrimonio fuese la solución, aunque tampoco tuviera otra mejor.


Teresita Vargas se levantó tarde de la cama. La aulladera de los perros le había impedido dormir y tener los sueños de amores imposibles que la acechaban sin tregua desde que cesaran las lluvias. En el corredor se topó a su primo. Se miraron a los ojos y él agachó la cabeza; ella apretó los labios con la cabeza altiva y se movió para evitar el roce. Después, saludó a los ancianos visitantes con la certeza de que estaban ahí para comunicarles el fallecimiento de algún familiar desconocido en un pueblo lejano; tal vez por eso habían aullado los perros. Tomó la escoba y comenzó a bajar las telarañas de las esquinas.


—Nuestro hijo Isidro —estaba diciendo el anciano—, que es un muchacho honrado y trabajador, ha decidido sentar cabeza, pero es muy tímido. Por eso venimos nosotros.


—Sabemos que Teresita, aquí presente —agregó doña Sara—, está en edad de merecer. Y nuestro muchacho tiene interés en pedir su mano.


Doña Teresita madre les recalcó que lo que se decía “un muchacho”, Isidro ya no lo era. Pero tomando en cuenta sus atributos, podrían ponerlo a consideración de la hija.


Por la mañana, Isidro descubrió que el recorrido de sus padres, en lugar de menguar el enjambre, lo había acrecentado: en tal proporción, que tenía encapotado el cielo.


Teresita bajó una tarántula que se apresuró a aplastar. Otras brotaron del animal despanzurrado y las aplastó también, pero de ellas brotaron más.


—¡Dios me libre de estas alimañas en el convento! —dijo.


Y les contó que en un sueño, le había sido revelada su vocación de monja.


—Como nuestro sobrino Gaudencio —dijo su padre—, que desde que pasó el tiempo de aguas vive aquí a la espera de que lo reciban los Franciscanos.


Don Simón y doña Sara quisieron convencerla de que era una mala decisión. Pero a Teresita le inquietaba menos el probable futuro de profesa libertina que el de esposa célibe al lado del hijo de ese par, a quien conocía de vista y sabía lo que de él se murmuraba. Así que, aunque les agradecía mucho el interés en su persona, les explicó que, para ella, rechazar el llamado del cielo significaba cometer pecado mortal.


Doña Teresita madre, orgullosa por la posibilidad de tener una hija santa, les dijo a los visitantes que desgraciadamente el destino no había querido emparentarlos, pero que con gusto podrían ser padrinos de lo que se le ofreciera a Isidro cuando éste encontrara esposa. Por cierto, tenían un par de chivos que les podían vender a buen precio para la barbacoa. Por cortesía y ánimo de no ver derrotado su orgullo, don Simón pidió revisarlos.


Visitaron otras cuatro casas donde tampoco tuvieron suerte. Rendidos, fueron a ver a la madrina de Isidro, la vieja Damiana, una negra frondosa de carcajadas de estruendo y vestidos de muchacha primaveral. No era letrada, pero había aprendido mucho de la vida en el tiempo que viajó por el mundo, obligada por el gitano que la raptó desde niña de un país imaginario.


—Ninguna quiere ser su mujer —murmuró don Simón con tristeza de desahuciado—. Y estoy seguro de que es culpa del maldito enjambre.


Damiana soltó una risotada.


—Pero, compadre, pue' si yo dije desde que´l ahija'o tenía quince, que ese no iba pa´ tene´ muje´. Y entonce´ podíamo´ meterlo a´ seminario.


—¿Qué hacemos, comadre? —preguntó doña Sara, entrelazando los dedos.


Damiana revolvió azúcar y zumo de limones en una jarra de cristal.


—Puede pone´ una cantina —respondió. Y ellos supieron que no opinaría más, porque carecía de la desvergüenza necesaria para usar rodeos y sutilezas.


Esa noche, Isidro se enteró de que conseguir esposa no era empresa fácil.


—Dicen que Teresita Vargas...


—Esa va a ser monja —lo interrumpió doña Sara.


—Tal vez en la ciudad podrías encontrar una buena muchacha —sugirió don Simón.


—No me quiero ir.


—Nunca has querido nada. Tal vez quieras poner una cantina.


Por la mañana, Isidro descubrió que el recorrido de sus padres, en lugar de menguar el enjambre, lo había acrecentado: en tal proporción, que tenía encapotado el cielo.


—¡Pues no me voy! —gritó levantando los puños.


Se dirigió a la casa de Teresita Vargas y la llamó a gritos desde los platanares en la entrada del predio. El murmullo incesante del enjambre, que ondeaba lentamente en el cielo, le azotaba los oídos.


—Vine a enamorarte —le dijo cuando ella acudió—. Dime qué debo hacer.


Los padres y el primo de Teresita los observaban desde el corredor.


—No puedo corresponderte. Voy a ser monja —contestó.


—Entonces, ayúdame a encontrar una solución para acabar con el enjambre.


—Eso es imposible —dijo—. Pero puedes acostumbrarte. Solo ignóralo, como los gatos a los niños, como los nopales al desierto. Acostúmbrate y pon cara de palo.


Isidro la vio dar la vuelta y dirigirse a la casa mientras su primo la seguía. Sintió la mirada de lástima de los padres de Teresita y decidió estrenar el consejo. Levantó la cabeza y les sonrió.


Un mes después, murió don Simón. Durante el entierro, Isidro escuchó cuando a doña Sara le dijeron que Teresita Vargas estaba embarazada; nadie sabía de quién, si de su casa no salía y tenía decidido ser monja. Sintió pena por ella, que pronto lidiaría con su propio enjambre. El suyo, mientras tanto, le seguía los pasos adormilado y disminuido; era su padre que lo había hecho bravo con sus reacciones. Se lamentó que don Simón no hubiera escuchado y puesto en práctica el consejo de Teresita Vargas; así habría vivido menos agobiado sus últimos días.


Esa noche, los perros volvieron a aullar sin misericordia. Pero mientras le servía el desayuno a Isidro, doña Sara le dijo que no escuchó otra cosa más que el ruido brutal de los recuerdos; tal vez, agregó, significaba que el muerto no sería un conocido. En el ir y venir del brasero, vio por la puerta, con el rabillo del ojo, que algo se aproximaba veloz bajo el cielo. Se llevó una mano a la frente para distinguirlo entre la luz cegadora. Era el enjambre. Corrió al brasero y azotó furiosa los leños contra la ceniza. No consiguió verlo en la espesura de la humareda, pero supo que había conseguido entrar, porque sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en el pecho.


CONTACTO


Correo: [email protected]


Facebook: Colectivo Cuenteros


Twitter: @CCuenteros



 

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.