Hace algunas semanas, tuve la oportunidad de platicar con un amigo zaachileño y apelando a su formación académica, me atreví a preguntarle por el origen de la famosa frase “caballo no entra”.
Según él me cuenta, este fue el pretexto que sus paisanos arguyeron para no participar en un hecho de armas; no me supo referir qué “hecho de armas” era aquél, ni a qué época de la historia correspondía (es filósofo, no historiador); pero también en otros lugares he escuchado decir que esa frase conlleva connotaciones sexuales desagradables; lo cierto es que su sola mención hace enfurecer a algunos habitantes de la Villa de Zaachila.
En fin, que de aquella plática no saqué en claro sino que “caballo no entra” puede referirse a esto o a lo otro, puede serlo todo, incluso, un libro de narrativa del poeta José Molina.
En Caballo no entra (Luz y Sonido, 2017), Molina conforma, a través de una serie de viñetas, un fragmentario espejo en el cual se confrontan el protagonista y la ciudad de Oaxaca, y que retrata particularmente a un submundo artístico lleno de pintores que no pintan y poetas que no escriben, submundo que peca o presume de cosmopolitismo, de cierta simpatía no del todo comprometida con la izquierda y de un gusto exacerbado por la vida nocturna y el desenfreno erótico, pero que en el fondo anhela la realización de los ideales burgueses, incluyendo el amor.
En la novela vemos escenas y personajes que cualquier autodenominado poeta oaxaqueño podrá reconocer, sobre todo si gusta de las fiestas con las que suelen terminar las inauguraciones y las presentaciones de libros.
El personaje protagónico es un joven artista plástico de origen mixteco que ha radicado en Alemania y la Ciudad de México para volver, como Odiseo, a Oaxaca, a las tlayudas y los mezcales. La figura del protagonista no deja de recordarnos a la del propio autor subiendo y bajando incansablemente por esta ciudad que, nos consta, disfrutó como pocos.
El libro también aporta su grano de arena al mito que para los oaxaqueños supone el 2006, desvirtuado movimiento social que lo mismo ha sido motivo de orgullo, que de vergüenza. La visión de este hecho, mediado ya por la distancia, se convierte en una mirada un tanto cínica que evita la idealización romántica del suceso.
En una escena sobresaliente, el protagonista tiene un encuentro sexual en la Plaza de la Danza, aprovechando el cobijo involuntario que le ofrece el campamento rebelde.
José Molina, conteniendo su estilo poético más orientado hacia la vanguardia, nos ofrece un relato que resuelve con una escritura precisa, directa y sin mayor ornamento.
Temática y formalmente se deja ver la deuda con Bukowski, pero el poeta no parece rehuir de ella. Bukowski no es solo alcohol, cigarros y sexo casual, es también una escritura certera, economía narrativa y maestría en el uso del lenguaje; en Caballo no entra, José Molina hace gala de todo ello.
