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Colectivo Cuenteros| Mañana, cuando te levantes…

Foto(s): Cortesía
Redacción

En todo el trayecto de la ciudad de Oaxaca a Teotitlán, mi esposo no me dirigió la palabra excepto para darme indicaciones equivocadas al bautizo de Santiago.


—¿Cómo no te acuerdas del lugar? ¿Por qué no le preguntas a ese señor del mototaxi? —le dije ya desesperada. Pasábamos por la misma calle una y otra vez. Ya eran más de las tres de la tarde.


—No vengo hace años y no pienso preguntarle a nadie —me contestó con ese gesto de macho autosuficiente que me caga.


Cuando por fin accedió a hablar con su amigo, encontramos la casa. En la puerta estaban algunos invitados. Todos llevaban por lo menos un cartón de cerveza.


—Creo que debimos traer algo más, aparte del regalo —le comenté. Yo llevaba en una bolsa un libro de cuentos para el bautizado. Me arrepentí de no traer algo más.


—Si falta bebida, vamos por un six y ya.


—Pues, allá tú. Al fin que es tu familia.


—Bueno, ya. ¡Puta madre! Deja de estar jodiendo. —Cerró el coche de un portazo.


—¿Joder?, pero si eso es lo que sabes hacer mejor. Qué pinche genio te cargas desde ayer, carajo. Mejor no hubiera venido, de haber sabido cómo ibas a estar…


No sé si la mamá del bautizado alcanzó a escucharnos. Lo que sí es que él se había adelantado y estaba saludando con toda cortesía a la gente, dejándome parada en la puerta hablando sola, con la bolsa del regalo y un pinche coraje.


Me mostraron el camino hasta donde estaban las mesas para los parientes del papá. Antes de que pudiera acomodarme, sin embargo, me pidieron que me sentara con las mujeres. Por mí, mejor; cada quien por su lado. El único problema era que todas hablaban en zapoteco. Mi esposo ya estaba sentado con los señores, tomando.


—Buenas tardes —dije desde mi lugar. Ellas asintieron con la cabeza y de inmediato se oyó un cuchicheo.


—Los esperábamos para el desayuno —me reprochó el papá del bautizado.


—Es que se nos hizo tarde—. La verdad, no sabía qué excusa darle.


—Y que nos acompañaran en la misa. No sabe qué bonita estuvo —insistió.


—Pues mejor pregúntele a mi esposo que no puede preguntar por una dirección —le dije con una sonrisa de las más dulces.


Entre tanto, llegaba más gente: mujeres del Istmo, invitadas de la mamá.


—Tiene que probar éste. Es una mezcla de cuatro agaves—. Uno de los padrinos se dedicaba a servir los vasitos con mezcal y a repartir cervezas.


—Dos cervezas y dos mezcales antes de comer, es lo que se acostumbra por acá. Ya después de comer, se puede ir a sentar con su señor —la chica junto a mí me advirtió.


—¡Mi señor!, si no es mi dueño. Prefiero no estar con él, está de malas, sólo porque le dije que no fuera codo y compráramos un cartón —me quejé, pero ella me contestó con un monosílabo en zapoteco.


Como no entendía la plática y a mi compañera de mesa no le interesaban mis problemas, mejor me puse a observar al bautizado que, en su trajecito de guayabera y pantalón blanco muy esmerado, subía y bajaba las escaleras sin control. Esperaba el momento en que la primera de las niñas se tropezara con su vestidito largo y terminara con un chipote en la cabeza.


Sirvieron el primer plato: un caldo de pescado acompañado con cangrejo y jaiba. Ya que empezaba a sentirme mareada, la comida llegó justo a tiempo. Para no sentirme tan rara entre tanta gente que ni conocía, busqué a mi esposo sólo para darme cuenta de que ya devoraba su guisado. Cuando lo miré, sólo se volteó. Seguía enojadísimo; ¿no que estaba ahí pasándola bien con todos sus conocidos?


—¿Quiere chile? —Pasaron un plato con limones y chiles picados.


—No gracias, ya estoy bien enchilada.


Llegó el segundo plato: un festín de camarones.


También los dueños de la casa tenían broncas. Peleaban por tener al festejado sentado y quieto. Le sirvieron su comida y él gritaba que no tenía hambre, que quería irse a jugar.


—¡Ya obedece! —Era una de las tías.


—¡No tengo hambre! —En eso llegó su papá y resolvió el tema con una nalgada. Santiago comenzó a llorar. Las señoras dijeron algo en zapoteco; luego, silencio. “Salud por el festejado”, propuso la mamá. De repente, cambió la música a propósito, cosa que al papá no le hizo nada de gracia. El mezcal y la cerveza seguían fluyendo.


Los ánimos subían de tono. Los anfitriones discutían mientras la abuela jalaba del brazo a Santiago para obligarlo a abrocharse un botón de la camisa. Yo seguía esperando que mi marido me buscara para sentarnos juntos y hacer las paces. Pero qué tonta por pensarlo y que imbécil él, porque cuando me levanté al baño, aprovechando que comenzaron a recoger los platos, me di cuenta de que estaba inmerso en una intensa plática con una señora, acompañando las palabras al oído con una mano que le pasaba por la espalda. Estaba a punto de armarle un escándalo de los buenos cuando un señor me volteó a ver y me cerró el ojo. Yo levanté mi vasito de mezcal en señal de brindar; él se acercó y me destapó otra cerveza.


—¿Usted no es de por acá, ¿verdad? —me preguntó, chocando su botella con la mía. Me aseguré de que mi esposo me viera.


—No, pero vivo aquí desde hace varios años. ¿Y tú? —Por su acento pensé que era de la costa.


—Mucho gusto, soy Arturo. ¿Y tú, cómo te llamas? —contestó, siguiendo la pauta de mi tuteo.


Justo entonces, llegaron las parientes del papá con canastas repletas de tamales para cenar. Nos sirvieron cuatro tamales y pastel con merengue en platos de cartón. Luego mi esposo apareció a mi lado con dos platos de comida que seguro ya no le cabía. Yo lo volteé a ver con ojos de ¡y qué chingados hago yo con todo esto! Él me hizo una seña de “te estoy viendo, ¿eh?”


—Qué, no puedo platicar con un amigo? Tú no estás muy solito que digamos. ¿O qué, me vas a decir que la señora a la que le estás sobando la espalda es tu prima?


—¿Cómo supiste? —me respondió, largándose.


—¿Conoces el dicho: “¿El que no come, carga”? —me preguntó Arturo, sonriendo.


—¡Pues si no quiere comer, que cargue! —le dije y nos reímos.


¡Chingue su madre! Nos paramos a bailar.


No sé bien qué día es hoy


Solo sé que te vi salir


Y en cinco minutos perdí las letras para hablarte a vos


Yo sé que no tengo palabras


Y nunca las voy a tener


Por eso aprovecho esta noche


Ya ves, estoy solo otra vez…


En una de esas, mi esposo y su “prima” se acercaron en la pista improvisada. Cuando vi sus zapatos calculé: si esta vieja doble rodada me da un pisotón, me rompe los huesos. Y ya que está borracha... Arturo me jaló lejos por si las dudas. A mí también se me habían subido las cervezas y los mezcales.


En un repentino cambio de ritmo, las del Istmo empujaron con la cadera a una de las anfitrionas, haciendo que perdiera el equilibrio. Se levantó con ayuda y como se rieron de ella -y con los ánimos ya caldeados-, se armaron los trancazos. Se jalaban las trenzas, volaron platos con pastel, sillas, recuerditos del bautizo y también mentadas. Los niños, claro, pensaron que era un juego, así que aventaron también los vasos que se encontraban, vacíos o no. Se formaron grupos como en pleito de secundaria. A mi marido lo bañaron con refresco.


Así empezó el pleito en el bautizo en Teotitlán. El mío ya tenía rato.


Era tiempo de salir de ahí. Intenté despedirme de Arturo, pero no me soltó; quería seguir el baile. Yo buscaba la forma de que no me llovieran pasteles, cerveza o algo peor.


Me acerqué a mi esposo que me miró como para calcular qué tan encabronada estaba. Intentaba limpiarse con una servilleta la camisa manchada de rojo.


—¿Qué, ya te vas? —se rió—. Esto se va a poner bueno. —Arrastraba las palabras.


¡Ah mira, qué chingón! Eso me prendió la mecha. Agarrada del brazo de Arturo, me acerqué a la puerta donde algunos invitados se limpiaban los restos de pastel de la ropa. Me valió madres, nos seguimos de frente.


—¿Qué no es ésa la esposa de tu amigo? —alcancé a escuchar.


—Sí, ya ves cómo son los extranjeros. No entienden nuestras costumbres.


Arturo me abrió la puerta del coche. Me sentí muy bien.


—Conozco un lugar donde hay música en vivo. ¿Qué tal si la seguimos ahí? —me preguntó.


—¿De qué parte del Istmo dices que eres?


Por el retrovisor vi a mi esposo saliendo de la fiesta con su bolsita de plástico en la mano. Apenas se podía sostener en pie, el cabrón.


Mañana cuando te levantes… yo tarareaba la canción.


 


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