El hambre, lo hizo agradecer con un movimiento feliz de su cola, a aquella persona que le ofrecía un delicioso trozo de carne, lo cual al principio le pareció raro, pero el olor a un delicioso bocado, no lo hizo pensar nada, sino devorar el manjar que fue su camino a la muerte.
Vio como se alejó el que él creía un amigo, mismo que llevaba una sonrisa de oreja a oreja, mismo que siguió llevando la última cena a otros perros, ocho en total.
Todavía le dio tiempo de pasearse por última vez cerca del palacio de Cuilápam de Guerrero, antes de sentir que algo andaba mal, quizá había devorado demasiado rápido aquel regalo mortal.
Comenzó a ladrar, al igual que otros canes en diferentes partes de esa población, de su hocico empezó a salir una baba blanquecina, impregnada del veneno mortal que acompañaba a la carne.
Su pata derecha empezó la danza de la muerte, la gente lo veía extrañada, no sabía qué le pasaba, una alma buena, le llevó leche fría, la colocó en su hocico, pero era tarde, el veneno había hecho efecto.
Alcanzó a aullar por última vez, despidiéndose en coro junto con las otras víctimas.
Horas después, por redes sociales daban el nombre, el domicilio y lugar donde trabaja quien les ofreció su último alimento a los perros, quienes dejaron esta perra vida.
