Pasar al contenido principal

Colectivo Cuenteros| Funeral de fin de año

Foto(s): Cortesía
Redacción

A Tequisistlán, mi única casa.


Lo menos importante en un funeral es el pobre hombre que va en el ataúd

 


El semicírculo, apenas iluminado, contenía los rostros afligidos, los ojos enrojecidos por el llanto, las fosas nasales heladas por el constante flujo, el vapor emergiendo de las bocas y las orejas cuidadosamente cubiertas. Frente a los cuerpos, un féretro.


—Qué feo que se muriera en esta fecha, somos bien poquitos. Ni los rezos se van a escuchar de tanto cuete.


—Ni digas, mi'jo, ni sus hermanos han llegado. Pero ni qué reclamarles, se sabe que aquí uno no se debe morir ni el 22 de julio ni el 31 de diciembre. Estás chamaco, por eso igual no te acuerdas, pero hacía como 10 años que no se moría nadie en fin de año. Ahorita que llegue tu tío Marcos, le preguntamos. Seguro se acuerda el chismoso… no te rías.


—Es que fue mi tío Marcos el que me dijo eso, que en esos dos días aquí no te puedes morir.


—Mira, ya llegó el novio y hasta la guitarra trae.


—No es por chismoso, tía, pero ya no era su novio… Mírelo, se va a poner a cantar.


Guitarra en mano, Zarif, “El Ruso” timbró un arpegio inconfundible. Sus ojos, como cristales de agua, reflejaron la tenue luz de un velorio en ciernes y una lágrima fugitiva distrajo a los presentes. Entonces, El Ruso comenzó a cantar:


Malena canta el tango, como ninguna, y en cada verso pone su corazón; al yuyo del suburbio su voz perfuma, Malena tiene penas de bandoneón. Tal vez allá en la infancia, su voz de alondra, tomó ese tono oscuro, de callejón, o acaso aquel romance que sólo nombra cuando se pone triste con el alcohol. Malena canta el tango con voz de sombra, Malena tiene penas de bandoneón.


Con el vaivén de los versos, las miradas no soltaban al Ruso; aquella canción golpeaba a todos por igual. La habían conocido, sabían de su voz, de su forma trágica de comunicar advertencias: “Si este año no llueve nos morimos todos y quemados, yo la primera”, había dicho justo el fin de año anterior con esa voz que a todos les parecía salir del féretro, esa voz de sombra y alondra.


Don Ricardo, su padrino, mezcal en mano, sollozaba: ni una palabra inteligible, ni un monosílabo, únicamente un quejido animal como testimonio y las diminutas lágrimas apretadas, casi extintas, en su rostro. Su padrino de comunión, el que pagó sus estudios, el que la ayudó a poner el negocio de pirotecnia, a la que quiso como una hija que no tuvo por accidente, sino por gusto.


—Mire tía, otro galán.


—No seas fijado mi'jo, que al rato vas a andar cantando.


El otro galán no se llamaba Chalino; su nombre era Rigoleto. Le decían Rigo, como Rigo Tovar, pero ya que no le gustaba la música tropical, decidió cambiarlo por algo que sí le gustara. Entonces se puso Chalino, “como Chalino Sánchez, el más chingón de todos”, decía vestido con botas y tejana, muy raro para un habitante del sur.


Tras beber de golpe su cerveza, escupió en medio de todos y sin fijarse en el ataúd, comenzó con un solo de acordeón que hizo que todos volvieran a brindar:


Eres flor que al correr de los años, no has perdido jamás tu ternura; yo no he visto brillar las estrellas, me persigue una perra amargura. Esos labios que un día me dijeron, tu recuerdo lo guardo en mi pecho. Esos ojos que un día me rogaron, hoy sonriendo me brindan desprecio.


Entonces, Chalino alzó su cerveza y estalló una docena de chifladores encima de los presentes. El humo y la pólvora cubría el luto de todos, el desconcierto de morir a destiempo.


—¡Que no se detenga la música, hasta que nos escuche!


Y procedió:


Me despido florita del alma, me despido llorando y cantando, aunque tú no me quieras mirar, no me importa yo te sigo amando. Esos lindos ojitos azules con que adornan graciosa tu frente, no creí que con una mirada sentenciara mi pena de muerte.


Entre las colillas de cigarros, las botellas de cristal vacías, las latas deformes, los rastros de pólvora, los cuetes a medio hacer, los trapos y bolsas de los presentes, también se revolvía la duda: ‘¿Habrá rezadoras disponibles? Todas están en el baile.’ En los ojos de los asistentes, el reflejo del piso polvoriento y la basura. A lo lejos, pero en una latencia vibrante, la fiesta, el eco de la música tropical con la que el rostro del nuevo año esconde su dolor, su deformación. ‘¿En verdad no vendrá ninguna rezadora? ¿Dónde está la familia? ¡Ni don Ricardo se mueve!’, pensaban.


—Oye tía, ¿ya me dejas ir? Me dijiste que un ratito y ni pan ni café nos han dado. ¿Ya me dejas irme al baile?


—Te voy a dar, pero un baile de vergazos si te mueves de aquí. Mira tu tío Marcos: con razón ni vino a saludarnos, ya está pedo, cante y cante… Mira mi'jo, entras a la casa y preguntas si tienen una lámpara o un foco, nada más no te vayan a dar una veladora porque nos quemas a todos.


—¡Pero yo ni los conozco!


—Les dices que eres nieto de señora Chana y ya, te van a reconocer, ándale… Mira quién viene: es el González, ¡el pinche Chairo!


Vestido como siempre de negro, el Chairo llegó cargando un ánfora de mezcal. Su ceremonia fue brindar con cada uno de los presentes y cuando terminó la ronda no quedaba casi nada, ni de él ni del mezcal. Entonces se soltó a berrear en medio de todos, un llanto puro, un plano dolor de humano, como una recta interminable. “¡Ya no me vas a hablar!, ¡Ya no me vas a hablar!”, la única oración inteligible y el silencio y los mocos escurriendo y en la penumbra la ropa negra manchada de tierra y pólvora y en el centro de todo el dolor del Chairo, que también era el desconcierto de todos, las miradas entrecruzadas, las preguntas en el aire… ‘¿Y las pinches rezadoras? El baile está rebueno y nosotros acá con la difuntita; ya mejor empedarse, a toda capillita le llega su fiestecita; mira nada más, estamos casi en penumbras, no tenía ni velas esta muchacha; me voy hasta que lleguen los tamales, aunque sean de chepil; pinche muertita estaba rebuena, ojalá vengan las hermanas’.


—Mi`jo, si llegan las rezadoras ni nos van a ver. En una de esas ya hasta pasaron y no nos vieron. Entra a la casa y pregunta si no tienen veladoras.


—Tía, ¿cómo no nos van a ver si están tire y tire cuetes?


—Ahorita que lleguen las rezadoras vas a tener que ir a buscar algo para alumbrarlas aunque no quieras, vas a ver.


Nadie advirtió la llegada de las señoras, que no eran rezadoras, pero su paso era igual de lento entre los asistentes, que ahora sólo preguntaban por los tamales, los parientes y las hermanas de la difunta. Entre el desconcierto y la embriaguez, las improvisadas rezadoras pedían sillas y veladoras. Nadie respondía sus llamados; el Ruso y Chalino cantaban junto al féretro, pero sin prestarle verdadera atención.


—Pero, ¿cómo han podido estar así? —fue la pregunta de una de las señoras dispuesta a rezar, la más bajita y de voz chillona.


—No se fije, chaparrita. Ahorita le encendemos su veladora a la muertita —respondió con voz de borracho Chalino.


El chamaco entró con prisa a la casa, sin encontrar el interruptor de las luces. El interior olía a humo, papel periódico y pólvora. La luz lo habría mostrado bien: un taller disfrazado de casa. Por todas partes, pirotecnia de las más distintas formas: cebollitas, volcanes, cohetones, bazucas, chifladores, palomas, buscapiés y zumbadoras, junto con botes de todo tipo rellenos con pólvora y nitratos, sales minerales y polvo de hierro. Nunca dudó, entonces, que aquel vaso y esa mecha no fueran una veladora, tan comunes en los entierros y panteones. Parado en el umbral de la puerta, el chamaco gritó:


—¡Ya tengo la vela, tía!


Y encendió la mecha.


La explosión pulverizó el cuerpo del chamaco, a la vez que reventó los tímpanos de todos los presentes. Las señoras, empujadas por la explosión, cayeron de inmediato. Nadie podía verse a la cara, la noche era humo, desconcierto y sangre.


Las chispas alcanzaron al Chairo, cubriéndolo con una llama que parecía una celebración. Por un instante, entre el humo, pudo verse la silueta de algunos cuerpos arrastrándose, iluminados con aquella luz que consumía su sorpresa y la carne del Chairo. Los gritos de dolor confirmaban lo que estaba pasando.


De la pequeña casa comenzaron a salir volando cohetones y proyectiles de los más intensos colores: rojo, verde y naranja. Retumbaban las explosiones y las luces ascendían, iluminando todo, como en un festejo involuntario. Un proyectil alcanzó el rostro de una de las señoras, incrustándose en su ojo derecho y matándola en el acto. La sangre y el fuego lo cubrían casi todo, menos la fiesta, latente como un presentimiento.


Luego de las explosiones, la disipación del humo y un brevísimo espacio de silencio, frente a los cuerpos calcinados, el féretro, silencioso testigo de una cuenta regresiva que se escuchó al unísono: 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1… ¡Feliz Año Nuevo!


Correo: [email protected]


Facebook: Colectivo Cuenteros


Twitter: @CCuenteros


Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.