Y sí: en la entrada de la comunidad, Julieta y Cadejo se toparon con un grupo de mareños que, como de costumbre, habían estado bebiendo después de la pesca. A esa hora, la gente del pueblo dormía.
Unos hombres estaban ya en el sueño soporoso del borracho. Quedaban sólo dos de pie. Uno de ellos se paró y dijo:
─¡Qué pueeee! ¡Mire qué galaana! ¡Qué regalo tan bonito nos trajo la noche! ¿Dónde andá, Julietita? ¿Por qué tan solita?
Ella lo empujó.
─ ¡Andate pue’, que estás bolo! ¡Largate vos… dejame pasar!
Cadejo se pegó a ella como tratando de cubrirla con su cuerpo. Le ladró al ebrio, que trastabilló y le gritó:
─ ¡Jooh, chucho, quitate! ¡Fiero tu modo, tenés! ¿Vos creés que te tengo miedo?
El otro sujeto logró pararse y comenzó a jalar a Julieta. El perro se abalanzó sobre éste con tal presteza y fuerza que el borracho cayó hacia atrás, se golpeó la cabeza y quedó inconsciente
El otro ebrio tiraba de Julieta, que gritaba y forcejeaba. El perro se lanzó sobre él. Ante el ataque, el hombre sacó su machete y de un tajo le abrió la piel. Al sentir la punzada, Cadejo por un momento lo soltó, pero al instante brincó y lo agarró del cuello, prensando sus colmillos con todas sus fuerzas. Sólo cuando el sujeto no se movió más, Cadejo destrabó su mandíbula.
Julieta corrió despavorida. Casi llegaba a su casa cuando vio a Cadejo que venía en el camino, sangrando, con la piel abierta a tajos. Quiso agarrarlo pero no se dejó. Le gruñó y siguió hasta perderse en la montaña. Julieta lo llamaba pero no regresó.
***
Al otro día, todo en la comunidad era movimiento. Se habían encontrado, tirados en el camino, dos hombres: uno mal herido y el otro muerto.
─¡Ay, nana! ¡Parece que los atacó un animal salvaje! ─le dijo doña Gertrudis a Julieta─. Voy a ver al padrecito para que le dé la bendición al muerto. ¡Ay nana, qué susto! ─gritaba.
─¡Sí! ─dijo el agente municipal─. Las huellas con sangre van al monte. Son de un animal.
Los hombres ya estaban organizándose para salir a la montaña para ver si lo encontraban. Al escuchar las noticias, Julieta salió corriendo a buscar a Cadejo antes que lo encontraran y lo mataran.
Llegó al río, justo donde llegaban las huellas. Buscó y del otro lado se veía tirada, entre el monte, una figura. No era un perro. Parecía ser un hombre; se veía herido. Sintió escalofrío. Se fue corriendo pero regresó: sólo halló manchas de sangre en la hierba y el collar que traía Cadejo en el cuello. Percibió un olor extraño entre sangre y podrido. Uuugh. Le vino una arcada.
Los hombres buscaron y no encontraron nada. En lo alto de la montaña estaba situada la casa de Simeón ─el brujo del pueblo─ pero estaba vacía. Entraron temerosos. Sólo se respiraba el olor a plantas medicinales que colgaban como follaje de un árbol nacido del techo. El sonido del aire que penetraba por las ventanas parecía un lamento. Asustados, salieron con prisa del lugar.
En el pueblo murmuraban:
─Fue Simeón.
─¡Sí! Fue Cadejo. ─Se persignaban.
─¡Dios bendito!
Un viejo hablaba:
─¡Ideai, cómo va ser pue’! ¡Fea su suerte! ─Se rascaba la cabeza─. Ya no se va poder disfrutar la bolera igual pue… por estar pensando en que puede volver esa bestia… ¡Nooo, pue’ no!
***
La pequeña iglesia del pueblo se vaciaba después de la misa por el difunto. En el atrio que la rodeaba, la tía Benita le dijo al padre:
─¡Está maldita, padre Juan! Fue el Cadejo. Ella tiene la culpa por dejarlo entrar al pueblo.
Doña Cruz se persignó.
─Ay, padre, ¿y si se condena la colonia? ¡Hay que sacarla, está maldecida!
Doña Luz le dijo:
─¡Vos sos loca! ¿Cómo vamos a sacala, así namás como así? Ideai, pensá lo que decís.
Con desesperación, el padre levantó las dos manos al cielo.
─¡Qué Cadejo ni qué Cadejo! ¡Vayan y recen dos Padres Nuestros y unas Aves Marías en penitencia!
***
Afuera de la iglesia, la viuda escuchó lo que decían las mujeres y corrió por las calles gritando:
─¡Julieta es la culpable! ¡Dice el padrecito que está maldecida por el Cadejo! ¡Otros también van a morir! ¡Hay que matarla, hay que matarla!
Todo el pueblo se juntó en el atrio de la iglesia. El padre quiso calmarlos pero no pudo. Julieta, al escuchar lo que decían, huyó apresurada del pueblo con las pocas cosas que podía cargar. Subió hasta lo alto de la montaña. Ahí no llegarían. No se atreverían. Escondida entre los árboles y la maleza se decía a sí misma:
─No pasa nada… no pasa nada... no pasa nada.
***
Unos meses después, en lo alto de la montaña, Julieta daba pecho a un niño con ojos color de mar y piel caoba, al tiempo que susurraba:
─ Duérmete mi niño, duérmete ya… Que yo cuido tu sueño y el chucho no te puede llevar.
