Ochenta litros diarios es la cantidad mínima que la Organización Mundial de la Salud recomienda para que una persona pueda cubrir sus actividades vitales de aseo personal, pero en los cinturones de pobreza de la ciudad de Oaxaca, esa cifra puede reducirse a 12 litros.
Eso no lo sabe María Soledad Pérez Juárez, cuando levanta la vieja tapa de una cisterna de 20 mil litros construida a golpe de desgastar un cerro que terminó de poblarse por casas a medio construir, con láminas, maderas, y en el mejor de los casos, tabicón.
700 u 800 pesos tendrá que pagar María Soledad si quiere tener agua, al menos en la mitad de su cisterna. FOTO: Emilio Morales
Sin agua suficiente
Al asomarse al fondo de la cisterna, a punto de secarse, Soledad únicamente puede obtener de ésta su reflejo. No alcanza a sacar ni una cubeta con agua.
Si quiere verla llena, tendrá que pagar entre mil 400 y mil 600 pesos para costear dos pipas con 10 mil litros de agua cada una, pero sólo le alcanza para pagar un servicio.
Esos diez mil litros deberán alcanzar durante dos meses para tres familias que viven alrededor de la cisterna, 13 integrantes en total, en su mayoría ocho menores de edad.
Si dividiera esos diez mil litros, podría saber que cada integrante de esas tres familias sólo tiene derecho a gastar 12 litros de agua en actividades de higiene como el baño y el servicio sanitario, a donde no va a parar agua limpia, sino la que desechan por lavar los trastes o la ropa.
La cámara inferior de una letrina, un tambo y una parte de un refrigerador se reutilizan para captar agua de lluvia, pero están sin gota de agua. FOTO: Emilio Morales
“El agua que sale de lavar los trastes la usamos para regar las plantas, para regar el patio u otra cosa”, cuenta y de inmediato piensa en la palabra para definir cómo administran la escasez de agua: “la reciclamos”.
En estiaje permanente
En Donají, nombre de la calle en la que vive Soledad, en la parte más alta de la colonia Monte Albán, en la agencia municipal de San Juan Chapultepec, se resiente con severidad la escasez de agua, sea época de estiaje o no.
La única diferencia que le da la temporada de lluvias que aún no inicia, es que puede captar agua en la cámara inferior de una letrina, un viejo refrigerador desmantelado y un tambo, todos vacíos.
Es esa calle, una vereda con la anchura para un solo vehículo de motor. Con pequeñas diferencias, la precariedad se repite en todas las casas, sin terminar o construidas con lo que les es posible.
En la parte alta de la colonia Monte Albán, las casas pululan entre la pobreza y la escasez de agua. FOTO: Emilio Morales
Existe luz eléctrica, drenaje y agua potable, pero llega de vez en vez y la espera puede alargarse tanto, que Julita ya se acostumbró a “poquitear” la que almacena en un tinaco, pues los otros dos son para las otras tres familias que han formado sus hijos y que habitan en el mismo predio de 12 por 20 metros, en una ladera que a todo les hace poner escalones.
Julita llegó a vivir a esa parte alta del cerro hace 30 años, cuando había menos casas y los servicios escaseaban todavía más.
El agua la traía cargando en un tambo que llenaba en un arroyo de Santa Cruz Xoxocotlán, mientras su hijo mayor caminaba con dos cubetitas, recuerda.
Si la tubería llegó, es porque cooperaron entre vecinos, pero no alcanzó a tener sistema hidráulico; en su lavadero no hay llave, el agua se transporta en cubetas y tambos.
Ni el agua ni el dinero alcanzan para regadera. En casa de Julita, el baño se hace a jicarazos. FOTO: Emilio Morales
Tampoco hay regadera, el baño se hace en el patio y con ayuda de una jícara. Nadie piensa en calentador. El sanitario funciona con agua que vacían en cubetas después de que ésta sirvió para lavar los trastes o la ropa.
“Poquitear” el agua, es la solución que repiten por años en medio de una vida que transcurre en estiaje permanente.
