Jesús o El Chino, como sus compañeros le dicen, es un hombre de 53 años de edad, fuerte, robusto y de rostro apacible. Todas las mañanas despierta a las 4:30 am, los primeros rayos del sol los recibe ya entre cemento y arena.
"Desde chamaco le empecé, no tuvimos chance de estudiar así que 'a aprender lo que sea'; en la albañilería siempre hay algo, una chamibita leve, pero siempre hay", menciona con una sonrisa que aún no termina de dibujarse.
El hombre moreno y de pelo cano trabaja los siete días de la semana. "Mientras haya no podemos darnos el lujo de descansar", asevera.
Alvaro, Carolina, Lucía y Jesús son los nombres que pasan por su mente cada que se siente claudicar bajo las inclemencias del tiempo.
"La más grande, Carolina, ya está por terminar la carrera. Chucho y Lucía están en segundo de secundaria y mi Álvaro, pues no quiere estudiar, es necio el chamaco." dice.
Los 2 mil 500 pesos que gana a la semana son insuficientes, explica, y detalla que por las noches su esposa vende de cenas.
"Ya tenemos rato llevándola así y es la única forma de comer, por lo menos los frijoles. Siempre le he dicho a mis hijos que agradezcan lo que tienen, así sea lo más humilde, hay que agradecer que tenemos que llevarnos a la boca." aconseja.
Las manos llenas de mezcla
Sus manos están bañadas de cemento, intenta limpiarlas, pero consciente de que en un rato más volverá a laborar, renuncia a la faena.
"A veces les da vergüenza, aunque me digan que no es cierto, uno se da cuenta. Más que nada las niñas. El que su padre sea un albañil, no sé que les cause, hablan cada tarugada de nosotros, pero somos quienes chambeamos día con día, a pesar de que llueva o esté el sol así de fuerte, hay que agradecer que hay chamba.", repite.
Construirse el futuro
Y en ello coincide Joaquín, un adolescente de 18 años de edad que sale de su hogar a las 7:00 horas de lunes a sábado.
"Me pagan 300 al día, apenas estoy aprendiendo. La hago de cargador, mezclador, pues apenas hace seis meses le empecé a dar"
Realmente Joaquín no aspiraba a trabajar en la albañilería, si bien no le desagrada por que "hay ingreso seguro", sus anhelos son otros.
"En unos años, espero, quiero estudiar ingeniería. Ahorita la situación no está para que me ponga a perseguir sueños, ahorita hay que ser realistas y entrarle a lo que caiga.
Su pareja, Natalia de 17 años de edad, está embarazada, y si todo sale bien, en septiembre estarán dando la bienvenida a su primer hijo.
"Es una bendición, es cierto que estamos chavos, pero no me voy a echar para atrás ni la voy a dejar sola."
Trabajar como albañil, sostiene Joaquín, es un trabajo que debe ser admirado y respetado.
"No todos le aguantan, terminas bien madreado", dice mientras estira su playera tapizada de cemento y palpa su pantalón lleno de agujeros.
"Está padre, aprendes muchas cosas, y das mucho de ti mismo. Te demuestras que eres capaz de aguantar muchas cosas y te vuelve firme y responsable."
Aunque está aprendiendo apenas el oficio, el joven explica que lo ha observado por años.
Cae ocupación
"Mi jefe es albañil, por él conseguí la chamba. Es cierto que a veces va mal, pero son rachas, yo siempre he visto a mi papá trabajando y le sabe a todo, por él es que mi mamá tiene su casa", menciona.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), Oaxaca registra uno de los menores índices de personas que trabajan en el ramo de la construcción, pues con un 5 por ciento de su población ocupada en este rubro se posiciona en el último lugar de las 32 entidades federativas.
En un año, del 2016 al 2017, hubo un decremento del 15. 2 por ciento en cuanto a trabajadores de la construcción, pasando de 5 mil 85 a 4 mil 411.
