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Pepena, la rutina del hambre en Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

Nicolás hunde sus botas en la pila de basura. No le importa ensuciarse. De un recolector con ruedas un empleado de limpia vacía desechos de los el hombre rescata algunas hojas de lechuga. No se detiene el trajín ni el ir y venir en la Central de Abasto


La basura está a ras de piso, al lugar se le conoce como “La rampa”, ahí se vierten todos los desechos de la zona que el servicio de limpia municipal termina por llevar al tiradero de la Villa de Zaachila.


Al igual que Nicolás, dos mujeres y cuatro hombres intentan llenar sus bolsas del mandado como si eligieran mercancía de saldo en una tienda departamental.


Un joven, envejecido por el abuso de las drogas, muerde un mango que ha levantado del piso, escupe la cáscara y observa el espectáculo al que está acostumbrado.


Nada le quita la concentración a una mujer, pero sus oídos están atentos al ruido de una máquina. Ella encuentra latas y tortillas, no habla. Pepenar es el quehacer que le da el sustento cotidiano.



La rampa de la Central de Abasto, de los primeros puntos de pepena en el viaje de los desechos en la ciudad hacia el tiradero de Zaachila. FOTO: Giovanna Martínez

La indiferencia


Con una pala de metal, la máquina busca reducir la pila de basura y alimentar el carro compactador de ocho toneladas.


A nadie le importa que las personas hurguen o tomen algo de los desechos que no quieren mirar ni oler.


Con prisa, más que con pausa, Nicolás rasga una bolsa negra, encuentra perejil y cilantro, solo toma el que está en mejores condiciones. Una mujer lo hace más a prisa y llena un costal antes que la máquinale le arrebate la lechuga marchita.


A los ojos de Nicolás, con lo desechan en “La rampa” a veces ha podido comer, sobre todo mangos “u otras cosas que se pueden recuperar” de entre una mole de desperdicios.


Ayer sólo encontró lechugas y otras hortalizas que metió dentro de una bolsa de red sintética la cual, en otro momento, sirvió para transportar limones.


Esa carga es la única que pone en su diablo metálico, a la espera de clientes que le paguen por estibar sus compras en la Central de Abasto, donde las pausas le permiten buscar algo de comida porque los 200 o 300 pesos que llega a juntar no alcanzan para alimentar a tres integrantes en su familia.



Hasta 30 personas se congregan en La Rampa en algún momento del día. FOTO: Giovanna Martínez

Rafael Velasco no es diablero pero, como Nicolás, llega todos los días a “La rampa” de la Central a buscar comida.


La rutina la repite desde hace 38 años porque, a sus 67, después de abusar del alcohol y las drogas, cuando su familia “está de buenas” le acerca “un taco”, en caso contrario “recojo comida de la basura”.


Así, hay veces que ha encontrado, “pescadito o camarón”, aunque podrido o “algo pasadito”, Rafael le da “una lavada con limón y un poco de cloro” para alimentarse “en la pobreza de pepenadores”. Por momentos, en el día se llegan a sumar 20 o hasta 30 pepenadores.


“Todos los que viven en la droga, se meten aguja o lo que caiga” se alimentan de los desechos, aquello que se vea bueno” para calmar el hambre que desnuda la sobriedad, más si se acabaron el alcohol o el resistol.


Nicolás y Rafael miran acostumbrados a la escena. Cada quien se lleva algunos vegetales, pero sobre todo Rafael: “chilitos, papas y tomatitos podridos” que servirán para una botana que rescató de la basura.

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