A siete meses del sismo del 7 de septiembre del 2017, el corazón todavía duele por las pérdidas humanas y materiales, pero también por las preocupaciones en el pueblo al no contar con una vivienda, ante la carencia de recursos económicos y porque “la esperanza de la ayuda gubernamental se va diluyendo”, afirmó el administrador de la Diócesis de Tehuantepec, Lucio Santiago Santiago.
El también párroco de San Vicente Ferrer sostuvo que los acontecimientos naturales, económicos, políticos y sociales en detrimento de la vida personal y comunitaria “nos ponen tristes y estos, algunas veces, nos llevan a la desesperanza”.
“Ante esta realidad, ¿nos sentimos capaces de dar razón de nuestra esperanza? porque el terremoto afectó a 21 municipios de la región del Istmo; 32 mil casas, 674 escuelas, 19 parroquias, 88 templos y 23 casas parroquiales, más 85 decesos y miles de personas afectadas emocional y psicológicamente”, cuestionó.
Sin embargo, subrayó que en la Diócesis de Tehuantepec, Dios se ha manifestado en su favor cuando aumentan las dificultades, porque en medio de la angustia vivida en los últimos meses, recibió la solidaridad nacional e internacional en todos los aspectos.
“En la visita de las personas que vinieron a dar consuelo y ayuda a las personas afectadas; la ayuda que se tejió entre los damnificados; la apertura y caridad de las familias ante la desolación de sacerdotes y religiosas que nos quedamos sin casa parroquial; la presencia de Cáritas, descubrimos un rostro de Dios misericordioso”, añadió.
De este modo, destacó que la esperanza de quién cree en Cristo Resucitado “no es pasiva, sino es pasión, es lucha, es entrega, es responsabilidad, es caridad, es amor”.
“A nosotros al igual que a los discípulos desesperanzados y temerosos Jesús nos repite ‘no se turbe su corazón’, por eso, creer en la Resurrección de Jesús nos devuelve la confianza y nos anima a superar cualquier realidad de dolor”, anotó.
