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Indigencia, estoica supervivencia en Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Redacción

María de la Luz duerme en una casa de cartón con dos niños: uno es su hijo de 13 años y el otro es un extraño a quien su madre abandonó. María tiene 51 años y es epiléptica, la indigencia le ha orillado a pensar en el suicidio pero su pequeño es lo único que la mantiene de pie.


Son las diez y media de la mañana, la improvisada puerta de la casa de cartón localizada frente al Edificio Central de la Facultad de Derecho comienza a abrirse, de ella sale una mujer robusta con rostro iracundo. María cierra su puerta, se sienta en la jardinera y comienza a platicar.


 


Mi papá me separó de mi mamá, me dijo que nunca me iba a faltar nada, él me ha decepcionado mucho.



 


María tenía su hogar en la colonia Vicente Guerrero del municipio de Zaachila, hace dos años su padre, quien es director de una secundaria, le prometió escriturar la propiedad, pero esto nunca sucedió. Su padre la traicionó y ahora él vive allí con una mujer, mientras que María y su hijo de 13 años han tenido que sobrevivir en la miseria.


María, cabizbaja y mirando hacia la nada, platica que padece epilepsia y sus medicamentos están por terminarse, aunque tiene seguro popular por parte de su madre no ha podido renovar su póliza ni conseguir trabajo ya que hace dos meses unos policías le quitaron sus documentos y demás pertenencias cuando su hijo fue acusado de robo.


"Lo señalaron de robar 11 mil pesos y un celular, a mi me desnudaron y me madrearon cinco mujeres, salí en la tele y en el periódico. Pero eso no fue cierto, yo no tengo esa costumbre, le he dicho a mi hijo que si no hay trabajo ni dinero es preferible pedir apoyo para un taco o agua", en sus ojos brillosos se divisan las primeras lágrimas.


Su hijo estudiaba la secundaria pero no completó el dinero para la reinscripción, ahora el niño trabaja vendiendo paletas hasta el anochecer.


 



La pobreza abruma a María, quien dice que no se suicida sólo por no dejar a su hijo en el desamparo.

 


María no puede contener más el llanto.


 


¡Me entra una pinche rabia!, a veces quisiera agarrar un pinche mecate y colgarme y acabar con mi vida, pero por él no lo hago, no me atrevo porque sé que el día que él me encuentre colgada o envenenada no se la va a acabar, agarraría la tomadera o la droga.



 


Y es que María no cuenta con nadie. Sus hermanas y su medio hermano sólo la buscan para burlarse de la confianza que depositó en su padre; los desplazados que la acusaron de robo le dicen a toda la gente que su hijo es un ladrón y los inspectores municipales también se han encargado de abrumarla.


 


Los inspectores sólo quieren chingar, los que no tenemos para comer buscamos el sustento para nuestros hijos. Dios no perdona a esa gente que nos evita el taco, ellos son crueles, son malos, yo vi que uno de ellos le dio croquetas envenenadas a un perrito.



 


María ha pedido apoyo al Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia pero no lo ha obtenido, platica que quisiera un hogar para vivir o un trabajo: "yo aprendo y lo hago".


Por ahora, María pide limosna para sobrevivir, los días en los que le va mejor compra bolsas de paletas o cajetillas de cigarros y las revende.


"Anoche tenía yo hambre, no almorcé ni comí, junte 40 pesos y compre una botella de agua y un taco para mi hijo, hay que pedirle a Dios el apoyo."


María platica que anoche le robaron un cartón de su humilde casa, ese cartón lo aportó el niño que llegó a pedirle asilo, el cual - comenta - su mamá lo dejó en la calle y ahora duerme a su costado.


Ya es tarde, María vuelve a secarse las lágrimas y dirige la vista al lugar donde duermen los niños, entonces dice:


"Antes de que se levanten quiero ir a bañarme y comprar algo para almorzar... si es que me alcanza."


 



Los indigentes le apuestan a la suerte entre la basura y a la caridad para sobrevivir.

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