Por las venas del Cerro del Fortín no corrió agua, sino puro folclor. Cuando las chirimías soltaron su silbido nostálgico a las cinco de la tarde, las más de 11 mil almas congregadas en la Rotonda de la Azucena sabían que no estaban asistiendo a un simple espectáculo: presenciaban la trama viva de un estado que baila para existir.
La Octava del Lunes del Cerro no fue solo el cierre de la fiesta más grande de América Latina; fue un terremoto de color donde 15 delegaciones de las ocho regiones demostraron que en Oaxaca la hermandad es una moneda que se paga con baile, mezcal y sonrisas.
Un aguacero de generosidad
Desde la Cañada hasta la Costa, el escenario se transformó en un mercado de afectos. Mientras Ejutla encendía las palmas con su Jarabe y Tuxtepec desplegaba la sincronía perfecta de sus huipiles en Flor de Piña, del aire llovían los tesoros de la tierra: piñas maduras, pan de yema, bolsas de café, sombreros de palma y curtidos volaban hacia el público como una bendición. pagana.
Hubo momentos que erizaron la piel. Tras casi cuatro décadas de silencio en este recinto, San Juan Bautista Cuicatlán regresó para reclamar su historia con la Tortolita Cantadora, desatando un aplauso que guardó memoria. De pronto, el estruendo de Tlaxiaco retumbó hasta el centro histórico con un triple grito ensordecedor, mientras los plumeros monumentales de Teotitlán del Valle dibujaban en el aire el choque de dos mundos al ritmo de la Danza de la Pluma.
Entre la multitud, con el pulso latiendo al ritmo del tambor, la Diosa Centéotl 2026, Enid Azucena Torres, y los miles de asistentes atestiguaban el derroche cultural, junto a invitados internacionales y autoridades de todos los niveles. Todos sumergidos en el mismo gozo, sin distinciones.
El fogonazo final
Al caer la noche sobre la Verde Antequera, las Chinas Oaxaqueñas irrumpieron con sus canastas florales, faroles deslumbrantes y la elegancia que solo el Jarabe del Valle sabe convocar. Fue el preámbulo del clímax.
De pronto, el cielo nocturno estalló. Un espectáculo piromusical envolvió la cumbre del Fortín en una lluvia de fuego multicolor. Los fuegos artificiales bailaron al compás de la música mientras todas las delegaciones, unidas en una sola marea de huipiles, listones y sombreros, tomaron el escenario para bailar juntos por última vez en el año.
No hubo lágrimas, solo el rugido unánime de miles de gargantas que gritaban a rabiar: ¡Viva la Guelaguetza!
Oaxaca volvió a demostrar por qué es el corazón cultural de México. La edición 94 se apagó en el firmamento, pero el eco de los sones ya empezó a contar los días. El fuego pirotécnico dejó una sola certeza grabada en la memoria: ¡Nos vemos en el 2027!
