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La otra Guelaguetza

Cartón del ilustrador Mario Robles que representa una visión crítica y satírica de la festividad de la Guelaguetza, abordando una perspectiva alternativa.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Mientras los reflectores iluminan el Cerro del Fortín, las delegaciones hacen vibrar el Auditorio Guelaguetza y miles de turistas llenan hoteles, restaurantes y calles del Centro Histórico, existe una realidad que pocas veces aparece en los discursos oficiales: la otra cara de la Guelaguetza.

La máxima fiesta de los oaxaqueños sigue siendo un orgullo cultural y una poderosa vitrina para el estado. Nadie puede negar su importancia económica, turística y simbólica. Sin embargo, detrás de los bailes, los trajes regionales y las postales perfectas, también se acumulan problemas que cada año parecen repetirse.

Las aglomeraciones se convierten en el escenario ideal para los carteristas. Basta caminar por el Andador Turístico, el Zócalo o los accesos al Auditorio para escuchar historias de celulares desaparecidos, bolsas abiertas y turistas que terminan sus vacaciones haciendo filas para levantar una denuncia. Muchos de esos casos ni siquiera llegan a las estadísticas.

A ello se suman los abusos de algunos prestadores de servicios. Tarifas infladas, cobros excesivos y productos con precios que parecen multiplicarse por el simple hecho de que es temporada de Guelaguetza. La derrama económica beneficia a miles de familias, pero también abre la puerta a quienes buscan aprovecharse del visitante.

El caos vial tampoco es un asunto menor. Cierres de calles, congestionamientos y problemas de movilidad forman parte de la rutina durante estos días. Para quienes viven en la ciudad, trasladarse de un punto a otro puede convertirse en una prueba de paciencia.

Y luego están las protestas. Oaxaca es una entidad donde la manifestación social forma parte de su vida política. Cada julio, sindicatos, organizaciones y colectivos encuentran en la Guelaguetza un escaparate nacional e internacional para visibilizar sus demandas. Es un derecho constitucional que debe respetarse, pero también representa un desafío para las autoridades, que deben garantizar tanto la libre expresión como la movilidad y la seguridad de residentes y visitantes.

La paradoja es evidente: mientras el gobierno promociona una imagen de fiesta, cultura y hospitalidad, en las calles conviven marchas, bloqueos, operativos policiacos y visitantes confundidos que no entienden por qué una ciudad de celebración también puede convertirse en escenario de tensión.

Eso no significa que la Guelaguetza sea un fracaso. Al contrario. Su éxito es precisamente lo que obliga a mirar más allá del espectáculo. Una fiesta de talla internacional también debe aspirar a estándares internacionales en seguridad, movilidad, información turística y atención ciudadana.

La mejor promoción para Oaxaca no será nunca un espectacular, un video promocional o una campaña en redes sociales. Será que quien nos visite regrese a casa diciendo que disfrutó la fiesta, que caminó seguro por las calles, que recibió un trato justo y que encontró una ciudad organizada.

La Guelaguetza seguirá siendo el corazón cultural de Oaxaca. Pero también debe ser la oportunidad para demostrar que el estado puede ofrecer mucho más que una extraordinaria celebración de dos lunes al año. El verdadero reto comienza cuando se apagan los fuegos artificiales y la música deja de sonar.

Porque la mejor Guelaguetza no será la que tenga más turistas o más fotografías en redes sociales, sino aquella donde la tradición, la seguridad, el respeto a los derechos y la buena organización puedan convivir en el mismo escenario.

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