Recién finalizó el Mundial de futbol 2026 cuya verdadera protagonista no fue la selección de España, a pesar de que resultara campeona del torneo, sino Argentina. A nadie sorprendió que durante el partido final y definitivo los argentinos patearan, empujaran, tiraran codazos y enseñaran los tacos a sus rivales, además de que las jugadas polémicas se resolvieran siempre a favor de los sudamericanos y, por si algo faltara, el árbitro anulara a la selección española el gol legítimo que hubiera abierto el marcador. No sorprende nada de todo esto porque fue algo que, por desgracia, ocurrió de forma reiterada a lo largo del torneo; pero lo que sí sorprendió es que apenas se dio el silbatazo final, se hicieron públicas sentidas quejas tanto de futbolistas como de hinchas argentinos en contra del arbitraje. ¡Ora resulta!
Y aquí es donde se manifiesta un fenómeno muy propio del Yo. Esta instancia psíquica toma selectivamente aquellos elementos de la realidad que fortalecen su narrativa, la cual tiene básicamente el propósito de conservar su hegemonía y evitar la contradicción. Esto, por supuesto, no es un rasgo privativo de la selección argentina, sino que es propio de cada uno de nosotros: las afrentas que nos hacen se experimentan como heridas muy vivas, incluso al paso del tiempo; mientras que minimizamos o simplemente no nos percatamos de nuestras acciones y de su impacto en los demás. Tampoco es raro que tildemos de exageraciones las quejas que otros tienen hacia nosotros o que percibamos como animadversiones personales cuando alguien nos obliga a acatar una regla; en este caso, partir de que el árbitro, —apegándose reglamento—, se vio obligado expulsar a un jugador, fue acusado por los argentinos de favorecer indebidamente a los españoles. Está por demás pedir a la hinchada o a los jugadores argentinos que caigan en cuenta de que este fenómeno les atraviesa pues, como podemos leer en “Psicología de las masas y análisis del yo”, muchos de los procesos colectivos se escapan al orden de lo racional u ocupan una racionalidad muy peculiar.
En lo particular, no soy de los que se alegra por las lágrimas de Messi o del Dibu, pero me alivia la victoria de España, porque prácticamente jugaba contra quien, durante el campeonato, fue el mayor representante del antifutbol. Sin embargo, no considero que sean los argentinos los más culpables. Gran parte de esta animadversión contra la albiceleste se la deben a la FIFA, a su descarado favoritismo y a su ineficacia como garante del reglamento futbolístico. Las jugadas polémicas fueron muchas, con todo y el VAR, cuyo uso discrecional incluso en el último partido, siempre favoreció a los sudamericanos. Finalmente los jugadores tientan los límites a los que se puede llegar y el arbitraje les permitió llegar muy lejos, como si “ablandar” a los rivales a base de patadas y coscorronesen los primeros minutos de juego —como ocurrió con Inglaterra— fuera simplemente una cuestión de su estilo de juego y no ameritara sanción alguna. En eso de tentar los límites, los niños operan igual que los futbolistas; otro fenómeno que bien valdría la pena comentar, pero eso será en otra ocasión.
