SAN PEDRO JUCHATENGO.- El 8 de octubre de 1997 la mitad de ésta población, ubicada en la Sierra Sur de Oaxaca, quedó bajo agua y lodo. El cauce desbordado del río Atoyac irrumpió en viviendas y terrenos de cultivo, arrastró ganado, muebles, ropa, todo a su paso. Fue la furia del huracán Paulina, una de las peores devastaciones en la historia del país.
Sin embargo, aquella experiencia no motivó a sus habitantes a dejar el lugar, por el contrario, la zona más afectada de éste municipio: el barrio Santa Lucía, continuó en crecimiento alentado con recursos federales y la disposición de las autoridades municipales.
“A nosotros nomas nos dijeron que el que quisiera tener su lotecito que había tramos para venir a vivir acá. Dieron el cemento, armex, tabique para que construyéramos las casas y nosotros teníamos que poner la mano de obra. Mi esposo es albañil, él construyó la casa”, explica Elia Jiménez quien llegó a vivir con el programa de reconstrucción justo tras la devastación de Paulina.
Con recursos federales se otorgó a la población un “paquete de viviendas” que estarían destinadas a la reubicación de las familias damnificadas por el huracán. Pero no sólo no hubo reubicación, la autoridad municipal promovió que más personas fueran a vivir a la zona de devastación.
La casa de Elia y su familia luce remendada. Plastas de cemento busca tapar agrietamientos y huecos hechos por la humedad desprendida de los huracanes y los sismos que han golpeado a lo largo de las dos décadas posteriores a Paulina.
En la memoria de la familia el fenómeno hidrometeorológico que impactó en octubre de 1997 no está como referente de devastación porque habitaban en la parte superior de Juchatengo, sin embargo, llegado el 2013 vivieron una de las más terribles experiencias con los huracanes Ingrid y Manuel.
Aquél 8 de octubre de 1997, el huracán Paulina hizo desbordar el río Atoyac. Con furia irrumpió en casas, arrastró ganado, cosechas y viviendas. FOTO: Emilio Morales
El rugir del río
Fue el 15 de septiembre. La lluvia se había prolongado durante dos días. El río cada vez rugía con más fuerza. Pasado el mediodía, el riesgo era evidente. “Esa vez veía que el río venía aumentando, aumentando y le dije a mi marido ¡yo qué me voy a ir! ¡Aquí me quedo! Pero cuando ya llegó al vivero, que me voy”, recuerda la mujer entre risas.
“La casa quedó hundida, se puso como una laguna. Así como ve allá mi pocito, pues completo desapareció con el agua”, agrega Bernabé, esposo de Elia.
- ¿Por qué si este lugar está considerado como de mayor riesgo, continúan viviendo en esta zona?- Bernabé no chista en responder mientras acomoda sobre su cabeza el roído sombrero de palma.
- Porque no tenemos en donde vivir, al menos yo no tengo terreno en la parte alta. Si voy a pedir me van a decir que no hay porque ya tengo un terreno.
- ¿Cómo se llega a perder el miedo a un desastre así y volver a tu vida cotidiana?
- Pues por la fe que tiene uno lo deja todo a las manos del Señor. De todos modos, a donde vaya llegará el día en que me tenga que ir y va a quedar para semilla.
-¿No tienen miedo de vivir aquí?
-Pues miedo, miedo, no. La gente que nos ve nos dice que nosotros ya nos acostumbramos a la naturaleza – responde la morena mujer.
- La gente no ha migrado por temor a los constantes desbordes del río?
- ¡No! El día que fue lo de Ingrid nosotros nada más nos fuimos allá de mi suegra, pero ya que se normalizó la cosa, regresamos a seguir con nuestra vida.
Además de las “casitas de paquete” que nacen salpicadas entre otras viviendas construidas con remesas de los migrantes, en el lugar quedó asentada una iglesia y una escuela. La autoridad realizó obras importantes de urbanización aun sabiendo que aquella es zona de alto riesgo
Enrique Díaz Carbajal, quien se desempeña en el cargo de síndico municipal, afirma que el 40 por ciento de la población es susceptible de inundarse en temporada de lluvias. Sin embargo, las autoridades municipales han continuado con la inversión en infraestructura hacia la zona de riesgo.
“Lo que nos chinga más es el río porque no tiene muro de contención, tiene muro de tierra que se ha hecho con la máquina y ahí es necesario tener un apoyo de gobierno porque no tiene caso tener el pueblo bastante chingón, pues, ¡va cambiando!, y que de un ratito a otro venga el río nos entra y se acabó todo, además de que exponemos a la gente”, señala.
El barrio Santa Lucía no sólo no se reubicó, fue creciendo. FOTO: Emilio Morales
Aquí vivo y aquí voy a morir
Berta Ramírez y Pablo Díaz Ventura son los pobladores más antiguos del barrio de Santa Lucía. Aquél 8 de octubre vieron perder parte de su patrimonio entre toneladas de lodo revueltas en el río.
“Le dije a mi hijo, ahorita se va el agua, no te preocupes. Cuando yo le dije así ya tenía yo el agua en mis pies. Agarré mi masa y me salí. Aquí ya no pasa nada, le dije, cuando vi ya estaba ahí el río. Ya no puede sacar nada”, recuerda la mujer de 72 años.
Después de la contingencia la mujer y su esposo regresaron al lugar para constatar la pérdida de parte de su patrimonio. Entre el lodazal rescataron un ropero y la vitrina las cuales aún conservan como reliquia.
En el recuento de daños, personal de gobierno hizo una lista inmensa de los objetos perdidos. “Me dijeron, señora, no se preocupe que en ocho días ya los tiene de vuelta usted. Hasta ahora no llega”, explica con cierto sentido del humor.
A pesar de las pérdidas la familia continúa viviendo en el mismo punto de desastre, que más adelante volvió a emerger en siniestro con el huracán Ingrid y Manuel en el 2013.
Berta cuelga sus enceres domésticos como medida para salvar sus pertenencias en caso de desborde de río. FOTO: Emilio Morales
“Yo ya le dije a mi esposo, yo nunca me voy a ir de aquí hasta que yo me muera. Ya no me acostumbro en otro lugar”, sentencia Berta. Frota sus manos unas contra otra y luego de las lleva a la cara para tapar la amplia sonrisa.
