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El hallazgo que rompe el instinto: abejas detectan y eligen alimento infectado

La conducta varía según edad, estación y carga viral.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Sergio Parra / Muy Interesante

Un equipo de científicos ha confirmado que las abejas melíferas pueden detectar virus en fuentes de alimento, pero no siempre los esquivan: en algunos casos, incluso los prefieren. El hallazgo, publicado en Biology Letters, cambia una idea intuitiva sobre la defensa animal: detectar un peligro no implica necesariamente huir de él.

La investigación se centró en alimentos azucarados contaminados con virus que infectan a las abejas, entre ellos el virus de las alas deformadas, conocido como DWV, una amenaza vinculada al ácaro Varroa destructor. En laboratorio y en campo, las abejas eligieron entre jarabes limpios y jarabes con virus. Y ahí apareció la sorpresa: la respuesta dependía del tipo de abeja, la estación y la carga viral. 

El instinto que no siempre salva: cuando detectar no significa evitar

En los animales sociales, oler el peligro puede ser la diferencia entre una colonia viva y una colonia enferma. Abejas, hormigas y termitas no viven como individuos aislados, sino como ciudades palpitantes donde el contacto, el alimento compartido y el cuidado de las crías convierten cualquier patógeno en una chispa capaz de recorrer el enjambre.

Hasta ahora, se sabía que las abejas podían reaccionar ante señales indirectas de enfermedad: cambios de olor, individuos enfermos o alteraciones en el entorno. Lo que no estaba claro era si podían percibir directamente la presencia de virus fuera de su cuerpo, mezclados en una fuente de alimento. El estudio de Alexandria N. Payne y sus colegas plantea precisamente esa pregunta. 

Para comprobarlo, los investigadores ofrecieron a las abejas una elección sencilla: jarabe de azúcar sin virus o jarabe contaminado con virus de abejas. Si comían lo mismo de ambos, no habría señal clara de detección. Si preferían uno, el comportamiento indicaría que algo estaban percibiendo.

Pero hay un detalle que desconcierta a los científicos: las abejas no actuaron como esperaríamos ante una amenaza invisible. En lugar de rechazar siempre el alimento contaminado, algunas lo consumieron con más interés. El sentido del riesgo, en una abeja, parece estar escrito con una gramática mucho más extraña.

3 virus, 2 escenarios y una conducta que rompe las reglas

El estudio combinó jaulas de laboratorio con observaciones en el campo, una decisión importante porque las abejas no siempre se comportan igual en condiciones controladas que en el ambiente real de una colonia. En ambos casos, el objetivo era medir una conducta básica: comer o no comer, visitar o no visitar.

Los investigadores observaron que las nodrizas y las recolectoras respondían de forma distinta. Las nodrizas, abejas jóvenes encargadas de alimentar a larvas y a la reina, evitaron algunos alimentos contaminados en verano. Sin embargo, en otoño llegaron a preferir comida contaminada con tres virus diferentes. Las recolectoras, por su parte, mostraron una preferencia constante por soluciones con alta concentración de DWV. 

La pista que puede cambiar la forma de alimentar colmenas

El hallazgo tiene implicaciones prácticas para la apicultura y la conservación de polinizadores. Si las abejas visitan fuentes de alimento contaminadas, esas fuentes podrían convertirse en puntos de transmisión entre individuos, colmenas o incluso especies que comparten flores y néctar.

Una práctica especialmente delicada es la alimentación abierta: colocar un recipiente común de jarabe para que distintas abejas puedan acceder a él. Si ese alimento se contamina, podría funcionar como una estación de intercambio viral, sobre todo si algunas recolectoras no evitan el jarabe infectado.

Los autores del estudio insisten en que este trabajo abre más preguntas de las que cierra. ¿Cómo detectan fisiológicamente los virus las abejas? ¿Qué moléculas perciben? ¿Todas las abejas tienen la misma sensibilidad? Y, sobre todo, ¿puede modificarse la gestión de colmenas para reducir el riesgo de contagio?

La respuesta podría estar en una combinación de biología sensorial, ecología de enfermedades y comportamiento social. Las abejas son diminutas, pero su vida colectiva es de una complejidad asombrosa: cada obrera toma decisiones que parecen individuales, aunque sus consecuencias pueden propagarse por toda la colonia.

El descubrimiento también recuerda algo esencial: la naturaleza no siempre premia la prudencia visible. Un alimento contaminado puede ser detectado y, aun así, elegido. Una señal de peligro puede mezclarse con una señal de recompensa. Y una abeja, suspendida sobre una gota de azúcar, puede revelar una grieta inesperada en nuestra idea de instinto.

Al final, la colmena aparece como un organismo hecho de miles de decisiones diminutas. En ese zumbido colectivo, los virus no son solo enemigos microscópicos: también son señales que las abejas leen, interpretan y, a veces, siguen hacia el riesgo.

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