Por Jesús Antonio Martínez Carrasco
Hace un par de semanas, depués de terminar nuestro seminario de formacion de psicoanalistas —por cierto, uno de los más largos que hemos tenido—, salí de él perturbado por muchas de las cosas que se estudiaron y se analizaron. Dirigirme a la casa, de unos familiares, abstraido y con las emociones a flor de piel, hizo que ese trayecto, que generalmente toma media hora, fuera casi imperceptible.
La anécdota
Para narrar este caso, por obvias razones, usaré unicamente las iniciales de sus nombres. Cuando llegué a la casa de mis familiares, encontré que mi tía, la señora M estaba preparando un rico postre, el cual he tenido la fortuna de probar anteriormente. Por su parte, en la misma cocina, el señor M estaba con el celular, quizás contestando algunos mensajes importantes. Acompañándolos estaban dos de sus hijos, ya mayores de edad, viendo alguna película en la televisión que la familia tiene arriba del refrigerador.
Después de saludar a todos le pregunté a la señora M cómo estaba. Ella me respondió que desde hace semanas tenía dolor en la planta del pie, que hoy no era la excepción e incluso le dolía más que en días anteriores. Me señaló con delicadeza la zona donde se ubicaba la molestia. Le pregunté si contaba con algún diagnóstico médico y si estaba en tratamiento. Me contestó que los doctores no se ponían de acuerdo en la valoración y le habían dicho que hiciera ciertos ejercicios de rehabilitación y que comprara calzado más suave, para inmediatamente después decirme que ni había hecho los ejercicios ni había comprado el calzado sugerido.
Con ojos de pistola
Me quedé desconcertado por lo que estaba viendo en esta escena. Fue tanto mi enfado que vi a mis familiares, allí presentes, con ojos de pistola sin que se percataran de ello o tal vez no quisieron percatarse. El señor M abstraido en el celular que sostenía con la mano izquierda mientras con la otra pasaba algunos videos que veía; los dos hijos seguían atentos a su película, mientras la señora M estaba entregada a la preparación de la comida para los susodichos.
Lo anterior me llevó a pensar un sinfín de cosas. Supuse que el señor M estaba al tanto de los malestares de su esposa, al igual que los dos hijos, situación que pude corroborar posteriormente. Entonces me pregunté, ¿qué nos permite desentendernos de lo que le pasa a ese otro ser, supuestamente querido? ¿Por qué actuar como si nada del exterior demandara nuestra atención y acción? Es evidente que los involucrados están negando un hecho que se manifiesta en todo su esplendor.
La observación de si
Transcurrieron los días, y siguió la incomodidad que me provocó lo vivido, ya que seguí analizando la actitud que adoptamos los seres humanos ante nuestros seres queridos, en este caso, cuando requieren de auxilio, observando en mi persona cuando he sido partícipe en situaciones similares. Por otro lado, hubo algo más que me inquietaba, ¿por qué la señora M seguía brindándoles servicio a esos tres hombres que no tenían consideración de su dolor y padecer?
Otras interrogantes que surgieron con fuerza, fue al respecto de la postura que debo tomar: de familiar —es obvio por qué—, del profesional del alma, de autoridad—señalando la falta a los tres hombres—. ¿Qué hacer, más aún cuando pertenezco a un instituto, el cual nace con el firme compromiso de incidir en la restructuración del tejido social? A lo que llamaré, mi intervención psicoanalítica en el ámbito familiar, se los compartiré en la siguiente nota.
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