Mientras el mundo cristiano conmemora la pasión de Cristo, en el corazón del Istmo de Tehuantepec el aire se espesa con el aroma del incienso y la nostalgia. En Juchitán de Zaragoza, los panteones no son lugares de olvido, sino escenarios de una cita pendiente en Semana Santa.
Para la comunidad zapoteca, hoy se cierra un ciclo místico que inició en Todos Santos. Si en octubre las ánimas visitaron los hogares, hoy son los vivos quienes devuelven el gesto, transformando las tumbas en coloridas salas de reencuentro.
“Venimos a visitar a la familia, les ponemos flores, cordoncillo, tulipanes, guie’ chachi... traemos alimentos para que, según dicen, coman ellos y se alimente su alma”, comparte Silvia Santiago Orozco, quien, como miles de juchitecos, acude puntual a la cita.
En el camposanto no impera el silencio sepulcral. Hay vida. Entre acordes de música regional y el sabor de los tradicionales tamales de iguana, las familias pasan el día entero bajo el intenso sol del Istmo, conviviendo con quienes se adelantaron en el camino.
A pesar del fervor, el misticismo zapoteca enfrenta el reto del relevo generacional. Los mayores observan con preocupación que la esencia de su identidad podría estarse diluyendo.
Jorge Rivera Jiménez, habitante de la comunidad, señala que en la última década la participación ha mermado. "Los adultos de quienes aprendimos ya están enterrados; nosotros aún asistimos, pero nuestros hijos ya no participan igual. Debemos platicar con ellos en casa, enseñarles que las tradiciones son lo que nos mantiene vivos", enfatiza.
La Semana Santa en Juchitán de Zaragoza, no es solo un rito religioso; es una resistencia cultural. Entre fe y respeto profundo, la comunidad dicta una lección de amor que, a pesar de los cambios sociales, se resiste a morir.
