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Vivir en armonía. Contar la historia

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Una forma muy significativa que materializa nuestros anhelos de superación, es observar los logros que fuimos acumulando en nuestra historia personal. Porque al final de nuestra vida, lo único que nos queda es nuestra propia historia y todos deseamos, como un acto final de grandeza, que nuestra historia sea leída, donde dejaremos cinceladas o plasmadas esas satisfacciones, esos resultados, esas obras, ese legado para mis hijos y para las futuras generaciones. Y claro, también dejaremos inscritos en el libro de nuestra vida, las dificultades, retos, esfuerzos, entrega, perseverancia y las estrategias de preparación permanente que pusimos en práctica.

Reitero, todos estamos deseosos, de poder contar la historia de nuestra vida. Es parte de la naturaleza humana, ese impulso o necesidad de ser reconocidos. Y que mejor manera de ser profundamente admirados y valorados, cuando contamos una gran historia. Pero ahí nace la pertinente pregunta ¿Qué historia quieres contar? ¿Una plena de admiración? ¿Una historia henchida de logros? de ¿aportaciones a la humanidad? ¿Alguien contará tu historia? O ¿cómo pretendes que sea esa historia? ¿es para ti un sueño de superación y crecimiento narrar una gran historia? Para muchos seres humanos les dará verdaderamente vergüenza el contar una historia repleta de fracasos, sin logros que comentar, sin dejar ningún legado valioso, solamente el recuerdo obscuro y negativo de su comportamiento o ¿desearías contar una historia en donde estarías orgulloso de compartirla? O ¿qué pretendes? ¿ocultarla? o ¿darla a conocer? Imaginen por un momento que historia va a contar un homicida o un secuestrador; o un padre golpeador, un violador o un gobernante ratero y corrupto.

Les cuento una gran historia: la de mi madre: El día que perdí a mi madre, me puse a reflexionar con dolor y gratitud y me quedó claro. ¡qué regalo fue su existencia! Me enseñó que entre el nacer y el morir hay un intervalo, que algunos lo aprovechan, otros lo tiran por la borda; pero ella lo aprovechó maravillosamente, por eso fue santa. y el legado que ella nos dejó fue su ejemplo, el regalo que ella nos heredó fue una existencia pletórica de valores, por eso fue santa. Aunque dentro de su modestia, mi madre no pudo registrar su historia, yo si la puedo relatar. Fue una vida o una existencia con pleno sentido, valiosa, trascendente, plena de espiritualidad, es decir, ella tuvo una historia extraordinaria. Por eso fue exitosa. Mi madre fue un ejemplo sensacional de contención de las leyes primitivas de la naturaleza humana y como consecuencia el relato de su vida es extraordinario, es decir, podemos contarla con orgullo.

Pero ¿Qué son las Leyes de la Naturaleza Humana? Son instintos primitivos, que forman parte de nuestra esencia humana y se encuentran guardadas en nuestro ADN. Son una suerte de código que regula o condiciona el comportamiento de la gente. Estas leyes primitivas o primarias, guían nuestra forma de ser, nuestra manera de actuar y son parte de nuestra intimidad, casi como secreta, desde que el hombre se encumbró como un ser social: Hace doce mil años, descubrimos la agricultura y la domesticación de los animales y a partir de ahí se crean las sociedades y entonces se tuvo que resolver de manera imperiosa la convivencia entre muchos seres y buscar la forma de impedir el ímpetu de esas leyes de la naturaleza humana. Solo señalemos algunas de estos instintos indiscutibles y presentes en todos nosotros: La irracionalidad, la agresividad, la envidia, el narcisismo, la codicia, la necesidad de poder, el complejo de inferioridad, el instinto sexual, la vanidad, el hambre, etc. Estos impulsos primitivos tiran de nosotros desde lo más profundo de nuestro ser y emergen a la superficie de nuestra piel y actuación cotidiana, convirtiéndose en conducta cotidiana con la afectación terrible a los seres que les rodean; y esto ocurre desde hace miles de años.

Conociendo lo anterior y si realmente deseo construir una historia de éxito y logros y después contarla, debo de saber que existen estas leyes, ya que si no las conocemos (como ocurre con el 90 % de los seres humanos), no tenemos la capacidad de contenerlas, de limitarlas, de acotarlas y sin ese control, deambulamos por la vida causando estragos, construyendo una pésima historia. Por ello, hay una enorme diferencia entre contar una historia de valores, una que valga la pena, que está en relación directa con nuestra riqueza ética y con verdaderos anhelos de superación personal y otra que trataran de ocultarla ante la vergüenza de que otros la conozcan por su pobreza y fragilidad moral. Muchos humanos se van de la vida sin saber siquiera si tuvieron una historia o sin saber si deberían de contarla o esconderla. Estas normas primitivas cuando son acotadas por los valores universales pavimentan el camino a la grandeza, de suerte, que estos principios filosóficos son los límites, las guías inmutables y que existen, precisamente, desde que el hombre se vio en la necesidad de acotar esos instintos. 

Cuando alguien fallece, y su historia fue admirable, sus huesos, su cuerpo, sus cenizas, no son restos, son semillas que darán maravillosos frutos para su descendencia, o, por el contrario, las malas historias no fructificarán y serán borradas por el polvo del tiempo, por los vientos del olvido, mientras ya causaron daños irreparables. Si conoces estas leyes, te convertirás en un conocedor de las personas, podrás interpretar mejor la conducta de los otros, pero lo más importante, conseguirás conocerte a ti mismo y así tendrás la posibilidad de contar una gran historia. Porque sin duda alguna, el cierre existencial, el mayor legado que dejaremos finalmente, es contar una historia inolvidable y maravillosa: tu propia historia. De ti depende.

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