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La Ciudad en el Callejón de la Coacción

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

Tras la jornada de parálisis que sufrió ayer, durante unas horas, la ciudad de Oaxaca, el despertar de hoy se siente como una tregua frágil en una guerra de posiciones que parece no tener fin. Lo ocurrido el martes en varios cruceros estratégicos no fue solo un problema de tránsito; fue la manifestación física de un contrato social que se desmorona. Sin embargo, ver este conflicto únicamente como una falta de "mano dura" es ignorar las raíces de nuestra crisis. El verdadero problema no es la ausencia de fuerza, sino la erosión de la legitimidad política.

Weber y el Espectro de la Legitimidad

Max Weber definía al Estado por su aspiración al monopolio de la violencia física legítima. Pero en el contexto oaxaqueño, la palabra clave ha dejado de ser "violencia" para convertirse en un vacío de "legitimidad". El Estado moderno se sostiene sobre la premisa de que los ciudadanos cedemos el ordenamiento de la vida pública a cambio de justicia y garantías.

Cuando el Estado permite que el bloqueo se convierta en la única "ventanilla de atención" funcional, admite una derrota institucional silenciosa. La solución, sin embargo, no es el choque físico por el choque mismo. El desafío para el gobierno, tras los eventos de ayer, no es "ejercer la fuerza" como un acto de autoridad ciega, sino recuperar la autoridad moral. Un Estado que solo sabe dialogar bajo presión, o que solo contempla el desalojo como respuesta, es un Estado que ha perdido su brújula. La paz pública no nace del "garrote", sino del respeto a un árbitro que no necesita gritar para ser escuchado.

Althusser y los Sujetos de la Necesidad

Por otro lado, la visión de Louis Althusser nos invita a mirar con ojos críticos a quienes ayer sostenían las cuerdas en el asfalto. Althusser explicaba cómo los Aparatos Ideológicos del Estado (y las organizaciones que mimetizan su estructura) interpelan a los individuos para convertirlos en sujetos de una causa.

En Oaxaca, se ha institucionalizado una "cultura de la movilización" que a menudo instrumentaliza la precariedad. Muchos de los ciudadanos que ayer detuvieron la ciudad no son actores aislados buscando el caos, sino piezas de un sistema que les ha enseñado que la única forma de existir ante el presupuesto público es mediante la interrupción de la vida del otro. El Estado, al fallar en ofrecer canales institucionales transparentes y ciudadanos, empuja a los grupos a actuar en la periferia de la ley para obtener respuestas básicas. Es un ciclo de control donde la necesidad económica se convierte en combustible político.

Hacia una Salida de Fondo

Lo vivido ayer pone en evidencia una pinza asfixiante: una forma de protesta que, al volverse sistemática y afectar derechos humanos básicos —como la movilidad, la salud y el trabajo—, pierde su esencia transformadora; y un Estado que oscila entre la omisión negligente y la incapacidad de gestión profunda.

El reto para Oaxaca no es simplemente limpiar las calles de escombros, sino reconstruir un espacio público donde el derecho a la protesta no signifique la anulación del prójimo. La verdadera paz pública no se decreta desde un escritorio ni se impone con escudos; se construye garantizando que el derecho de unos no sea el calvario de todos. Mientras la política no recupere su capacidad de mediación real, seguiremos atrapados en el asfalto, esperando la próxima interrupción de nuestra normalidad.

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