Por Lubia Esperanza Amador
Para concluir la semblanza del Padre Facundo Cruz Sánchez, abordaremos el lado más personal de su vocación y su servicio sacerdotal:
Dice que el principal apoyo en su formación fueron el Pbro. Lucio Godoy Maidana, SVD, así como toda la Comunidad SVD. Tiene una devoción especial por el Santísimo Sacramento, por la Virgen del Pilar y los Beatos Mártires de Cajonos: Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles.
La experiencia más conmovedora durante su sacerdocio ha sido encontrarse con los indígenas del Estado de Oaxaca; pues piensa que son una realidad que desconoce la Iglesia, que muchas veces hace menos a los indígenas. Su reto más grande como Sacerdote ha sido la falta de participación y la secularización, pues cada vez cuesta más trabajo que la gente se comprometa: Menos jóvenes en la Iglesia, indiferencia religiosa, cultura digital que compite con la vida de fe; esto puede hacer sentir que el esfuerzo no “rinde frutos”. También es un reto el acompañar realidades difíciles, pues les toca caminar con personas en duelo, familias rotas, violencia, adicciones, pobreza; y escuchar tanto dolor también cansa el alma.
El Padre Facundo desea dejar un legado en sus fieles: que conozcan a Jesucristo, el Salvador. El mejor legado es ayudar a que la gente conozca más a Dios, ame la Eucaristía y confíe en la oración; eso es lo que más lo ha inspirado para escribir dos libros de Horas Santas. Considera que, si un sacerdote logra que su comunidad rece más, espere más y ame más, deja una huella que no se borra. Y es que muchos quizá no recordarán cada homilía, pero sí recordarán que el Padre que los escuchó en un momento difícil, que los acompañó en un duelo, que los animó cuando estaban caídos; anhela que la gente pueda decir: “En la Iglesia encontré un corazón que me comprendió”.
A las nuevas generaciones de sacerdotes les sugiere que tengan un encuentro personal con Jesucristo, que cuiden su relación personal con Dios, para que antes de “hacer cosas de Dios”, sean “amigos de Dios”. También les exhorta a que sean cercanos, no distantes; pues la gente no necesita “funcionarios de lo sagrado”, sino pastores con olor a oveja: que aprendan nombres, escuchen sin juzgar, acompañen procesos, no solo eventos. Que nunca dejen de formarse, pues el mundo cambia rápido; así que lean, estudien, aprendan a comunicarse con jóvenes; un sacerdote que se forma sirve mejor. También les pide que cuiden su humanidad, que duerman, coman bien, rían, hagan ejercicio, tengan hobbies sanos; pues todo eso no les quita santidad, sino que los hace un sacerdote más humano y cercano. Y les conmina a construir personas, no solo estructuras; las obras pasan, las personas permanecen; les exhorta a invertir tiempo en formar líderes, servidores, comunidades vivas. A ser sacerdotes con corazón encendido, con los pies en la Tierra y la mirada en Dios; pues la Iglesia necesita pastores santos, sí, pero también alegres, cercanos y humanos.
A los fieles les invita a que todos busquemos a Jesús, nuestro Salvador, por él llegaremos al Padre celestial y a gozar de la vida eterna. También agradece por caminar con él, por su paciencia cuando se equivoca, por su cercanía cuando se cansa, y por su fe que lo sostiene cuando la suya flaquea. A los fieles de su comunidad no los considera “la parroquia”, sino “su familia”. En cada Bautismo, en cada funeral, en cada Confesión, ha visto a Dios actuar en sus vidas, y eso le recuerda por qué valió la pena decir “sí”.
Nos pide que no dejemos de orar por él y por todos los sacerdotes, pues son humanos y necesitan nuestra oración y cariño. Por su parte, él renueva su deseo de servirles con un corazón sencillo, cercano y alegre. Le pide al Señor que nos mantenga unidos y que esta comunidad siga siendo casa, escuela de fe y lugar de esperanza. ¡Que así sea!
