Por Gerardo Garfias Ruiz / Colaborador
He escrito en colaboraciones anteriores sobre la práctica que los funcionarios de gobierno en especial los que deberían estar a cargo de la política interna, de la gobernabilidad y la interlocución cotidiana con la población, que los obliga a declarar reiteradamente que todo está muy bien y ahora en estos terribles tiempos con el síndrome de Layín a que cualquier situación grave o de mayores dimensiones en sus consecuencias negativas solo son “poquitas” o que a pesar de muertos, violencia y enfrentamientos son “menores o pequeñas”. Pareciera que además de los eslóganes del grupo en el poder que repiten hasta el hartazgo, les dan y le exigen aplicar una suerte de catecismo en que “van a investigar, no tienen datos en el momento, es causa de los neo liberales, de la derecha” y sobre todo que todos los males habidos y por haber se deben a los gobernantes anteriores en los que uno de ellos y su delincuente favorito son los paganos diarios.
En el ámbito federal se habían pasado negando el infausto informe de los diferentes órganos de seguridad de los Estados Unidos de Norteamérica que aseguran en los últimos cinco años que el crimen organizado predomina en más del 30% del territorio mexicano determinando el clima de inseguridad, los asesinatos, el ajuste de cuentas, el cobro de piso, los secuestros, el control de la migración y determinantemente la definición y el contubernio de las autoridades locales en que imponen candidatos, financian campañas y ubican a sus personeros en todas las áreas de gobierno sobre todo en las de seguridad de tal manera que las policías son sus empleados prestos y decididos a proteger sus crímenes y sus intereses por sobre toda la población.
Para la población local de las regiones del Istmo, de la Costa, de la Cuenca y de los Valles Centrales y sobre todo para los diferentes órdenes de gobierno, es sabido que el crimen organizado por medio de los cárteles de mayor incidencia nacional han ido apoderándose de sus territorios con la omisión, complacencia y asociación de los gobernantes en turno de tal manera que como otras atrocidades que se padecen, se han normalizado y son parte del anecdotario diario los crímenes, ajustes de cuenta y negocios de todo tipo que se cometen cotidianamente en esas regiones cada vez con mayor incidencia y consecuencias lamentables. Para el caso de la Costa y de la Cuenca las autoridades se dan vuelo echando la culpa al efecto “cucaracha” que de Guerrero y Veracruz respectivamente arguyen llegan a territorio oaxaqueño que en sus dichos es inmaculado y no se presta a los ilícitos tan característicos de la maña y toda su población es dibujada como buena y sin mácula.
La región del istmo desde los setenta del siglo pasado se volvió botín del crimen con el tráfico de migrantes y el cada vez más creciente de estupefacientes siendo el canal de tránsito terrestre, marítimo y aéreo de la droga venida de Centro y Sudamérica hacia los grandes traficantes y consumidores del imperio del norte para en los últimos años sentar sus reales de manera definitiva cooptando buena parte de la economía regional con la producción de mango, melón y limón que ubica a Oaxaca entre los primeros lugares a nivel nacional, los sindicatos de la construcción que con el espejismo del interoceánico han traído fuertes derramas temporales de millones de pesos así como el menú de delitos conocidos de los que son creadores y beneficiarios. A pesar de la práctica descrita de tratar de negar y ocultar estos hechos por los gobernantes en turno, con las consecuencias iniciales porque pensar que serán las únicas es ilusorio, por la captura y muerte de uno de los lideres más importantes del crimen organizado, quedó más que demostrado que en más de 20 entidades del país y para desgracia nuestra Oaxaca entre ellas, la maña no solo está presente sino tiene un papel de predominio y de realizar actos terroristas que nadie con un mínimo de razón pude negarlo y aun así el que debe ser el responsable de aplicar la ley en esta materia cumplió a pie juntillas el manual de dispensa y omisión al declarar que solo eran pequeñas células locales las responsables de la quema de vehículos, los bloqueos, ráfagas de armas grueso calibre y para que no quedara duda los últimos acontecimientos en una de las poblaciones emblemáticas de ser cobijo y nido de estos grupos, la balacera desatada en que fueron capturados al menos dos participantes entre los que sobresalen una empleada de una de las secretarías fundamentales del gobierno actual.
Desde las ahora tristes y desdibujadas conferencias llamadas mañaneras se insiste machaconamente que “todo ya volvió a la normalidad” que me recuerda a un delegado federal que prometió al término del huracán Isidore que se comprometía solemnemente a dejar las carreteras como estaban a lo que le gritaron los munícipes: ¡No, que las arregle!
