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No son therians, es pup play: adultos que eligen ser cachorros

Miembros de la comunidad pup play, adultos que asumen el rol de cachorros, utilizan máscaras y collares como parte de su identidad.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

En un departamento discreto del Centro Histórico de Oaxaca de Juárez, un grupo de adultos deja los celulares en una mesa de madera, se ajusta rodilleras y collares, y cambia su nombre legal por otro más breve: Milo, Dante, Rocky. Afuera suenan los cláxones y la marimba callejera; adentro, alguien ladra suavemente y otro responde moviendo la cabeza, como si agitara una cola invisible.

No es una escena teatral ni una provocación urbana. Es pup play, una práctica vinculada a la cultura BDSM —siglas en inglés de Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo— que agrupa dinámicas eróticas y relacionales basadas en el consentimiento, la negociación y el cuidado entre adultos.

“El pup play no se trata de animales reales. Es un juego de roles entre personas que acuerdan límites claros”, explica Marco, quien asume el rol de handler, es decir, cuidador. En esta subcultura, las llamadas pup personas —o pupsonas— adoptan una identidad canina simbólica para explorar rasgos como la lealtad, la obediencia, la energía lúdica o incluso el liderazgo.

La manada y sus reglas

Dentro de la dinámica existen roles definidos. El pup (cachorro) suele ser juguetón y, en muchos casos, submisivo. El handler guía, cuida y establece estructura. En grupos o “manadas” aparecen figuras como el alpha, que lidera; el beta, que equilibra; y el omega, generalmente más pasivo y enfocado en el servicio o el juego.

“El pupspace es desconectarte del estrés”, dice Dante, de 29 años. “Dejas de ser empleado, estudiante, hijo. Solo eres cachorro. Juegas, obedeces, te mueves por instinto. Es liberador”.

Las máscaras de neopreno —con hocico y orejas—, los arneses y collares no son solo accesorios. Funcionan como herramientas para entrar en ese estado mental. Varios participantes describen la experiencia como terapéutica, especialmente en temas de ansiedad e imagen corporal. “La máscara me da seguridad. Me permite existir sin sentir que me están juzgando”, comenta otro asistente.

De San Francisco a México

El pup play moderno tiene raíces en comunidades leather y BDSM de Estados Unidos, particularmente en ciudades como San Francisco durante los años ochenta y noventa. Con el tiempo, la práctica se expandió a Europa y América Latina, transformándose en una expresión identitaria que no siempre está ligada a lo sexual.

En Ciudad de México existen colectivos organizados que realizan encuentros privados, talleres y presencia en marchas del orgullo. En Oaxaca, la comunidad es más discreta, pero comienza a tomar forma.

Activistas consultados señalan que no hay aún agrupaciones formalmente constituidas dedicadas exclusivamente al pup play en el estado; sin embargo, dentro de la comunidad LGBTQ+ local ya circulan etiquetas en redes sociales y aplicaciones de ligue para conectar a pups y handlers. Algunos encuentros se realizan en espacios privados, bajo acuerdos estrictos de confidencialidad.

Más allá del morbo

Quienes participan insisten en una aclaración constante: no es zoofilia. No involucra animales. No es una práctica ilegal cuando se da entre adultos que consienten. “Lo más importante es el consentimiento y la comunicación”, subraya Marco. “Antes de cualquier juego, se establecen límites y palabras de seguridad”.

Aunque nació en entornos predominantemente gay y masculinos, hoy el pup play incluye a personas de distintas orientaciones sexuales e identidades de género. Para muchos, más que un fetiche, es una vía de pertenencia.

En una ciudad como Oaxaca, donde tradición y modernidad conviven en tensión permanente, estas expresiones siguen moviéndose en los márgenes. Pero existen. Y crecen.

Cuando termina la reunión, las máscaras vuelven a las mochilas negras. Los collares desaparecen bajo camisas de lino. Los nombres caninos se guardan hasta el próximo encuentro. Afuera, la noche oaxaqueña sigue su ritmo habitual.

Adentro, por unas horas, alguien pudo dejar el peso del mundo adulto para convertirse en algo más simple: un cachorro entre su manada.

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