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"Fursonas" habitan en Oaxaca: subcultura en crecimiento

Miembros de la creciente subcultura furry en Oaxaca, conocidos como furros, vistiendo sus disfraces de animales o 'fursonas' en un espacio público.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

En Oaxaca, las calles ya están acostumbradas a ver de todo: skaters en el Llano, otakus en las plazas, bikers rodando de noche y hasta cosplayers tomándose fotos. Pero en los últimos meses, una subcultura se volvió especialmente viral en redes sociales y empezó a llamar la atención de curiosos y transeúntes: los llamados furros, también conocidos como furries, una comunidad que mezcla creatividad, identidad y convivencia a través de personajes animales con rasgos humanos.

De pronto, en videos de TikTok y publicaciones de Facebook comenzaron a circular imágenes de jóvenes con orejas, colas, máscaras de lobo o zorro y hasta trajes completos, caminando en grupo por centros comerciales o reuniéndose en espacios públicos. Algunos los miran con sorpresa, otros con burla, pero muchos más con una pregunta simple: ¿quiénes son y por qué están aquí? “La gente cree que es solo ponerse un disfraz, pero es más un tema de comunidad”, cuenta un integrante local que participa en reuniones en la capital.

De caricaturas a fenómeno global

Aunque hoy parezca un fenómeno reciente por su auge en redes sociales, el origen del fandom furry se remonta a los años 80 en Estados Unidos, cuando en convenciones de ciencia ficción y cómics surgió un interés particular por los animales antropomórficos: personajes con apariencia animal, pero que actúan como humanos, hablan, visten ropa y viven historias complejas. Sus raíces culturales se alimentaron de caricaturas clásicas, películas animadas y cómics underground, donde zorros, lobos y felinos eran protagonistas con personalidad.

Con el internet, el fandom se expandió de forma explosiva: primero en foros, luego en redes sociales y plataformas de arte digital. Lo que empezó como un gusto por personajes animados terminó convirtiéndose en una comunidad global de ilustradores, escritores, músicos y personas que encontraron ahí una forma de expresión personal. “Es un lugar donde puedes crear tu propio personaje y sentirte libre”, explican participantes en distintas partes del mundo.

La fursona: el “yo” alterno

En el centro de esta subcultura está la fursona, una especie de avatar animal diseñado por cada integrante. No es solo un dibujo: para muchos representa su identidad creativa dentro del fandom. La fursona tiene nombre, personalidad, colores, historia e incluso estilo de ropa. Algunos la usan para hacer arte, otros para escribir historias, y otros para interpretar roles en dinámicas grupales.

“Mi fursona es un lobo porque me identifico con la idea de ser independiente”, relata un joven que participa en encuentros. “No es que yo crea que soy un animal, es un personaje que me representa”, aclara, como respuesta a uno de los prejuicios más comunes.

El traje que lo cambió todo: fursuits y su costo

Uno de los elementos más llamativos —y que más ha alimentado la viralidad— son los fursuits, los trajes completos que transforman a una persona en su personaje animal. Sin embargo, dentro del fandom no es obligatorio tener uno. Muchos participan únicamente compartiendo ilustraciones, haciendo cosplay parcial o conviviendo en eventos.

El costo, eso sí, puede ser enorme. Accesorios simples como orejas o colas pueden encontrarse desde unos cientos de pesos, mientras que una cabeza o piezas parciales pueden rondar entre 2 mil y 10 mil pesos. Los trajes profesionales, elaborados a mano como obras de arte personalizadas, pueden superar los 100 mil pesos. “Es como comprar un auto usado, literal”, dice uno de los asistentes, medio en broma, medio en serio.

México: una escena fuerte y en crecimiento

En México, la comunidad furry se ha convertido en una de las más activas de habla hispana. Convenciones como Confuror en Guadalajara reúnen a miles de asistentes cada año, con concursos de baile, venta de arte, charlas, música y actividades temáticas. En la Ciudad de México también se organizan eventos, exposiciones y reuniones donde participan artistas de todo el país.

No se trata solo de “reunirse disfrazados”: el fandom se mueve como un mercado cultural que genera economía creativa, desde ilustradores que viven de comisiones, hasta fabricantes de trajes y accesorios.

Oaxaca: una comunidad pequeña, pero visible

Y aunque Oaxaca no es una ciudad enorme, la escena también existe. En la capital, integrantes señalan que el grupo más conocido es OaxaFurs, que organiza reuniones, convivios y salidas colectivas conocidas como furmeets. En ocasiones se les ha visto en espacios públicos.

“Nos reunimos para convivir, tomar fotos, hacer amigos y compartir intereses”, explica un joven participante. En estos encuentros algunos van con fursuits completos, otros solo con accesorios y muchos simplemente llegan vestidos normal. Pero la dinámica se repite: risas, selfies, saludos y un ambiente que parece una mezcla de cosplay, convivencia juvenil y festival improvisado.

Entre el prejuicio y la curiosidad

Como toda subcultura visible, la comunidad furry no está exenta de estigmas. En redes sociales abundan los comentarios burlones, los memes y la desinformación. Pero en la calle, el fenómeno suele dividirse entre quienes se ríen y quienes se acercan a pedir una foto. “A veces nos gritan cosas, pero también hay niños que se emocionan y quieren saludarnos”, cuenta otro integrante.

En un estado donde la tradición cultural es fuerte y la identidad comunitaria se expresa de mil formas —desde carnavales hasta calendas—, los furros parecen encajar como un nuevo tipo de tribu urbana: moderna, digital, creativa y cada vez más difícil de ignorar.

Al final, mientras Oaxaca sigue transformándose con nuevas generaciones, la pregunta ya no es si existen furros en la ciudad, sino cuántos más aparecerán en la próxima reunión. Porque aunque para algunos sea raro, para otros es simple: un espacio para pertenecer.

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