En la era de TikTok, donde cualquier tendencia puede convertirse en un fenómeno global en cuestión de horas, una palabra comenzó a repetirse en comentarios, memes y videos grabados en parques, plazas y escuelas: therians. Para algunos, es una moda extraña; para otros, una identidad que lleva años existiendo, aunque apenas ahora está explotando en la conversación pública. Se trata de personas que aseguran sentir una identificación profunda —psicológica, emocional o incluso espiritual— con un animal no humano, al que llaman “teriotipo”. No dicen “me gusta tal animal”, sino algo más radical: “yo soy eso, por dentro”.
El término proviene del griego thērion, que significa “bestia” o “animal salvaje”, y su uso comenzó a consolidarse en internet a finales de los años 90 y principios de los 2000, cuando foros especializados reunieron a jóvenes que compartían la sensación de no encajar con la idea tradicional de humanidad. En esos espacios, la identidad therian se fue construyendo como una subcultura, con códigos propios, lenguaje, símbolos y rituales. “No es un juego ni una actuación”, repiten con insistencia en redes sociales quienes se asumen como therians. Una frase se volvió común en publicaciones virales: “No elegí ser therian, simplemente lo soy”.
¿Moda, búsqueda de identidad o algo más?
Pero fuera de internet, la escena toma un giro urbano. En varias ciudades de América Latina y Europa, se han documentado encuentros en plazas públicas donde adolescentes y jóvenes aparecen usando máscaras de animales, orejas, colas y guantes, algunos con rodilleras y protección en muñecas. En grupos, se mueven en cuatro patas, corren, saltan y hacen acrobacias. La práctica tiene nombre: Quadrobics (o cuadróbica), una especie de disciplina física que imita el movimiento animal. No se trata de cosplay, aseguran quienes participan. “Esto no es disfraz, es expresión”, se lee en mensajes difundidos en comunidades digitales. La mayoría de quienes lo practican se graban, editan el video y lo suben con música épica o melancólica, como si se tratara de un acto de liberación personal.
Del asombro al bullying
Sin embargo, lo que para algunos es identidad, para otros se volvió motivo de burla. En calles y escuelas, el fenómeno se ha encontrado con una respuesta brutal: el bullying. “Me dicen que soy un loco, pero no entienden”, expresa una usuaria en un video que acumuló miles de comentarios. En otro, un joven explica: “No estoy diciendo que mi cuerpo sea de animal, solo que mi mente y mi alma se identifican así”. Esa aclaración parece clave, porque ahí nace la línea divisoria entre la subcultura therian y el diagnóstico clínico.
¿Es un trastorno?
En psicología, la mayoría de especialistas no lo catalogan automáticamente como un trastorno. Algunas interpretaciones lo ubican como un fenómeno de construcción de identidad, pertenencia y comunidad, particularmente fuerte en la adolescencia. La pregunta que se repite en espacios académicos no es si “está bien o mal”, sino si esta identificación genera sufrimiento o afecta la vida cotidiana. La alerta surge cuando la identidad se convierte en un refugio extremo: aislamiento social, tristeza profunda o deterioro de la autoestima. En ese punto, muchos psicólogos sugieren atención profesional, no para “curar” la identidad, sino para atender el malestar emocional que puede acompañarla.
El debate se vuelve más delicado cuando aparece el término licantropía clínica, un fenómeno raro estudiado en psiquiatría, donde una persona realmente cree haberse transformado físicamente en un animal, como síntoma asociado a trastornos severos como psicosis o esquizofrenia. La mayoría de los therians se deslinda de ese concepto. “Sabemos que somos humanos”, dicen, insistiendo en que su identidad no contradice su biología. En foros y comunidades se repite otra frase textual: “No es delirante, es interno”.
¿Van al veterinario o al médico?
Pero el mundo digital no perdona matices. En febrero de 2026, la polémica explotó cuando se volvió viral un caso en San Luis, Argentina, donde un hombre acudió a una clínica veterinaria solicitando atención médica. Según el reporte que circuló en medios y redes, el sujeto afirmaba tener síntomas de moquillo —una enfermedad viral exclusiva de caninos— y exigía ser tratado “como un perro”. La veterinaria se negó. El argumento fue directo y legal: su matrícula profesional solo la habilita para tratar animales no humanos, por lo que atender a una persona sería ejercicio ilegal de la medicina. La escena se convirtió en gasolina para el debate público y fue replicada con indignación, sátira y morbo.
El Colegio de Veterinarios de San Luis respaldó a la profesional y lanzó una advertencia: varios veterinarios han sido presionados por personas que graban las consultas para después publicarlas en redes sociales. “Se están usando las clínicas como escenario para viralizar contenido”, habría sido el mensaje que se difundió desde el sector profesional. Para algunos, el caso fue una anécdota aislada; para otros, una señal de que el fenómeno ya rebasó lo privado y se instaló en la esfera pública.
La reacción en redes fue predecible y cruel. Se multiplicaron comentarios con tono burlón: “Si se autoperciben animales, entonces que los vacunen contra la rabia”, “que los castren”, “que los atienda un veterinario y no un médico”. La sátira se mezcló con discursos de odio. Pero incluso dentro de la propia comunidad therian, esa idea fue rechazada como una caricatura. “No somos ignorantes”, explican varios. Su identidad, dicen, no significa renunciar a la medicina humana ni creer que pueden contraer enfermedades exclusivas de perros o gatos. “No es literal”, repiten.
Más allá del debate cultural, el caso encendió alertas reales: los medicamentos veterinarios tienen dosificaciones y componentes que pueden ser peligrosos o incluso mortales en humanos. Además, el autodiagnóstico con enfermedades animales puede retrasar la atención médica de padecimientos reales como neumonía, influenza o infecciones respiratorias. Es decir: lo viral puede terminar en tragedia.
Quadrobics: el cuerpo llevado al límite
En el terreno físico, la práctica de Quadrobics también ha generado preocupación. Especialistas en salud advierten que el cuerpo humano no está diseñado para desplazarse de forma constante en cuatro patas. Las lesiones más comunes incluyen daño en muñecas, cuello, rodillas y columna, además de caídas durante saltos o movimientos improvisados en espacios públicos. La estética del video puede ser atractiva, pero el impacto corporal es real. Y en ciudades donde las calles son irregulares o el pavimento está deteriorado, la práctica se vuelve aún más riesgosa.
Mitos, exageraciones y realidad
Mientras tanto, como suele ocurrir con cualquier fenómeno cultural emergente, se mezclan hechos reales con rumores absurdos. Uno de los más repetidos en los últimos años es el mito de que en escuelas se están instalando cajas de arena en baños para estudiantes que “se identifican como gatos”. La historia ha sido desmentida en distintos países, pero sigue resucitando cada vez que la discusión vuelve a explotar. Una leyenda urbana perfecta: simple, escandalosa y diseñada para generar indignación.
Lo cierto es que el fenómeno therian se mueve en una zona incómoda para la sociedad: la frontera entre identidad, expresión, salud mental y espectáculo mediático. Para quienes lo viven, es algo íntimo. Para el internet, es contenido. Y para la calle, se ha convertido en una escena que divide opiniones: unos lo ven como libertad; otros como síntoma; otros como simple provocación.
En una época donde la identidad se construye a golpe de algoritmo, el caso therian deja una pregunta abierta, más incómoda que viral: ¿hasta dónde la sociedad está dispuesta a tolerar lo diferente, y hasta dónde lo diferente está siendo usado como show para sobrevivir en el ruido digital?
