Por Rodolfo Ríos
En Oaxaca, los primeros meses del 2026 traen consigo una doble realidad sanitaria que merece atención pública: la transmisión de enfermedades prevenibles y la necesidad de mantener vivas las medidas que protegen a la comunidad. En enero, los Servicios de Salud de Oaxaca reportaron el primer contagio de dengue de la temporada en San Juan Bautista Tuxtepec, producto de las estrategias de control vectorial implementadas en años anteriores y que lograron reducciones drásticas en la incidencia de la enfermedad en 2025, tras campañas intensivas de fumigación y eliminación de criaderos del mosquito Aedes aegypti.
Esto es significativo, pues contrasta con años anteriores en los que Oaxaca acumuló miles de casos (más de 4 000 en 2024) y se vio entre los estados con mayor prevalencia de la enfermedad transmitida por vectores. Aunque las cifras actuales de 2026 son preliminares, el registro del primer caso sugiere que el riesgo no ha desaparecido y que el clima, la urbanización y los cambios en los hábitos de vida pueden reactivar los ciclos de transmisión si se descuidan las medidas preventivas básicas.
Al mismo tiempo, Oaxaca vive los efectos de una crisis más amplia: el repunte del sarampión a nivel nacional. En el país se han confirmado miles de casos desde 2025, con cifras que superan los 9,000 contagios y un número significativo de defunciones, alimentado por brechas de cobertura de vacunación y movimientos antivacunas. En Oaxaca, según datos recientes, se han confirmado al menos 11 casos de sarampión en las primeras seis semanas epidemiológicas de 2026, con otros probables en seguimiento. Aunque no se han reportado muertes en la entidad, la presencia de esta enfermedad altamente contagiosa (que había sido prácticamente erradicada) es una señal de alarma para los sistemas de salud locales.
La convivencia de estos dos retos, uno ligado a un vector y otro a la inmunización, subraya que la salud pública no es solo una cuestión de cifras aisladas, sino de políticas sostenidas y de corresponsabilidad social. El dengue nos recuerda que el ambiente y las prácticas de vida influyen en la aparición de brotes, mientras que el sarampión evidencia que incluso enfermedades prevenibles por vacunación pueden resurgir si se afloja la cobertura. En ambos casos, las cifras (aunque aún moderadas en la entidad), deben servir como catalizador para reforzar campañas de prevención, educación comunitaria y accesibilidad a servicios de salud.
Más allá de números, estos eventos nos ponen frente a una pregunta ética: ¿cómo queremos cuidar la salud de nuestras comunidades? La respuesta requiere voluntad institucional, pero también compromiso ciudadano para participar activamente en la vacunación, en la eliminación de criaderos de mosquitos y en la difusión de información basada en evidencia científica.
