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Lecturas para la vida. La jerarquía del engaño y la condena del hambre

Una mujer como símbolo de la sentencia de nacer en una sociedad machista, una herencia tallada por otras mujeres.
Foto(s): Cortesía
Redacción
  • (Caso anónimo)

Por Isabel Guzmán Ruiz

Nacer mujer fue la primera sentencia, una herencia de machismo tallada incluso por las manos de otras mujeres, como si el destino estuviera "jodido" antes del primer llanto. De ahí nació mi hambre: una voracidad por ser mirada, por ser nombrada, por existir en el amor de un padre, de una madre, de cualquiera.

Esa hambre me volvió ciega, a la primera palabra "bonita", entregué mi juventud, creí que el refugio era un hombre, pero el refugio resultó ser un campo de batalla, aguanté veinticinco años y cuatro hijos bajo el peso de los golpes y otros tipos de violencia, hasta que un día deserté del infierno para no terminar siendo un cuerpo inerte o una cifra más.

Pero el hambre no se quita con la huida.

Volví a buscar ese lugar sagrado para mí: "la mujer de casa", la que espera con la comida caliente, la que recibe al marido con un beso, la que tiene un nombre y un apellido legítimos frente al mundo, pero ese lugar ya estaba ocupado, yo solo era la periferia, la "pequeña diversión", la que ni siquiera llegaba al grado de amante.

No lograba asimilar el derrumbe de mi propia imagen: ¿cómo fue que pasé de ser "la señora de la casa" a conformarme con ser el breve intervalo en la agenda de un hombre ocupado? Siendo bonita, habitando un cuerpo que otros halagan, me encontré en un desierto de solteros, nadie disponible me cortejaba; parecía que mi destino era ser la pieza faltante en el rompecabezas de alguien que ya estaba completo en otra parte.

Aprendí entonces la cruel pedagogía de los hombres: su amor es fragmentado, tienen mujeres para el deseo, mujeres para la charla, mujeres para el beso fugaz en la oficina y mujeres para el afecto; pero reservan un trono de mentiras para "la que aman", para esa que dicen que, jamás van a dejar.

Me descubrí envidiando ese trono, me encontré deseando ser la engañada oficial con tal de no ser la abandonada, prefería el miserable cariño de las sobras a la intemperie de la soledad, era mejor ser la diversión de un hombre ocupado antes que aceptar que para el buen hombre que imagino, parezco no existir.

Hoy, a mis cincuenta y cinco inviernos, me miro al espejo y me siento en desventaja, veo que en esta dimensión después de las cinco décadas, la mirada del hombre me jubila: dejo de ser deseo para ser abuela, me da envidia su libertad para deshacer y rehacer mundos, mientras yo me quedo con mis saberes y experiencia, preguntándome por qué, si hay tantos hombres, para mí parecen extintos.

El hambre sigue ahí, y el lugar que tanto busqué, el de la mujer a la que nunca dejan, se ha vuelto mi propia celda.

 

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