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Consultorio del alma. Cuenta conmigo. El silencio de las madres: la historia no contada

Una mujer en pose reflexiva representa a una madre como guardiana de paz, simbolizando la historia no contada y el silencio de las madres.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Isabel Guzmán Ruiz / Colaboradora

Era una mañana normal, bajo el naranjo lleno de frutos de doña Leti cuando, al calor de una charla habitual, tomó aire y con la mirada perdida y una sonrisa fruncida empezaron a brotar palabras de sus labios, que, más que una historia, contaba sentimientos que erizaban la piel y que me causaron cierto miedo por percatarme de que me sentía igual que ella y que muchas mujeres en silencio…

“Para mí, el amor por mis hijos nunca fue algo bonito y me sentía culpable por ello, ya que la gente suele hacer comentarios como: “un bebé es una bendición”, “son angelitos”, y yo me preguntaba “¿por qué algo me duele y me pesa con mis hijos y con mi vida en pareja, si esa vida soñé siempre?”. Es esa ansiedad punzante de que no les falte nada, es esa tensión en el estómago que no me permite dormir sí sé que el plato está vacío o la nevera está en silencio, esa necesidad, ese mandato interno de que no exista carencia en sus vidas, pero, no sólo me refiero a la carencia económica, sino también de demostraciones de afecto y amor, lo cual me obliga al sacrificio de mi propio tiempo, el único recurso que me quedaba para progresar.

Me convertí en la única guardiana de la paz, la arquitecta de una estructura que siempre sentí al borde del colapso.

Mi energía, esa fuerza que soñé usar para estudiar, para crecer, para escalar, se consumió                                                                              en la triple jornada de la supervivencia. Cada minuto que dediqué al cuidado de mis hijos, al de mi pareja, a la casa, fue un minuto que le robé a mi futuro. Y así, me quedé anclada. Me detengo y miro cómo el horizonte de mis propias ambiciones se estrechaba hasta caber en el marco de la ventana de una casa.

Y, mientras yo me rompía en esa responsabilidad, absorbiendo toda la angustia, él —el padre de mis hijos—, experimenta una expansión silenciosa, crece en muchos aspectos de su vida y cumple sueños y metas que fingí que eran míos también para que la envidia no me carcomiera. Me sentí abandonada y devaluada.

Su abandono no fue un simple descuido, fue un acto deliberadamente egoísta. Al desentenderse de la preocupación y de la provisión constante, se despojó de ese peso que yo cargué. Su vida se simplificó. La energía que él no gastó en la crianza la redirigió hacia sí mismo: su crecimiento, sus nuevos placeres, esa ilusión barata de una libertad que no le costó nada, el avanza y yo, por cargar con el peso de la del compromiso que él ignoró, me quedo atrás.

La última batalla perdida

Y la peor parte es cuando toca exigir justicia. Pedir una pensión no es solo ir por dinero; es querer regresar el tiempo para hacer algo por mí, por mi futuro, por mi presente, es hacerle un entierro digno a mis sueños y anhelos a los que tuve que renunciar, a dejar de ser mujer para ser madre y esposa, de esas que la abuela le dijo como se debía comportar; es enfrentar de nuevo el dolor de todo lo que uno guarda y que dice con la mirada cuando ve la puesta de sol. 

Y ahí, agotada de tanto luchar por lo básico, mis pensamientos me piden tregua. Se vuelve más fácil y menos doloroso renunciar al ingreso justo y buscar un trabajo humilde (limpiando casas, haciendo pan) que entrar en ese tormento emocional y legal. Elijo el sacrificio económico porque lo percibo como un camino de paz, antes que el tormento de demandar el amor y la responsabilidad que nunca me dio.

Los años se fueron al igual que los hijos y la pareja, este último con casa, trabajo, salario y con el cuello parado al decir que les dio todo a sus hijos, que por él no les faltó nada.

Este naranjo que sembré en la calle principal, un día cuando estaba aquí parada, comiéndome una naranja, mientras veía a mis hijos jugar, es el único que se quedó, es con el que platico y el que me comparte sus frutos.

La irresponsabilidad paterna no es un evento; es una condena que se cobró el precio en mi vida entera. La maternidad, que debía ser mi nido, se ha convertido en un ancla de hierro forjado con silencio y ausencia”.

Pide informes a los teléfonos 951 178 3112 y 951 274 8812, y espera nuestras próximas actividades.  ¡Hazte escuchar por un psicoanalista del INEIP A.C.! 

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