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La muerte de nuestro padre

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Leonardo Pino

El 30 de julio de 1811, fue fusilado en la ciudad de Chihuahua, nuestro padre, don Miguel Hidalgo y Costilla después de haber encabezado el movimiento de Independencia que inició el 16 de septiembre de 1810.

Al igual que los capitanes Ignacio Allende y Juan de Aldama, Hidalgo, en ese entonces de 58 años de edad, fue capturado en Acatita de Baján, cerca de Monclova y llevado a la ciudad de Chihuahua, donde se le formó proceso judicial por parte de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas. Fue excomulgado y privado de su dignidad sacerdotal por miembros de la inquisición, quienes asentaron el arrepentimiento del patriota; sin embargo, don Miguel se confesó responsable de haber desatado la lucha por la Independencia y nunca se arrepintió de haber iniciado la lucha por la libertad de su patria.

A las nueve de la mañana del 30 de julio, doce soldados lo escoltaron hasta el corral del Real Hospital Militar. El teniente Pedro Armendáriz, quien fue el jefe del pelotón de fusilamiento, narraría los momentos finales de Hidalgo, de esta manera:

(…) acompañado de algunos sacerdotes, doce soldados armados y yo, lo condujimos al corral del mismo Hospital a un rincón donde le esperaba el espantoso banquillo; la marcha se hizo con todo silencio: no fue exhortado por ningún eclesiástico en atención a que lo iba haciendo por sí en un librito que llevaba en la derecha, y un Crucifijo en la izquierda. (…) Se sentó en el tal sitio, en el que fue atado con dos portafusiles de los molleros, y con una venda de los ojos contra el palo, teniendo el Crucifijo en ambas manos, y la cara al frente de la tropa que distaba formada dos pasos; con arreglo a lo que previne le hizo fuego la primera fila, tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra en un brazo que le quebró: el dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo, por lo que se zafó la venda de la cabeza y nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía; en tal estado hice descargar la segunda fila, que le dio toda en el vientre, estando prevenidos que le apuntasen al corazón: poco extremo hizo, solo sí se le rodaron unas lágrimas muy gruesas: aún se mantenía sin siquiera desmerecer en nada aquella hermosa vista, por lo que le hizo fuego la tercera fila que volvió a errar no sacando más fruto que haberle hecho pedazos el vientre y espalda, quizá sería porque los soldados temblaban como unos azogados; en este caso tan apretado y lastimoso, hice que dos soldados le dispararan poniendo la boca de los cañones sobre el corazón, y fue con lo que se consiguió el fin.

 Luego se sacó a la Plaza del frente del Hospital, se puso una mesa a la derecha de la entrada de la puerta principal, y sobre ella una silla en la que lo sentaron para que lo viera el público que cuasi en lo general lloraba, aunque sorbiéndose las lágrimas, después se metió adentro, le cortaron la cabeza que se saló, y el cuerpo se enterró en el campo santo”.

Los restos de Hidalgo fueron velados por los padres franciscanos esa noche, y sepultados al siguiente día en el presbiterio de la capilla de San Antonio.

Después de este acto abominable, el oficial Pedro Armendáriz se integró a la Sociedad Amigos de Hidalgo, cuyo objetivo fue fomentar el culto a la memoria del Padre de la Patria.

La cabeza de don Miguel Hidalgo fue expuesta, junto con las de Allende, Aldama y Jiménez, en jaulas de hierro en la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, como escarmiento a todos aquellos que se sumaran a la insurgencia. 

Los restos mortales de don Miguel Hidalgo, están depositados en la Columna de la Independencia de la ciudad de México. ´

 

El Libertador Simón Bolívar

Leonardo Pino

Al llegar al final de sus días, el hombre que peleó en 447 batallas, cabalgó 123 mil kilómetros, recorrió territorios 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón y el doble de Alejandro Magno; que venció al imperio más poderoso de su tiempo, conquistando la libertad para seis naciones, casi derrotado, dicen que dijo: “He arado en el mar y sembrado en el viento”

En sus últimos días, el Libertador había de evocar su amarga derrota política; recordar a su último y gran amor, Manuela Sáenz y quizás, nombrar con nostalgia a la Güera Rodríguez, la bella mexicana con quien se dice tuvo un romance fugaz. Quizás vislumbró en párrafos inconexos, la Historia de la Revolución de la Nueva España, de Fray Servando, gracias a la cual conoció la potente figura de Quetzalcóatl y la devoción a la Virgen de Guadalupe, Patrona del Ejército Insurgente.

Gabriel García Márquez lo inscribe en su tiempo postrero, cuando “casi ya no era de este mundo” y “sus ásperos rizos caribe se habían vuelto de ceniza”, “desamparado a la hora de los adioses”, en un laberinto final de traiciones y olvidos. 

El hombre, Simón José Antonio de La Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, nacido el 24 de julio de 1783, venía de tiempos gloriosos: fue el gran capitán de las campañas militares que dieron la independencia a Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. El triunfo de las armas independentistas en las batallas de Junín y de Ayacucho en el año 1824, significaron la caída del antiguo Virreinato y el fin de tres siglos de dominación colonial en América del Sur.

Bajo su conducción ideológica, se constituyeron gobiernos republicanos; se separó el Estado de la Iglesia; se abolieron la esclavitud y los títulos nobiliarios y se proclamaron las libertades democráticas.

Su proyecto estratégico – al igual que las y los patriotas latinoamericanos de todos los tiempos – fue la construcción de la Patria Grande. Ese plan se concretó en la «Gran Colombia» (1819-1830), que presidió el mismo Bolívar y llegó a englobar a Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá.

Como fruto de su pensamiento político nos legó la Carta de Jamaica, uno de los análisis más claros y casi proféticos de la historia americana, donde vierte agudas reflexiones sobre cada una de las nacientes repúblicas. Ahí también señaló documentos más extraordinarios y proféticos; señaló los peligros del caudillismo, así como el creciente poderío de Estados Unidos y sus afanes expansionistas. 

Junto a su maestro, Simón Rodríguez, juró con solemnidad en el Monte Sacro de Roma:" No daré descanso a mi brazo ni a mi espada hasta el día en que hayamos roto las cadenas del dominio español que nos oprime”.

El Libertador solo estuvo una vez en México; jamás volvería a ver “la opulenta México” como él llamó a la ciudad capital mexicana. 

Muchos años después, cuando ya era una referencia en el continente, el entonces diputado Fray Servando Teresa de Mier presentó un proyecto legislativo – que también fue firmado por Valentín Gómez Farías - donde consideraba que “(Simón Bolívar) … por sus tratados de íntima alianza entre todas las Repúblicas de América, ya es y merece ser ciudadano de todas. Pedimos, pues, que Vuestra Soberanía declare solemnemente que lo es de la República de México.” El 17 de marzo de 1824, el Congreso de Anáhuac aprobó el proyecto y le otorgó la ciudadanía mexicana.

Aquel 17 de diciembre de 1830, a sus 47 años y transido por fiebres tropicales, en pleno delirio, quizás su último deseo fue montar en su épico caballo, el Palomo Blanco, y asestar una derrota definitiva a quienes se oponían a la independencia del continente que amó con pasión desbordada y por el que nunca se negó a morir.

 

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