Rodrigo Velásquez Torres
Comienza el mes de julio y con él la atmósfera de la capital de estado y de sus regiones se transforman. Se trata de un evento que atrae a miles de personas: la Guelaguetza, llamada máxima fiesta de folclore en Latinoamérica. Sin embargo, detrás de los coloridos trajes típicos, música y bailes, se vive una historia de apropiación cultural, además de una creciente mercantilización que ha transformado algo que surgió como una celebración comunitaria hasta convertirse en un producto turístico masivo.
Es curioso como algo que surgió hace menos de cien años como respuesta a una tragedia llegó a convertirse en, además de balcón de promoción política, un símbolo de identidad estatal y de competencia. En su esencia la festividad que enarbolaba la ofrenda o reciprocidad entre las comunidades, un acto de cooperación y solidaridad después de la tragedia (el terremoto de 1931). En aquellos primeros festivales nuestras comunidades intercambiaban productos típicos de su zona como alimentos, artesanías, ayuda humana (tequio), reforzando así los lazos sociales entre ellos, ahora todo es distinto.
La participación de las comunidades en la Guelaguetza se ha transformado de manera gradual hasta hacerla completamente una labor institucional. Antes las comunidades elegían a los integrantes de sus delegaciones, ahora existe un comité de autenticidad integrado por expertos, ajenos a las comunidades, que evalúan que tan auténticos son los pueblos originarios con sus propias tradiciones. El primer modelo de selección de las delegaciones daba a las comunidades control solo sus propios modos de comprender su cultura, ahora deben cumplir cánones y marcos institucionales (o favoritismos de gobierno) para poder participar, el chiste se cuenta solo.
Además de lo anterior, desde la década de 1970, hace más de medio siglo, la Guelaguetza comenzó a ser promovida como un gran atractivo turístico en lugar del tradicional festejo autóctono, desplazando su carácter orgullosamente comunitario por un espectáculo escenificado para goce de extranjeros, con altos costos que alejan, todavía más a muchas familias oaxaqueñas. En ese sentido, algunas comunidades han optado por organizar sus propias guelaguetzas, rechazando la lógica comercial institucional y acercándose más a la autenticidad y a las comunidades.
Así pues, la máxima fiesta de Oaxaca se encuentra frente al dilema de mantener su espíritu comunitario en medio de la vorágine ocasionada por la globalización turística. Ante esto, la respuesta institucional es clara: la Guelaguetza preserva nuestra cultura, aunque gran parte de las ganancias económicas quedan en los hoteleros, operadores de tours y otros grandes empresarios, dejando muy poco para las comunidades participantes (las delegaciones siguen la lógica de: vienes, bailas y te vas).
Ante el problema de la comercialización sin escrúpulos la respuesta podría estar en la devolución de su carácter colectivo y comunitario en lugar de gubernamental e institucional, pues como dice el antropólogo oaxaqueño Francisco López: “La Guelaguetza no debería ser un museo viviente, sino un acto de vida compartida.” Así, mientras los reflectores apuntan hacia la rotonda de las azucenas la pregunta de los 64 mil granos de cacao sigue en el aire: ¿Quién se beneficia realmente de esta fiesta?
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