Vicente Estudillo Castillo
Para volar nuestros papalotes ocupábamos el espacio en el que, muchos años después, se construiría la clínica del Seguro Social. El amplio campo libre nos permitía correr y agarrar vuelo para que el papalote se elevara. A veces, alguno de los de la plebe ayudaba sosteniendo la varilla central con el pulgar y el índice. Sólo había que esperar que se presentase una ráfaga de aire y ¡zaz!, veíamos cómo nuestro papalote o rehilete comenzaba a elevarse. En ocasiones se hacían competencias sobre cuál volaba más alto o a mayor distancia. Lógico era que todo dependía de la extensión del hilo o si era necesario se le amarraba otro adicional.
Algo que olvidaba mencionar es que, para pegar los pliegues y cubrir la varilla de la cabeza del papalote, no usábamos resistol sino el “gulaber”. El gulaber es una diminuta fruta, como el tamaño de una uva, color blanco y que, para usarse como pegamento, teníamos que apretarla entre los dedos, exprimirla y frotar sobre la superficie que se requería. El árbol de esta frutilla crecía principalmente en las márgenes del río.
El papalote se caracteriza por la cola larga y barbas del lado de la cabeza y la cola. Por su parte, la cabeza del rehilete, para muchos conocidos como barrilete, se arma de 3 varillas de coco, de preferencia ya secas, pues son más resistentes. El rehilete se caracteriza por llevar muchas colas y ser de dos frenos.
Los meses de octubre y noviembre, cuando rompían los vientos, era la época más propicia para volar los papalotes y rehiletes porque entonces se elevan más. Era emocionante ver la felicidad reflejada en todos los rostros de los niños al ver sus papalotes volando. Algunos papás procuraban ayudar a sus hijos en la creación de sus papalotes.
Existen otras figuras que se elevaban a los aires, como la garza que su armazón es de dos varillas. la cabeza es de forma de un rombo y solo lleva tres colas en cada uno de los picos y también es de dos frenos, la más complicado es hacer la cabeza de la estrella que lleva tres colas y dos frenos.
Los papalotes me traen a la memoria bonitas anécdotas, y algunas tristes: ¿cómo no recordar cuando se reventaba el hilo? íbamos corriendo detrás del papalote y, por lógica, muchas veces nos ganaban los de los otros barrios para quedarse con él, o los que vivían por el río, dependiendo la orientación del viento. En ocasiones, nos tocaba subirnos a los palos de tamarindo o de mango donde quedaban atrapados, a veces en los cables de la luz; aquí sí no había nada que hacer. Otros quedaban arriba de las tejas de una casa y más triste era cuando caían en el río o en una laguna del otro lado de la carretera, en ese caso era en balde la corrida tratando de recuperarlo.
Juegos y juguetes como estos marcaron una etapa de nuestras vidas como niños. Juguetes sanos. En la actualidad se ha ido perdiendo la práctica de elaborarlos con la pericia que se requiere, como comenta el profesor Chano:
—Ya los padres prefieren comprar los de origen chino.
Semblanza:
Vicente Estudillo Castillo, de profesión Médico Pediatra es originario de San Pedro Tapanatepec, Oax. Actualmente, reside en Agua Prieta, Sonora. Es autor del libro Instantáneas personales de un médico. Vivencias y reflexiones (2012) y ha participado también en distintas antologías. “El título de Instantáneas es porque los pequeños momentos que nos suceden son como fotografías que se quedan para siempre prendidas en nuestra memoria”.
