Por Rafael Alfonso
Un bazar de ocasión con libros usados guarda siempre la promesa de contener lo extraordinario, por eso no pierdo oportunidad de asomarme y hurgar en aquellas colecciones que no tienen mayor criterio que el gusto (o disgusto) que el propietario tuvo por los títulos que ahora pone a la venta. En uno de estos bazares me encontré Instrucciones para acabar con las musas de Azael Rodríguez, libro que adquirí sin pensarlo dos veces ya que del título y de su autor siempre había escuchado buenos comentarios, y es un libro difícil de conseguir.
Azael Rodríguez (Oaxaca, 1967) tenía ya 10 años de trayectoria literaria cuando salió a la luz el libro que hoy nos ocupa. Instrucciones para acabar con las musas fue publicado en 1997 por la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca en la colección Peras del olmo y no parece haber tenido una distribución comercial. Los poemas que encontramos en este título son frescos y novedosos en su aparente sencillez. La voz de Azael Rodríguez hace de esta sencillez un recurso, genera imágenes inquietantes y subversivas como su título a partir del lenguaje corriente que el autor no elude, sino que intensifica en sus múltiples sentidos.
En el imaginario popular los poetas guardan una musa bajo la manga que les dicta al oído como dotar de arte y belleza lo que escriben. El mismo Homero invoca a la musa para que cante (a través de su voz) la furia del pélida Aquiles dando inicio a la Ilíada. De ellas, criaturas etéreas, el poeta se vale para hacer patente la inspiración divina que lo acompaña y eleva por encima de los hombres, porque frente a un poeta de verdad uno no deja de sorprenderse ni de maravillarse por las cosas tan certeras, bellas o ingeniosas que dice.
El poemario de Azael Rodríguez promete echar por tierra estas ideas místicas acerca de la poesía y de los poetas, sin embargo la lectura de este pequeño volumen nos hace constatar que estamos ante un poeta genuino, tan sorprendente y vital, como aquellos que presumen de su estrecha relación con la gracia divina.
La constante de todos estos textos es la reflexión del quehacer poético. En este punto las instrucciones funcionan como tales, al comprender la mecánica que utiliza este poeta acechador, las musas comienzan a desvanecerse en su éter para dar paso la voz de un ser humano que hace de su lenguaje una brujería mucho más terrenal.
En aquellos años, el joven Azael Rodríguez fue ampliamente celebrado por este título y se le auguraba una larga y brillante carrera literaria, ya que para entonces era becario por el Centro Mexicano de Escritores y refrendó su calidad al ganar en Sonora, en el año 2000, los Juegos
Florales Anita Pompa de Trujillo con el poema Informe sobre Fuensanta, sin embargo, lo que llamamos las “nuevas generaciones” conocen poco de la obra del poeta. Como él mismo dijera en uno de sus aforismos: “Soy un militante del olvido: me falta un grado para ser anónimo”, [email protected].
