Alejandro José Ortiz Sampablo
Cuando me dispuse a escribir la presente nota recordé el párrafo con el cual inicia la canción del compositor nacido en Dolores Hidalgo, José Alfredo Jiménez Sandoval, “Caminos de Guanajuato”. Y no quise quedarme para mí los pensamientos que me invadieron.
La vida no vale nada
Hay quienes viven la vida con miedo a la muerte; algunos como si no hubiese un mañana, pues la vida es para disfrutarla; a otros más solo los guía la omnipotencia del pensamiento, como si fuesen niños. Cuando recordé la estrofa de “No vale nada la vida, la vida no vale nada” evoqué varias anécdotas de mis años de escuela primaria, en particular una.
Por esos años tuve un excelente compañero de juego, mi primo Juan Carlos, de la misma edad que la mía, con quien en su compañía nos animábamos hacer lo que hoy bien llamaría tonterías, pues no dimensionábamos el peligro que corríamos en algunas de ellas. En una ocasión nos retamos a saltar de la segunda planta en construcción de su casa a los montones de arena que acababan de vaciar, pues según nuestro pensamiento infantil no nos pasaría nada, solo se trataba de vencer el miedo.
La omnipotencia infantil
Realizar ese tipo de acciones a esa edad es común, pues como lo mencioné, la omnipotencia del pensamiento que se podría resumir en la frase “a mí no me pasará” rige las acciones de la vida. Es de suponer que ese tipo de pensamiento se atempere con el advenimiento de la adultes, pues se espera que la educación y la fuerza con la que se manifiestan los fenómenos del mundo exterior hagan lo propio, y que el individuo poco a poco los domine. Como podemos observar, eso muchas veces fracasa.
De aquellos saltos nuestros padres jamás se enteraron, tampoco nos sucedió nada, si a ello agregamos la admiración que nos expresaban nuestros amigos por lo intrépidos que éramos, habrán de suponer, que se reforzara dicha omnipotencia del pensamiento no era cosa difícil. Por fortuna, por regla general, a los seres humanos la vida nos presta situaciones para caer en consciencia del riesgo que implican situaciones como esas, de tal manera que mediemos entre nuestra realidad psíquica y la que el mundo exterior nos proporciona. Sin embargo, el encuentro entre una y otra tiene diversos destinos.
Tres posibles destinos
Uno de ellos, pudiendo ser, que con la coincidencia en muchas situaciones donde efectivamente no pasó nada, la entidad psíquica llamada Yo refuerce dicha omnipotencia, si a ello agregamos el ensanchamiento que este obtiene por la admiración de otros, la cosa se agrava; otro destino, donde el choque es tan estrepitoso con el mundo exterior, que la persona termina por desarrollar una angustia desbordante, donde la omnipotencia del pensamiento se manifiesta de forma inversa a la anterior, donde el Yo crea la certeza de que algo malo por suceder siempre está al acecho. Un tercer destino, parecido en expresión al primero, donde la realidad del Yo es reforzada por la entrega desbordante al principio de placer—displacer, pues en ella a este solo le importa él mismo y sus beneficios. Mientras que, en el primer destino, la misma omnipotencia del pensamiento le impide al Yo percatarse de lo que acontece a su alrededor, en este último, el Yo justifica sus acciones y moraliza a quienes no hacen como él “y no disfrutan de la vida”.
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