Por Rafael Alonso
Sucedió en 1990, a pocos meses de haber caído el Muro de Berlín. Aprovechando aquellos aires libertarios, se organizó en México, a instancias de Octavio Paz y su revista Vuelta, “con la ayuda de la iniciativa privada (Televisa) y sin ningún apoyo oficial”, cómo lo diría el poeta, un encuentro internacional de intelectuales para hablar “sobre los grandes temas y cambios de nuestra época”. Dicho encuentro fue titulado “La experiencia de la libertad”.
De este, pocas cosas fueron tan recordadas como la intervención de Mario Vargas Llosa. Quizá poco enterado de la simbiosis que existía entre la televisora y el gobierno, en una de aquellas jornadas el intelectual peruano se permitió tomar la palabra para hacer una intervención demoledora, que ahora transcribo:
“Creo que el caso de México, cuya democratización actual soy el primero en celebrar y en aplaudir, como todos los que creemos en la democracia, encaja dentro de esa tradición [de las dictaduras latinoamericanas] con un matiz, que es más bien el de una agravante. Yo recuerdo haber pensado muchas veces sobre el caso mexicano con esta fórmula: México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la unión soviética, no es fidel Castro, es México, porque es la dictadura camuflada de tal modo que puede parecer no ser una dictadura, pero tiene de hecho, si uno escarba, todas las características de la dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido, un partido que es inamovible, un partido que concede suficiente espacio para la crítica, en la medida en que esa crítica le sirve porque confirma que es un partido democrático, pero que suprime por todos los medios —incluso los peores— aquella crítica que de alguna manera pone en peligro su permanencia, una dictadura que además ha creado una retórica que lo justifique, una retórica de izquierda, para la cual, a lo largo de su historia, reclutó muy eficientemente a los intelectuales, a la inteligencia. Yo no creo que haya en América latina en ningún caso, un sistema de dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual”.
Mientras Vargas Llosa intervenía, de vez en cuando se le hacía un corte de cámara a Paz, quien no participaba de aquel panel. No importaba si veías la transmisión en una tv a blanco y negro, como en mi caso, aún así era posible advertir como a Don Octavio Paz se le subían los colores al rostro.
Hay dos puntos clave para entender lo dicho por Vargas Llosa: el Partido Revolucionario Institucional recién cumplía 61 años en el poder, y sólo un año antes el democrático partido se había permitido “perder” una elección la del gobierno de Baja California, muchos piensan, para “taparle el ojo al macho” por el escandaloso fraude a las elecciones presidenciales de 1988. El otro punto fue la creación del CONACULTA, organismo que, en aquel momento, se advertía como un intento del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, para dispensar recursos a artistas e intelectuales y de esta manera alinearlos al régimen.
Se cuenta que después de la transmisión había una suerte de coctel y que Vargas Llosa quiso hablar con Paz, pero este se mostró distante y frío con el peruano. Poco había que refutar al retrato que el novelista había hecho del caso mexicano. A pesar de las incomodidades que pudo haber generado en sus anfitriones, Vargas Llosa bien pudo haber hecho suya la frase de fidel Castro “La historia me absolverá” y vaya que lo ha absuelto. En aquel mismo año, Paz obtuvo el Premio Nobel; Vargas Llosa, por su parte debió esperar algunos años más.
