Celestino tenía diez años la primera vez que acompañó a su abuelo al baratillo. La imagen que ahora está frente a sus ojos dista mucho de lo que fue décadas atrás. “Era el punto comercial más importante de esta zona”, recuerda con nostalgia, pero con la esperanza de que recupere su esplendor e importancia.
El baratillo, llamado así al espacio en donde se comercializan animales de granja, fue en su momento la base económica para decenas de comunidades aledañas a la Villa de Zaachila.
Roberto Aquino Aquino, presidente del comité del baratillo, calcula que este mercado tiene más de un siglo de existencia. Al ser cabecera distrital, tradicionalmente todos los jueves concurrían a Zaachila campesinos de San Antonio de la Cal, La Raya, Ánimas Trujano, San Bartolo Coyotepec, Reyes Mantecón, Quiané, Zimatlán de Álvarez, La Ciénega, Tlanichico, Jalpan y Cuilápam. Hoy, cada vez son menos.
Economía circular
Los campesinos que viven de la agricultura crían sus animales y los venden. Como parte de la economía circular, con ello adquieren víveres en el mercado local. Hay quienes compran un chivo o un borrego para engordarlo y después volverlo a vender a un mejor precio, explica Albino Martínez.
Su aprendizaje fue herencia de su padre. El costo de cada animal lo fija de manera libre, como dice él: “de acuerdo al sapo, será la pedrada”. Si el chivo o borrego es flaco, se vende en mil 500 pesos; si es gordito, en dos mil o dos mil 500. La ventaja en esta práctica es que no hay intermediarios.
Mantener un borrego no es sencillo, requiere tiempo y también dinero para la compra de alimento. Llevarlos al campo para que coman pasto no es suficiente para tener un animal productivo. “El pasto del campo no los engorda, nada más los mantiene. Necesitan alfalfa”.
Cuidados de los animales
A cada animal se le cuida al menos un año antes de llegar al baratillo. Algunos son destinados al consumo y otros a la reproducción.
“Mire el de allá, por ser más pequeñito lo vendería en mil 300. ¿Para usted, cuál es el que se ve mejor?”, pregunta Albino con la experiencia que le han dado los años y los caminos. “Este es mi trabajo, son animales de campo. Voy a Ocotlán, a San Antonino... Me la vivo de plaza en plaza”.
La actividad en el baratillo no puede estar apartada del aroma y los sonidos del campo: el balar de los chivos y el mugido de las vacas, las pláticas de los campesinos y las risas de los niños que corren alrededor de los corrales. Sobre la tierra también nacen los puestecitos de tejate y de mangos acomodados en torres. El olor a comida tradicional se extiende entre la polvareda que levantan las pezuñas de los toros y caballos al zapatear.
En peligro de extinción
El baratillo es una expresión viva de la cultura de los pueblos de Oaxaca; sin embargo, corre un alto riesgo de desaparecer. Para el comité —integrado por campesinos que resisten al olvido— una de las causas es el desinterés de las autoridades municipales. “Son personas profesionistas que no ven la importancia que tiene el baratillo para quienes viven del campo y muchas veces son de escasos recursos”, afirma Roberto Aquino.
Los conflictos políticos también son otro factor en contra. “Eso ha hecho que el baratillo se venga abajo. Ahora queremos rescatarlo para todos los pueblos circunvecinos”, agrega.
Desde hace varios meses, han venido delineando lo que será el nuevo baratillo, donde además de comercializar animales de granja, se busca establecer espacios de comida, ropa y vehículos de segunda mano con precios accesibles. Hasta el momento no hay fecha de inauguración; están a la espera de las indicaciones de la autoridad municipal.
A lo largo de su historia, el baratillo ha estado en 14 lugares diferentes. En algunos casos, señalan, ha sido con la intención de extinguirlo.
“Es algo que debemos seguir fomentando. La base de nuestra alimentación está en el campo, en los productos cárnicos, en lo que nos dan nuestros animales. Si no hay quien produzca, ¿de qué vamos a vivir? Del campo se alimentan ingenieros, arquitectos, doctores, periodistas... de tocho morocho. Todo tiene que ver con el campo”, sentencia Florentino Vázquez Ruiz, quien se dedica a la crianza de borregos.
Cada jueves en Zaachila, entre polvos y balidos, late aún la esperanza de que esta tradición no se extinga, sino que renazca fortalecida, como símbolo del vínculo profundo entre los pueblos y la tierra.
