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En Oaxaca, sigue viva la tradición de bendecir a los animales

Foto(s): Cortesía
Luis Ignacio Velásquez

En el atrio del antiguo templo del siglo 18, de Nuestra Señora de la Merced, se llevó a cabo la tradicional bendición de animales, en honor de San Ramón Nonato (no nacido) de la Congregación de Padres Mercedarios.


Como cada año decenas de personas se dieron cita en la plazoleta del templo, con sus mascotas preferidas: perros, tortugas, pericos, hámsters, pericos australianos, codornices, gatos, muchos de ellos ataviados con ropa o disfraces, en una auténtica romería.


El cielo gris y la tenue lluvia no impidió la reunión frente el templo, que amenizó una banda de música, en cuyo umbral se colocó la imagen en bulto de San Ramón Nonato, sobre una mesa de madera cubierta con un mantel blanco.


El santo

Ramón significa: "protegido por la divinidad" (Ra=divinidad. Mon=protegido). San Ramón nació en Cataluña, España, en 1204. Fue ordenado presbítero en 1222 y luego fue superior en varias comunidades de la Orden de la Merced. En Oaxaca se le considera patrón de los animales y cada 31 de agosto se celebra la correspondiente bendición.


Metros adelantes se situó un atril, desde donde el sacerdote Francisco Reyes pidió no maltratar a los animales, “porque no se puede maltratar a quien Dios creó para acompañar al hombre; los animales fueron hechos por Dios, al igual que los hombres”.


Explicó que debemos cuidar nuestra vida y la de todas aquellas criaturas que Dios nos dio para bien. “Porque Dios creó primero al hombre, después al agua, el sol, la luna, los ríos, las montañas y, desde luego, los animales”.


Pidió no perder esta tradición de bendecir a los animales, que inició en el templo de La Merced también bajo la Orden de los Padres Mercedarios.


Con auténtica bendición dos hombres de aspecto humilde se acercaron hasta el atril, de hierro, con dos pequeñas canastas de carrizo en las manos, cubiertas por pedazos de telas que protegían a dos codornices. Poco a poco fueron aproximándose hasta donde se encontraba el sacerdote católico con el agua bendita, que rociaba a las personas que se encontraban próximas, con una sonrisa contenida por la emoción.


En ese momento el sol logró abrirse paso entre las nubes de color plomo e irradió rayos de luz brillantes sobre la estatua del santo, aunque la llovizna persistía. Mientras la gente, levantaba sobre sus cabezas a los animales para recibir la bendición.


 


 

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