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Azarela, oaxaqueña y su amor por la Danza de los Diablos

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Foto(s): Nadia Altamirano Díaz
Nadia Altamirano Díaz

Lo que décadas atrás era sinónimo de exclusión de mujeres, para Azarela Mendoza Camarillo la Danza de los Diablos es el espacio liberador donde puede bailar luciendo la chivarra sin ser un hombre.

“Puedo disfrutar de lo que me gusta sin que me repriman”, expresa portando un atuendo que sin la máscara tallada en madera sólo le deja descubierta la cara, las manos y parte del cuello.

Azarela, una mujer de 41 años que pertenece al grupo de danza del Barrio de Santo Domingo de Guzmán, perteneciente a Santiago Juxtlahuaca, lleva más de 30 años bailando porque su padre, Delfino Lucio Mendoza Zurita, tenía su grupo de danza en San Sebastián Tecomaxtlahuaca, de donde es originaria.

Así empezó todo

“Mis hermanas practicaban gimnasia y las empezó a meter a ellas, primero disfrazadas de mariposas, así, hasta que conforme se va quitando la ideología de que está mal visto que una mujer sea diablo, nos vamos metiendo”, dice consciente de que esta danza tiene una concepción machista.

Incluso entre los diablos existe el personaje de la Minga, una representación grotesca que un hombre hace de una mujer a la que se considera mala porque es coqueta y disfruta de su sexualidad.

Una derivación

La Danza de los Diablos se remonta a la época de la colonización y a Santiago Juxtlahuaca; llegó como una derivación de la Danza de los Chareros, una variante de los Moros y Cristianos en la época de las Cruzadas.

En la Danza de los Chareros, que se baila en la fiesta patronal del 25 de julio, el personaje principal es el Apóstol Santiago, pero en Juxtlahuaca se le conoce así por el Conde Alchareo, otro de sus personajes.

En la representación dancística de la batalla los cristianos y los moros -musulmanes que habitaban España-, uno de estos últimos es quien grita su fidelidad a Mahoma a pesar de que se lo lleven los diablos, lo que da paso a que se ejecute la Danza de los Diablos, quienes lo cargan y bailan al son de la música.

Una danza vistosa

Juan José Luján Sierra, encargado del grupo de danza de Santo Domingo de Guzmán, de Santiago Juxtlahuaca, considera que aunque su participación es al final de la Danza de los Chareros, se ha vuelto más vistosa.

“Ahorita la verdad la danza de los diablos es muy, muy, muy popular, donde quiera nos llaman y hay muchos grupos. Hay como cuatro o cinco grupos que tenemos en el Barrio de Santo Domingo”, detalla.

Dos días antes de la fiesta patronal de Juxtlahuaca, se desarrolla lo que se conoce como La Diablada, donde se llegan a juntar hasta 300 personas vestidas de diablos, tanto hombres como mujeres.

Fuera de esa fecha y dentro de un grupo de danza formal, las mujeres son pocas, como Azarela que tiene a otras dos compañeras, pero siguen predominando los hombres.

Limitantes

El peso de la chivarra, unas chaparreras forradas con piel de chivo, es un factor determinante que Azarela considera frena la participación de más mujeres en la Danza de los Diablos.

“Hay que hacer lucir su pelaje levantando las rodillas, con el peso de la careta y bailar dos o tres horas continúas en calendas”, al ritmo de chilenas, describe.

Antes de colocarse la chivarra, que se conoce así porque se elabora con piel de chivo para protegerse de la lluvia y el lodo cuando se monta a caballo, Azarela se pone unos pantalones de mezclilla.

Usa también una camisa de manga larga, se cruza una mascada en el cuello, después un chaleco y se calza un par de botines.

Con pañoletas, Azarela se cubre la cabeza, porque el rostro lo cubre con una máscara tallada en madera y cuernos de algún animal muerto.

Para completar el traje riguroso, en su mano derecha Azarela porta un chicote, látigos anudados a un delgado mango de madera para hacerlo tronar en el piso.

“Es un gusto bailar de diablo, me hace sentir libre, que esto es lo mío”, concluye con seguridad una mujer que en años anteriores se desempeñó como policía municipal.

PARA SABER

La concepción del Diablo como una esencia maligna se impuso en México por los españoles durante la evangelización.

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“Puedo disfrutar de lo que me gusta sin que me repriman”.

Azarela

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