Alejandro José Ortiz Sampablo
De niño acompañaba al taller a mi padre, fue así como varias personas mayores me brindaron su amistad y cariño. También recibí sus enseñanzas, no solo habladas, pues en algunos casos logré observar sus contradicciones. Fueron grandes maestros de la vida, en especial aquellos que me entregaron su conocimiento de manera invertida.
Una cualidad infantil que muchas veces perdura
Ahora de adulto he podido experimentar esas contrariedades, muchas de ellas son por falta de mesura, pues el ímpetu del Yo, una vez que se entrega a su omnipotencia, termina por ser terco y ciego, lo que eventualmente lo lleva a que, cuando emprende alguna iniciativa muchas veces ésta resulte infructuosa. Desde ese entonces comprendí que, cuando la persona llega a la vejez, el conflicto que se crea entre el empuje de la vida interna y las demandas del mundo exterior se exacerba (se expresa con mayor intensidad), es ese saber el que envuelve el dicho que “de viejo se vuelve a ser niño”.
Una de las expresiones de la vejez es frecuentemente la intransigencia. La persona mayor, por lo general, no acepta conductas, opiniones o ideas distintas con las que la educaron o con las que vivió, lo cual se vuelve motivo de tragos amargos para ellos y sus allegados. Por otro lado, es bien sabido que muchas veces el adulto mayor se auxilia del chantaje y manipulación para conseguir lo que desea. De ser así, ¿dicha conducta no es parecida a la que manifiestan algunos niños?
Lo infantil
Si observamos detenidamente algunas conductas de nuestros abuelos, nos daremos cuenta de que en muchas de ellas se expresa su omnipotencia del pensamiento. Esto se comprende si extendemos la observación a la vida de cada adulto, es decir, caso por caso, pero esto, lo explicaré en la siguiente nota.
Cuando en el campo psicoanalítico aludimos a lo infantil, es para mencionar la disposición psíquica que los seres humanos adoptamos ante el mundo exterior y nosotros mismos, la cual se expresa en conducta y pensamientos. A esta la caracteriza: la omnipotencia del pensamiento y una tendencia hiperintensa a obtener el máximo placer de manera inmediata, además de que actúan como si no tuviesen consciencia de las consecuencias que esto conlleva. Estas características en la vida infantil, es de esperar que en el niño se atemperen con el tránsito por la educación, pues somos los adultos los encargados de coartarles sus impulsos primitivos.
¿Podemos considerar que la educación que en la actualidad les brindamos a los hijos, está cumpliendo dicha función?, la respuesta es fácil de encontrar si echamos un vistazo a cómo madres y padres educamos hoy. Entraremos entonces a un camino espinoso, pues de aquí en adelante abordaré ideales de educación que nacieron de heridas narcisistas de quienes las propusieron y no del conocimiento, nacido de la formalización de lo observado.
Continuará el próximo lunes…
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