Por Óscar Maciel Reséndiz
Última de tres partes
Las fuerzas se hicieron presentes para correr desesperado con su valiosa carga. Según sus cálculos la frontera estaba a poca distancia, había que esforzarse un poco más y así transcurrieron las horas.
Tres días sin comer, un poco de agua del río, algunos restos de alimentos que encontraban a su paso, las botellas semivacías de agua que tomaban con avidez aliviaban un poco la sed y los labios sangrantes, procuraba primero a los niños.
Quería renunciar a la respiración jadeante y abandonarse a la desgracia, al ruido y al dolor en el estómago, que alarmante exigía el alimento. Un pensamiento trágico pasó por su mente: terminar con todo de una vez. La esperanza parecía desaparecer de su horizonte, elegir entre homicidio y suicidio.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por una luz que provenía de un campamento, luz que cada vez se hacía más intensa. Por fin llegaron a la zona de refugiados en el país vecino, donde fueron recibidos de inmediato por las fuerzas humanitarias. En el área de atención médica de adultos, se encontraba habilitada también el área de atención pediátrica.
Constanza y Damián fueron los primeros en recibir atención. Entre llantos, ella preguntaba continuamente por Elena, su mamá; a ratos se quedaba dormida, agotada; despertaba sobresaltada y angustiada para volver a dormir, víctima del cansancio y las horas de ayuno.
El médico pediatra se acercó a Homero para preguntar acerca de lo sucedido; el llanto y los suspiros del hombre, aunados a los pormenores de su relato, dejaban huella poco a poco en la mente del galeno para llegar a una conclusión: Las heridas del cuerpo serán sanadas; sin embargo, las heridas del alma que dejan las guerras, ¿quién podrá borrarlas?
