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Poemario de Jorge Pech: Testimonios de un “Hermoso mundo de pecado”

Hermoso mundo de pecado es el primer poemario de Jorge Pech.
Foto(s): Cortesía
Israel García Reyes

Escribir es arriesgarlo todo pues quien lo hace pone en juego su sensatez de horas y horas revisando, corrigiendo y desechando, su paciencia de anacoreta, su tiempo y el de su familia y hasta la salud debido al estrés, la mala postura, la vista que se pierde y otros males producto de la vida sedentaria, todo por la aventura delirante de escribir. Y es que hacerlo es lanzarse a las aguas de un mar picado, carente de balsa o salvavidas. 

Sin ánimo de lamentaciones, suelo afirmar que escribir es el oficio más ingrato del mundo. Puedes emplear años en desarrollar un proyecto incierto, sin derecho a salario, becas o apoyos; con deudas en contra, acumulando gastos e impuestos y encima ese deseo irracional que tenemos los humanos por comer. Todo para que al final el libro no funcione; que nadie lo lea. ¿De qué vive un poeta? Ciertamente que de aire, no. Y aún así se empeña en ponerse a merced del escrutinio público, de abrirse la camisa y decir: esto soy yo, esto pienso y en esto creo. 

Valor en el autor

Se requiere valor. Y es lo que veo en “Hermoso mundo de pecado”, el poemario de Jorge Pech Casanova, publicado por Almácigo Ediciones. Insisto en esta idea porque pienso que precisamente se debe entender a la poesía de Pech como un acto valeroso. Y es que hay que tenerlo para abordar tópicos como matanzas, desastres y acribillamientos con respeto y el afán de denunciar dichas atrocidades de las que muchas veces somos parte. 

Pech no rehúsa hablar de la violencia humana y antes que ignorar los hechos, los enfrenta. Es aquí cuando el poeta cumple aquella labor de dar testimonio y su obra toma un carácter social. Es el poeta que camina y en las calles recupera pasajes como los de la crisis social del 2006 en Oaxaca. Se mancha los zapatos y le lloran los ojos debido al gas lacrimógeno arrojado por los cuerpos policiacos durante los enfrentamientos: Salta entre barricadas.

En otro poema, por ejemplo, retoma lo ocurrido a los niños fallecidos en el incendio de la Guardería ABC en Hermosillo Sonora, en el año de 2009. Siente que es su deber honrar su memoria. 

A veces, se vuelve contestatario y critica las iniquidades del sistema político y económico, como cuando dice:

Ah, la novedad:

canallas gobiernan esta urbe,

iletrados redactan sus leyes

e infractores las aplican,

carniceros operan en quirófanos y maternidades…

Denuncia poética

Decía Demócrates que “todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”, y Pech se encarga de exhibir estos oprobios con un afán casi periodístico:

Entre el silencio y la ira crecen los hijos de los presos,

como los hijos que traman asestar la orfandad a sus rivales.

También enardece y hace sentencias:         

 

Mejor sería inmolarnos, fusilarnos entre todos,

hasta que el sol de mañana no salga para ninguno…

Algunos poemas de “Patria para la sed”, uno de los capítulos de su trabajo que compila 25 años de oficio, me hacen pensar en los Heterónimos de Fernando Pessoa, por su sencillez, entereza y sentido filosófico:

No me ofrezcan banderas, himnos ni ceremonias,

que todas esas patrias de alboroto, pompa y protocolo

me son ajenas, amenaza de exilio, adverso territorio.

A estas alturas reconozco que no pude sustraerme a la tentación de retomar varios momentos de Pech, de este poemario, en los que logra magníficos versos cargados de ironía y refinamiento: 

Mi patria es un licor inagotable del que todos beben,

mi patria es una hogaza que en el horno se dilata

para que tú, nosotros, todos nos saciemos.

 

En otras ocasiones, al elevar una plegaria sálmica, se vuelve descarnado e iracundo:

porque tuya es la cólera,

porque tuyo es el odio

y tuya la incesante sangre

en que deseamos ahogarnos.

El elemento de la ironía

Sucede que Jorge Pech se vale de la ironía para denunciar las iniquidades, por ejemplo, las de un acaparador, a través de su tono característicamente agudo:

Séanos de provecho el pánico, el odio.

Grandes caudales ingresen a las arcas

mientras caen ilusos en falsas victorias.

Muchas veces el discurso del autor desoye las reglas y permite que el poema tome derroteros propios, como en un acto de escritura automática dejándose llevar por el ritmo, por la percusión de la palabra y las imágenes, sólo guiado de la plasticidad del lenguaje. Es entonces que se hace vertiginoso y delirante, pero también afortunado:

sólo el miedo el sudor copian maldiciones mientras oscurece

crujidos grasa percutores filos resplandor hervores

y lámparas y aviones que se ocultan y disparos que ríen…

Hay una respiración subrepticia que domina al verso y a la idea:

Hasta la luz debe apaciguar su vehemencia

para allegarse a tu esplendor desnudo

que a la orilla del mar se perfecciona.

Jorge arma el verso libre a la usanza del verso rimado clásico e invierte la sintaxis para rematar el poema:

…a su fervor el goce adicto acude.

 

Influencias de Pech

En “Hermoso mundo de pecado” podemos encontrar influencias de la poesía griega clásica y también de las maneras en que Sor Juana discurría contraponiendo las dos caras de un mismo tema:

Pero qué amante, si lujuria me traiciona,

qué guerra o monumento si las sombras

de César y de Augusto roen mi desdicha,

qué potestad habremos en el crimen…

Por otro lado, en “Feracidad del dodo”, Pech se desenvuelve con gran soltura a través de esta pieza en prosa poética. Es sutil y mordaz para describir las torpezas del ave extinta a la que reivindica como una de esas criaturas demasiado bellas o demasiado puras y, por tanto, ajenas a la creación.

“El matador de dragones” es otro poema en prosa en que el autor se muestra libre, pulcro, memorioso y preciso en contar un hecho a la usanza de una fábula. 

En otros momentos, señala y suele ufanarse en sus descubrimientos y reflexiones al decir:

Si padecí, no guardo rencor al filo del infortunio ni al colmillo

del odio

(odiar es fatigoso, y hay tanto cansancio ya por remontar).

“Hermoso mundo de pecado” es un viaje de 25 años en que el autor se solaza de haber vivido, sentido y atestiguado: un álbum de abrojos y sentencias. Es, en efecto, un mundo al que le ha dedicado su oficio de poeta riguroso y desbordante. 

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