Irán Vásquez Hernández
I
Hace poco, Angel Morales denominó a la promoción de escritores oaxaqueños que han publicado en los últimos años como la “generación de los talleres”, dado que la mayoría de ellos han pasado por alguno de los talleres literarios que se organizan en el estado. Hay varios de ellos, algunos recientes y otros con una larga trayectoria, donde figuras como las de Julio Ramírez, Rosa María Topete, Leonardo da Jandra o Fernando Lobo, por mencionar algunas, navegan contracorriente en la formación literaria de muchos jóvenes. Borges desconfiaba de este tipo de espacios: decía que no se podía enseñar a escribir un cuento o un poema. Lo mismo pensaba Roberto Bolaño, que trató el tema en Los detectives salvajes: lo que nos enseñan Ulises Lima y Arturo Belano es que importa más la vocación poética que la formación. Aun así, la experiencia nos demuestra que los talleres sí aportan, y mucho. Al menos en Oaxaca han sido el semillero de varios talentos que hoy comienzan a mostrarnos su trabajo. No digo que esto se deba únicamente a los talleres, sino que la unión de vocación, la buena guía de los maestros y el intercambio con los compañeros de viaje generan las condiciones suficiente para que, llegado el momento, emerjan voces que de verdad tienen algo qué decir. Y aquí aclaro: no cualquier voz que se autonombre como “poeta” (escribir versos no te hace “poeta”), sino una voz auténtica por la que, como decía Octavio Paz, “resuenan los ecos de la poesía”.
II
Conocí a Israel García Reyes en “Cantera Verde”, el taller literario de la biblioteca pública central de Oaxaca, coordinado por el incansable Julio Ramírez. Hace más de veinte años de esto. Recuerdo que Israel leyó dos poemas que me impresionaron e ignoro si aún los conserve o sean parte de otro proyecto de libro. Con el tiempo, sin embargo, fue compartiéndonos más textos de narrativa y menos de poesía. Esto sucede frecuentemente con los escritores que andan en la búsqueda de una forma expresiva para lo que tienen que decir. Por ello, cuando Israel publicó su primera novela: Eve, Proyecto Esfinge, no me sorprendió, ya que nos había demostrado que era un excelente narrador, lo cual quedó confirmado con la aparición de su segunda novela: Perder el reino. Sin embargo, quienes lo conocemos, sabíamos que su talento poético era una faceta aún por explorar. Por fortuna, esto ha quedado remediado gracias a los esfuerzos de la editorial Almácigo que lideran Jorge Pech y Nallely Tello, que saca a la luz Pájaro de nieve, un libro donde Israel García Reyes retorna —si es que alguna vez se fue— sus raíces como poeta.
III
Decía José Emilio Pacheco que el pasado es la materia prima de la poesía. William Wordsworth, por su parte, nos mostró que recordar lo vivido tiene mucho de invención. En este sentido, leer Pájaro de nieve es adentrarse en un mundo donde la memoria y la imaginación se aúnan para afrontar el pasado. Dentro de sus páginas, el yo lírico se posiciona desde un presente teñido de orfandad para recrear momentos cruciales de su infancia. En muchos sentidos, estos momentos se enmarcan en lo que Tomás Segovia denominó como la “anagnórisis vital”: el descubrimiento de la muerte, el paso inevitable del tiempo y los primeros esbozos de la vocación artística. Esto se vislumbra en uno de los primeros poemas del libro, donde el autor se transfigura en una voz ecuestre que recuerda al “Jolstomer” de Tolstoi: “De pequeño sufría humedad bajo la carne; veía su mancha en paredes que crecían mientras los otros reposaban tranquilos. Su insistencia se filtraba entre sábanas y oscuridad…”
IV
El libro de Israel se integra por cuatro secciones. Cada una de ellas desarrolla un tema con tono y formas propios. La que más me ha gustado —porque todo el libro es maravilloso— es la primera, titulada “Hípico”, una referencia literaria al tema equino. Desde Homero, la figura del caballo ha encarnado un símbolo poético por excelencia. En la literatura clásica, la fortaleza del héroe depende muchas veces de la templanza y lealtad del caballo, fiel amigo de los humanos. En el bestiario medieval, el caballo connota una transmutación vital en el personaje, como el Lanzarote de Chrétien de Troyes. Israel se inserta en esta línea de la tradición para hacer del caballo un correlato objetivo de su experiencia en el mundo: “Su imagen corre blanca, pesarosa, a través del campo llano de mi infancia. Avanza dentro de ese sueño mudo donde predomina la ausencia de ilusiones…”
Hay poemas donde el caballo es un símbolo personal; otros, donde se proyecta como la metáfora de la soledad y, unos más, en los que se cifra la expulsión de ese paraíso perdido que es la infancia. La referencia a Troya, Tchaikovsky o la hermosa écfrasis que el autor realiza sobre una serie de tapetes medievales del siglo XV complementan esta sección —hay efluvios del modernismo y neobarroco hispanoamericano— donde destaca la profusión de la escritura y la intertextualidad que caracterizan al autor (bajo el influjo de Jorge Esquinca, Francisco Hernández y, en cierto modo, de José Carlos Becerra).
V
Las otras secciones del libro son igualmente encomiables. En especial “Pájaro sin rostro” y “Sobre la aparición de las hormigas”. En la primera, el tema local funciona como contrapeso a los referentes universales que se exploran en “Hípica”, pues la voz poética traza su filiación con su pasado oaxaqueño: “Como otros chicos, quería ser un guerrero jaguar y empleaba los pasos que atravesó el señor Cosijoeza para sus contiendas; desde ahí podía atacar sin anunciarlo. También poseía trincheras en caso de huida, una plaza de armas sobre tumba zapoteca y mi cabeza de playa que carecía de mar…” El asesinato del abuelo, el recuerdo de la primera casa, las calles de Zaachila, la Semana Santa, la mixteca y otros tópicos le sirven al autor para recuperar un pasado al que sólo puede acceder a través de visiones y sueños. En la segunda sección, notamos la manera en la que el yo lírico combina la ternura y la conciencia trágica del tiempo —y de la vida— en una serie de poemas dedicados a su hija. El poeta —pájaro sin rostro— se transforma en compañero de viaje —amoroso, pero dubitativo— en el descubrimiento del mundo que realiza Luna, la niña protagonista de esta sección: “No lo sé, ignoro muchas cosas. Igual que tú tampoco logro defenderme del sol ni de la muerte” .
VI
Me parece que el poema en prosa, ese género inventado por Baudelaire para aprehender la fugacidad de lo moderno, es la forma en la que Israel se siente más cómodo. En ella, su voz adquiere mayor fuerza que cuando escribe en verso. Esto se nota especialmente en la sección titulada “Sonajas de la muerte”, donde el autor recrea en verso a la figura trascendental de su abuela. Estos poemas, hermosos por su tema, oscilan entre el sentimiento proyectado y la oclusión de la voz. Esto sucede porque Israel es un poeta que tiende más hacia la poesía del lenguaje, donde la emocionalidad pasa por un proceso de filtración de estilo (la adjetivación abundante es una característica en este tipo de escritura). No digo que el autor no escriba buenos versos, por el contrario, los escribe y muy bien, pero creo que lo que tiene que decir demanda más del discurso inscrito en el renglón largo que en la pausa —conceptual o rítmica— discontinua del verso. Cuando recrea poéticamente un sueño, por ejemplo, no lo hace como lo haría un poeta surrealista, apelando a la escritura automática y fragmentada que permita asir la vivencia onírica, sino que prefiere hacerlo por medio de una secuencia que avanza corsi e recorsi hacia una revelación final. En este sentido, Israel es un poeta que pisa firme en el terreno del “poema como caminata”, para usar un concepto de Hugo Verani.
VII
No cabe duda de que comienza a reflejarse la vida de la poesía oaxaqueña: La edad terrible de Enna Osorio Montejo, Mar vivo, mar muerto de Alan Vargas, Un solar es la noche de Ibán de León o Saharasia de Nallely Guadalupe Tello Méndez, sólo por mencionar algunos libros, lo confirman. Pájaro de nieve de Israel García Reyes viene a completar esta promoción de poetas oaxaqueños que tienen algo que decir con una voz singular y auténtica. Faltan los lectores, desde luego, pero siempre ha sido así. No en vano Mallarmé quiso hacer una cofradía literaria y la misma idea tuvo Lezama cincuenta años después con el llamado Curso Délfico. Ante este panorama, lo único que queda es invitar a leer más poesía, por curiosidad, por placer o por dolor. Por ello, la invitación está abierta. Abramos la ventana al Pájaro de nieve y dejemos entrar, junto con Luna, el canto que nos trae dentro de sus páginas pues, como decía Marco Aurelio, el poeta dice más cosas que las que jamás ha dicho el filósofo:
Pequeña Luna, cierra los ojos esta noche para escuchar cómo respira el framboyán, el árbol que aloja las parvadas. Entre su fronda escucharás al pájaro de nieve: el que dejó esta lluvia. Es pequeño y transparente, pero canta para que una niña duerma; si lo consigue, si la hace dormir, el árbol crece y echa flores. Y eso es importante. Si las ves, acércate en silencio, sin tocarlas pues desaparecen, y todo se vendría abajo: árbol y flores y pájaros y canto, y no podría encontrar un nuevo framboyán sino hasta la hora de dormir de la siguiente noche.
(Poema de Pájaro de Nieve)
